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La gran aura de nuestra tierra

En la última edición de ADN, el suplemento cultural del diario La Nación de éste 10 de Junio, Beatriz Sarlo realizó algunas definiciones muy provocadoras sobre la literatura argentina, pensando hipotéticamente que hubiera sido de la misma si no hubiera existido Jorge Luis Borges.

JUan L. Ortíz: el aura entrerriano.

Dijo la ensayista que, en ese caso, “probablemente nadie habría releído a Evaristo Carriego, como lo hizo Borges, y la poesía argentina tendría en su centro operaciones más “vanguardistas”, como las de Girondo. Y en lugar de las orillas porteñas, el barrio y las calles rectas hasta el horizonte, estaría el paisaje fluvial y fluyente de Juan L. Ortiz. En ausencia de Borges, probablemente ésas serían las dos grandes líneas poéticas de la primera mitad del siglo XX”.

Lo extraordinario del asunto de enfocar, de esta manera, un repaso de la historia de la literatura argentina contemporánea, se da, en primer lugar porque el papá de Borges era entrerriano, al igual que Evaristo Carriego, esa infatigable pluma del jordanismo revolucionario.

Incluso más, leído a contrapelo, el libro de Borges sobre Carriego es casi una introducción etnográfica al estudio de los orígenes del federalismo, sobre todo cuando dice que la “entonación entrerriana del criollismo” es “afín a la oriental”, y que esta entonación social, política y cultural tiene “algo de caramelo y de tigre”.

Y por otro lado, la mirada tan porteña como inteligente de Sarlo, no puede soslayar la potente importancia y presencia cultural de la obra de nuestro Juan L. Ortíz, que algún día merecerá ser reafirmado más en nuestro calendario escolar como parte de un día de la Cultura Entrerriana.

Muchas preguntas e ideas provoca la nota de Sarlo. Entre otras cosas, vale preguntarse si para educadores y comunicadores entrerrianos, como para todo nuestro pueblo, está presente ese paisaje fluyente de Juanele o están más presentes las imágenes y letras que vienen de Buenos Aires, o de otros lugares.

También podemos preguntarnos sobre si conocemos, si valoramos o si queremos (re)conocer el gran aura de nuestra tierra, el aura de la biodiversidad federal originaria que, a pesar del saqueo y la concentración, parece que no se puede destruir.

Esa aura del sauce que nos mostró maravillosamente Juanele, esa aura de

la tierra que se expresa en tantas luchas, en la pedagogía del oprimido de la diagonal roja de nuestra bandera, y en lo mejor de nuestras letras, lo reconoció sin querer el propio Borges, en sus escritos y en una anécdota deliciosa comentada por Hugo Gola y rescatada hace un tiempo por la revista paranaense “El Colectivo”.

Borges expresaba sus fuertes diferencias con la obra de Juanele, y en un viaje, Gola le lee al autor de “El Aleph” un poema. Borges dijo “muy bueno”, preguntando además en seguida, “¿de quién es?”. “De Juan L. Ortíz”, le respondió Gola, y el aura los dejó en silencio.
Por Mauricio Castaldo, secretario general de la filial María Grande de Agmer

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