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Belgrano contra Belgrano

Es necesario, frente al bicentenario de la creación de la bandera argentina, realizar un repaso crítico de la trayectoria política de Manuel Belgrano, y con ello dar una vuelta de tuerca en el debate histórico-político entrerriano, argentino y latinoamericano.

Belgrano: ¿obediente o revolucionario?

Belgrano fue hijo de una familia burguesa de Buenos Aires. Su padre, comerciante de origen italiano, hizo buenos negocios y esto le permitió hacer estudiar a su hijo en Europa. No cualquiera podía hacerlo. Todavía no cualquiera puede hacerlo.

Manuel tuvo una fuerte formación institucional en la España de los Borbones, la España que transitaba del absolutismo monárquico a cierto despotismo ilustrado forzado por las revoluciones burguesas y liberales de la época. Ese espíritu institucional borbónico va a acompañar a Belgrano por mucho tiempo: tal vez no lo haya abandonado nunca. Ya veremos porqué.

En la España borbónica, y por sus buenos rendimientos académicos, obtuvo el permiso oficial para leer los libros prohibidos de los burgueses ilustrados y de la ideología liberal que circulaba cada vez más fuerte en Europa.

El liberalismo que aprendió en Europa lo expresó y lo desarrolló en todos los lugares donde estuvo: lo puso en práctica a su manera como funcionario colonial en Buenos Aires, lo expuso como dirigente político del movimiento de mayo y lo desarrolló en su accionar político y militar. Insistimos, un liberalismo de matríz borbónica, un liberalismo criollo más o menos oficial específico.
 
Ese liberalismo que muchos hasta el día de hoy quieren hacer aparecer como progresivo y progresista, y que tantos dolores de cabeza nos ha dado como sociedad. Ese liberalismo que se expresaba y que se expresa, por ejemplo, en políticas educativas tan limitadas al productivismo en el estrecho marco de lo posible.

Hubo y hay miradas políticas, educativas y culturales más amplias y más profundas que las de los borbones, que las de los carlotistas y los liberales, y es bueno que los pueblos las repasen y las reafirmen en sus luchas.

El liberalismo real, el librecambismo con lo que hay, el carlotismo, el monarquismo y las asociaciones políticas y económicas dependientes de los imperios de turnos, junto con una educación entregada oficialmente al productivismo hegemónico, son verdaderos problemas estructurales históricos que vienen desde la época de Belgrano y que no hemos podido superar.

Belgrano fue uno de los fundadores del partido carlotista en el Río de la Plata. Ante la crisis de la monarquía española, Belgrano y otros especularon con la posibilidad de que la princesa Carlota Joaquina, hermana borbónica del depuesto Fernando VII, residente en la ciudad imperial portuguesa en ese tiempo de Río de Janeiro, fuera coronada en el Plata. Las burguesías de BsAs, de Montevideo, de Brasil y de toda Nuestra América siempre han sido tan prácticas en la defensa de sus intereses…

Era darle más poder al heredero del imperio portugués, a Juan VI -marido de Carlota-, y era restaurar el absolutismo, pero a los burgueses carlotistas como Belgrano no les preocupaba mucho el asunto. La movida política se frustró, pero los carlotistas siguieron especulando con el proyecto durante bastante tiempo.

Frente a eso, la cultura popular todavía refleja el rechazo que éste tipo de política provocaba tierra adentro: en la “Antigua Litoralera” de Claudio Martínez Paiva, que Ricardo Maldonado rescató hace un tiempo para un acto artiguista en El Espinillo se puede escuchar la crítica y la ironía contra “los de peluca” que militan para “Carlotas y Joaquines”.

Lo que nadie quiere decir es que Belgrano era uno de esos “dotores” carlotistas. Tenemos una visión muy fragmentada de nuestra historia y muy poco coherente.
Ese espíritu borbónico también estaba en la escarapela del Regimiento de Patricios que le tocó comandar a Belgrano -con sublevación y todo- y que lo acompañó, en un contexto difícil para la compleja y contradictoria lucha latinoamericana, en las Barrancas del Paraná, el 27 de Febrero de 1812.

Los colores del cielo y de la Virgen eran también los colores de la Orden de Carlos III, eran colores de la dinastía de los borbones. Belgrano quería levantar un poco la moral de su tropa y quería tener una bandera para llevar al frente, aunque a veces, más que guerra revolucionaria de liberación, la lucha se parecía -de la mano de la línea burguesa gobernante en Buenos Aires- a una guerra civil inter-hispanoamericana, interborbónica.

En ese tono -de guerra civil- le supo escribir Belgrano a los jefes militares realistas en Montevideo, pidiéndoles que no obedecieran al virrey Elío. Pero BsAs ni eso: Rivadavia y cía le ordenan que destruya esa bandera, a ver si todavía, en un contexto de malaria política y militar, había que reconocer nuevamente la soberanía de los borbones. Pero Belgrano guardó esa bandera blanca y azul, que hoy, después del derrotero de tantos combates, está bien guardada en un museo de Bolivia, esa tierra querida del Alto Perú.

Los pueblos, en sus luchas, han ido más allá de las máscaras de mayo y de las caretas de la historia. Pero las elites del poder han reincidido en sus políticas. El propio Belgrano, después de varias derrotas militares en las campañas que se iniciaron después de 1810, va a Europa en misión con Rivadavia -nada más ni nada menos- y no logra el reconocimiento político para las Provincias Unidas.

Allí proyectan la maniobra de coronar aquí a otro borbón: a Francisco de Paula de Borbón, hermano de Fernando VII. No era muy revolucionaria la cosa, y además, Belgrano redacta un proyecto de Constitución monárquico, aristocrático y conservador casi copiando la constitución inglesa.

Aquí ya se luchaba por la independencia en serio y por el federalismo, para que los pueblos fueran libres de verdad, de la opresión imperialista, y de la opresión centralista, para las que, lamentable y paradójicamente, Belgrano operaba. Belgrano nunca estuvo del lado de las Instrucciones del XIII, y así nos fué a los provincianos no tan unidos del sur de Nuestra América.

La fuerza de la Liga Federal artiguista
Después, en el Congreso de Tucumán -al que también hay que hacerle un análisis muy crítico para no reproducir la ideología mitrista no tan infantil de muchas revistas y muchos libros-, Belgrano propuso su famosa fórmula de la monarquía incaica como gobierno, que algunos han querido ver como progresista.

Uno ve lo que quiere ver. Belgrano no se salió del molde monárquico y borbón, y proponía una alianza simbólica y formal de las clases dominantes con los pueblos indígenas, a partir de alguna figura dominante. Ojalá ese no sea también el anticipo de algún futuro. Frente a la santa alianza monárquica europea, Belgrano pensó una santa alianza de las elites americanas.

Cuando Belgrano se proponía a desarrollar esa propuesta política, en nuestro Litoral ya hacía tres años que el proyecto artiguista proponía Independencia absoluta, República y Federación. Ya se había desarrollado el Primer Congreso Independentista en el Arroyo de la China, en Concepción del Uruguay, el 29 de junio de 1815, y ya la Liga Federal ponía en marcha en la Provincia Oriental un Reglamento de Tierras, que incluía a los pueblos originarios y a todas las clases populares.

Además, a ese Congreso de Oriente de la Liga Federal fueron convocados los hermanos indios, a que enviaran sus propios representantes. Democracia popular, federal y progresiva en serio, no discursos fracasados de salón.
 
La lucha de los pueblos fue más allá las ideas de Mayo y las de Belgrano. Cuando Belgrano se la jugó con los pueblos en movimiento, tuvimos al mejor Belgrano. Cuando Belgrano obedeció a Buenos Aires o siguió su ideología liberal y monárquica, tuvimos al peor Belgrano.

Un Belgrano difuso, instituido, oficial, un Belgrano de anécdotas pseudorevisionistas es el Belgrano que nos ofrece el poder porque es el Belgrano y la historia que le convienen al poder. No es nuestro Belgrano ni es nuestra historia.

El mejor Belgrano es el que sigue las orientaciones del pueblo, desobedece a Buenos Aires, organiza el extraordinario éxodo jujeño -un tiempito después de que Artigas comandara el extraordinario éxodo oriental a Entre Ríos- y triunfa en las memorables batallas de Tucumán y Salta. Pero por seguir a Buenos Aires sus triunfos no fueron muy lejos y terminó completamente derrotado.

Ese Belgrano mandado por Buenos Aires pasó por Entre Ríos antes -recibió ayuda valiosa de algunos, como Gregoria Pérez, que hasta aportaron esclavos para los trabajos en el ejército criollo- y fue a atacar al Paraguay. Pero no sembró ninguna “semilla de la libertad”: la libertad la afirmaron los paraguayos y las provincias después, desalojando a los realistas y combatiendo a los porteños también. El proyecto federal de afirmar las soberanías políticas particulares de los pueblos nació mirándose en ese Paraguay.

Si algo queda claro de las concepciones políticas de Belgrano es que era antifederalista. Mandó interrumpir los chasquis que llevaban la correspondencia estratégica entre Artigas y San Martín y siguió a los gobiernos unitarios y cipayos de Buenos Aires cuando ordenaron reprimir a las provincias que planteaban el federalismo. En 1816, el segundo de Belgrano –Díaz Vélez- lo desautorizó y lo depuso para firmar el Pacto de Santo Tomé con el gobierno de Santa Fe.

No exigió la rendición de los federales santafesinos, como había ordenado Belgrano, en el fondo siempre tan en línea con la política de BsAs. En 1817, reprimió como Jefe del Ejército del Norte y por orden de Buenos Aires, la rebelión federal encabezada por Juan Francisco Borges en Santiago del Estero.

En 1819, el Director Supremo Rondeau, le pidió tanto a San Martín como a Belgrano, que dejaran de lado la lucha contra los españoles y vinieran a reprimir la lucha federalista. San Martín, aunque nunca estuvo muy jugado al auténtico federalismo, no acató, pero Belgrano sí, ordenó marchar a reprimir y luego pidió licencia por cuestiones de salud.

Pero en Tucumán, el creador unitario de la primer bandera, cayó preso de la rebelión federal encabezada por Bernabé Aráoz. Dos meses más tarde, el Ejército del Norte, al mando de Juan Bautista Bustos, produce el histórico Motín de Arequito, se pasa al bando federal y disuelve ese ejército instituido. Ojalá Belgrano hubiera acompañado esa decisión revolucionaria. Pero Belgrano no era un revolucionario.

Belgrano fue un tipo humilde y honesto, no se quedó con un peso de nadie -y hoy eso sigue siendo una novedad política-. Se la jugó, a su manera y con sus ideas -que no eran las únicas ni las de todos- para enfrentar al enemigo español. Dio mucho de sí, acertó algunas veces y erró políticamente en la mayoría de los casos.

Podemos mentirnos, podemos jugar a mirar para nuestro lado, o podemos rastrear en éstas dolorosas contradicciones algunas causas de nuestras contradicciones presentes.

Podemos jugar al revisionismo histórico simbólico, anecdotario y simpático -el jueguito intelectual de la fracasada ideología argentina- o podemos estudiar y discutir a fondo nuestra historia y nuestra política. Podemos acomodarnos más o menos en lo que hay, o podemos buscar as raíces que potencien un cambio estructural.
Podemos agitar la banderita mientras vendemos hasta nuestra madre, o podemos buscar ser coherentes en el pasado, en el presente y en el futuro.
 
El patriotismo simbólico sin compromiso no tiene salida
Podemos pensar las Malvinas, YPF, la minería y nuestra tierra con Lord Strangford y sus socios de ayer y de hoy, o podemos luchar por la reapropiación pública y popular, federal, revolucionaria, anticapitalista, antiproductivista y liberadora, de los bienes comunes y de lo que es nuestro.

Podemos seguir en el Mercosur carlotista de la soja, de Monsanto y de los capitalistas chinos, o podemos levantar la mirada por una Federación Latinoamericana popular y revolucionaria en la dirección de un mundo distinto.
Por el profesor Mauricio Castaldo, de Agmer María Grande

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