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Pierre Renoir, el hombre que pintó la felicidad

El 25 de febrero de 1841 nació en Limoges, Francia, el mayor de los pintores impresionistas y uno de los genios de la pintura de todas las épocas, Pierre Auguste Renoir, a quien el crítico ruso Anatoly Lunacharsky definió como “el hombre que pintó la felicidad”, frase que da una idea del efecto que causa su obra.

El moulin de la Galette, de Pierre Renoir.

Hijo de artesanos, vivió sus primeros años en barrios proletarios donde trabajó como decorador de porcelanas y pintor de abanicos. Después pudo acceder al taller del pintor Gilbert y, luego, al de Gleyre, donde conoció a los pintores Monet, Bazille y Sisley, con quien más tarde compartió su casa en París. Sus primeros intereses como pintor se inclinaron por la escuela de Barbizon y, consecuentemente, por la pintura al aire libre.

En 1876 se celebró la segunda exposición del grupo impresionista en la que Renoir participó con una de sus obras más conocidas, El moulin de la Galette que recoge los momentos de un baile al aire libre en una terraza parisiense.

En 1878, Renoir se alejó del grupo impresionista y buscó el éxito en los sa
lones oficiales; el abandono de los principios impresionistas se acentuó cuando, a partir de 1881, numerosos viajes -Normandía, Argel, Florencia, Venecia, Roma, Nápoles, Sicilia- despiertan su admiración por cierta idea clásica de lo bello -la pintura pompeyana, Ingres, Rafael-, que le llevó a cuestionarse el valor de la espontaneidad de su técnica anterior, alejándose progresivamente de los efectos atmosféricos en busca de una pintura más definida.

El tema de la mujer, por el que el mostró durante toda su vida un gran interés, adopta, por lo general, un tratamiento de gran consistencia y de resonancias clásicas.

La línea recta no existe en la naturaleza y la mezcla armónica de colores sobre la tela va configurando la forma mediante un proceso orgánico que persigue una expresión sensual y vitalista: “No tengo reglas ni métodos; cualquiera que vea los materiales que empleo o mi forma de pintar, se dará cuenta de que no hay secretos. Miro un desnudo y descubro miles de matices diminutos. He de encontrar aquel que haga que la carne de mi lienzo viva y tiemble”.

El ejercicio de la pintura es para Renoir una especie de placer físico, la sublimación de la atracción física por medio de la materia pictórica. Salud y belleza se identifican en las representaciones de esas mujeres de piel tersa y rosada.

En 1884 escribió una propuesta para fundar la “Sociedad de los irregulares”, la cual asociaba la belleza a las formas orgánicas e irregulares de la naturaleza y rechazaba el mundo mecánico e industrializado, como años antes hicieron los críticos ingleses Ruskin y Morris, pero cuya sensualidad se alejaba de la religiosidad de éstos.

“A veces hablo como los campesinos del sur. Dicen que son unos desafortunados. Yo les pregunto si están enfermos y me dicen que no. Entonces son afortunados; tienen un poco de dinero, por lo tanto, si tienen una mala cosecha no pasan hambre, pueden comer, pueden dormir y tienen un trabajo que les permite estar al aire libre, a la luz del sol. ¿Qué más pueden desear? Son los hombres más felices y ni siquiera lo saben. Después de unos cuantos años más, voy a abandonar los pinceles y dedicarme a vivir al sol. Nada más”.

De Renoir dice Lunacharsky: “Es un hombre ávido de felicidad, que la encontró en abundancia. Es un hombre que la pintó en abundancia. Es un hombre que la dio a otros en abundancia, distribuyéndola en una alegre moneda especial que sólo el más grosero patán puede creer falsa” “El mundo de Renoir contiene muchos niños; son inolvidables y en ellos se puede hallar alivio en momentos de tristeza. Sus muchedumbres son libres, alegres y festivas. Su tierra es una belleza regocijándose bajo un cielo sonriente. No debemos olvidar cuántas cosas buenas nos ha concedido el destino, o, por lo menos, qué felices podríamos ser”. ¿Qué más?

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