Recibi las noticias en tu correo

La expulsión de los jesuitas de América

El 27 de febrero 1767 el monarca borbón  Carlos III dictó la pragmática sanción por la que  expulsó a los jesuitas de todos los dominios de la monarquía española.

Ruinas jesuíticas en Colón, mudo testimonio del paso por América.

La Compañía de Jesús, fundada en 1540 por el vasco Iñaki  Loyola, es una de las órdenes religiosas que más han sufrido los reveses de la historia. Preferentemente ocupada de las misiones y de la enseñanza, su labor misionera empezó con Francisco Javier como nuncio del Papa en la India.

En 1588 ya disponía la orden de 144 colegios repartidos por toda Europa. Pero a mediados del siglo XVIII los acontecimientos cambiaron La Compañía de Jesús, la mayor y más influyente orden religiosa de entonces, comenzó a verse salpicada por intereses socioeconómicos y políticos, propiciados por la preocupación que levantaba tanto en las esferas políticas como en la propia Iglesia, el desmesurado poder que la Compañía había alcanzado a todos los niveles.

Los jesuitas estaban demasiado informados de lo que ocurría como para no olfatear su próxima desgracia. En una sola noche, la del 2 al 3 de abril de 1767, todos los colegios, casas, residencias e iglesias pertenecientes a los jesuitas en España y en los dominios españoles de América fueron invadidos por las tropas del rey Carlos III.

Los consejeros del monarca, el conde de Aranda y el futuro conde de Floridablanca, tuvieron que ver mucho en ello. Unos 6.000 jesuitas fueron detenidos, amontonados  en las bodegas de los buques de guerra españoles y transportados a los Estados Pontificios, donde fueron arrojados a la playa sin contemplaciones. El conjunto de la operación española, que había requerido catorce meses de preparación, fue un triunfo del espionaje secreto burocrático y la sutil precisión militar.

Años antes, en 1759 y 1764, Portugal y Francia, respectivamente, ya habían hecho lo mismo. Poco después que España, los gobiernos borbónicos de Nápoles y Parma siguieron el ejemplo y algo más tarde, también Austria. Todos expulsaron a los jesuitas y confiscaron sus posesiones. Ahora sólo faltaba que el papado liquidase la Compañía.

Cuando se reunió un cónclave para elegir a un nuevo Papa, la familia de los Borbones dejó claro que sólo aceptaría a alguien que se comprometiese a liquidar a los jesuitas. El cardenal Lorenzo Ganganelli, que dio garantías sobre este punto a los embajadores de las distintas cortes, fue elegido con el nombre de Clemente XIV, y como consecuencia de una presión sin precedentes terminó por expedir un documento papal titulado Dominus ac Redemptor en el que suprimía por completo la orden.

Los jesuitas fueron agrupados en los muelles de los puertos de embarque. La pena de muerte pendía sobre sus cabezas si regresababan a España, y sólo les fue permitido llevar consigo sus objetos personales y un libro. Las naves estuvieron navegando muchos días sin rumbo fijo, al no ser aceptadas en los Estados Pontificios.

El comandante de la ciudadela de Civita Vechia había recibido órdenes expresas del Papa de abrir fuego sobre las naves españolas si estas aparecían por el horizonte. Ante esto, los barcos tuvieron que amarrar en Génova.

Aquella orden de expulsión tardaría 51 años en ser revocada. Concretamente en 1814, mediante la bula Sollicitudo omnium Eclesiarum, promulgada por el Papa Pío VII, ya en tiempos del monarca español Fernando VII.

Fue la tercera  gran expulsión de España después de los judíos bajo los Reyes católicos y de los moros  bajo Felipe III, pero  esta vez eran católicos los expulsados, debido a que habían acumulado demasiado poder y se oponían al absolutismo borbónico tanto en Francia, como España y los reinos italianos. También  cayeron en Austria donde ejercían una gran infuencia desde la subida al trono imperial de Fernando II, educado por los jesuitas en Ingolstadt.

Los jesuitas en América
Los jesuitas llegaron a Brasil cuando el fundador Loyola era general de la orden,   En el gobierno de Francisco de Borja ingresaron a Florida, México y Perú y en el de Claudio Acquaviva a Canadá, Nueva Granada, la Presidencia de Quito y otras zonas.

Los jesuitas fueron innovadores en la explotación de sus haciendas y propiedades en la América Hispánica. Durante los siglos XVII y XVIII supieron gestionar verdaderos emporios agroindustriales con métodos de gerencia que se adelantaron a los utilizados en la actualidad. Además agregaron la participación patrimonial de lo recaudado en las haciendas para luego ser redistribuido entre indígenas, esclavos y empleados, llegamos a la conclusión que fueron los primeros en otorgar una suerte de “títulos de propiedad” a sus subordinados.

La finalidad de estas propiedades era sostener sus colegios, pues éstos -debido a una rigurosa concepción del voto de pobreza- eran gratuitos. Sin embargo, la riqueza de estos complejos y haciendas atrajo la ambición de las Coronas y particulares y, a la larga, fue un factor para la supresión de la Orden.

Los gobiernos ilustrados de la Europa del siglo XVIII se propusieron acabar con la Compañía de Jesús por su defensa incondicional del Papado, su actividad intelectual, su poder financiero y su influjo político. Ciertamente se habían ganado poderosos enemigos: los partidarios del absolutismo, los jansenistas y los filósofos franceses. No faltaron tampoco las intrigas de ciertos grupos en la misma Roma, ya que la actuación de la compañía en Europa, donde abundaban las intrigas y los crímenes, fue muy diferente de la que tuvieron en América.

El contexto político europeo se caracterizó en estos años por el advenimiento del llamado Despotismo Ilustrado y por un declive notorio del prestigio político del Papado y la voluntad política de los Borbones y de la Corona Portuguesa de robustecerse en detrimento de la Iglesia.

La Pragmática Sanción de 1767 fue obra de  Pedro Rodríguez de Campomanes (futuro conde de Campomanes),  entonces fiscal del Consejo de Castilla. Al mismo tiempo, se decretaba la incautación del patrimonio que la Compañía tenía en estos reinos (haciendas, edificios, bibliotecas), aunque no se encontró el supuesto «tesoro» en efectivo que se esperaba.

Los hijos de San Ignacio tuvieron que dejar el trabajo que realizaban en sus obras educativas  y sus misiones entre indígenas, como las famosas Reducciones guaraníes y las menos célebres, pero no menos esforzadas misiones entre los Tarahumara en México y a lo largo del Amazonas (Misiones del Marañón).

Solo unos cuantos centenares sobrevivieron en Rusia, protegidos por la zarina Catalina II, de origen alemán.

Compartir articulo