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Terminator/ El hundimiento de la tierra por obra del espíritu

El filósofo alemán Theodor Lessing puso hace poco menos de un siglo  bajo el título de su libro “Europa y Asia” este subtítulo inquietante: “El hundimiento de la tierra por obra del espíritu”. Lessing expuso su  tesis de que  la  exaltación del hombre por encima de la naturaleza, la tendencia a manipular todo y reducir todo a objeto de dominio,  la obstinada y falsa  conciencia de superioridad sobre todas las cosas que necesita someter a su servicio, son de origen cristiano,  y que la ciencia y técnica  modernas, que tienden a realizar esos fines,  son la consumación del ideal cristiano.

La destrucción de la naturaleza puede revertir en la destrucción del hombre en la medida en que él mismo es naturaleza que no puede negar.

La idea oriental y de los pueblos originarios de África y América  de que todos los seres son equivalentes ante el absoluto del que todos participan sin excepción, es ajena al cristianismo, que siempre la tachó de “gnóstica” y  puso en lugar de ella esta otra: todos los seres del  universo están al servicio del hombre por mandato de dios.

Ahora estamos viendo una consecuencia muy poco favorable de esta idea, que encubre mal el endiosamiento del yo individual, para Lessing el único  dios verdadero de los occidentales: la destrucción de la naturaleza puede revertir en la destrucción del hombre en la medida en que él mismo es naturaleza que no puede negar. Como le dijo un cacique sioux a un blanco que estaba masacrando bisontes: “lo que le pase a los hijos de la  tierra, le pasará a la tierra”.

Terminator, la obra de la razón instrumental
La multinacional Monsanto, controlada por Rockefeller y George Soros, desde que el capital financiero salió al campo ha lanzado al mundo una batería de ideas fundadas racionalmente, en la ciencia moderna y la especulación financiera.

Con la enorme masa de dinero sobrante, aquella de la que Martínez de Hoz dijo que contrajo la deuda externa argentina para ayudar a absorber el exceso de liquidez que había en el mundo,  Monsanto compró otras empresas desde siempre  ocupadas con el agro y les cambió la misión. Puso a su servicio, técnicos y científicos, usó la bioingeniería sin limitaciones, logró la complicidad de los gobiernos  y tuvo  finalmente en un puño los alimentos del mundo, es decir, a todo el mundo.

Injertó en el genoma de la soja un gen proveniente de la  bacteria Bacillus Thurigiensis que produce una toxina que mata los insectos. Creó la soja transgénica y con ella la otra rama de la tenaza, el veneno que mata cualquier vegetal menos la soja.

Soja transgénica, "obra" de Monsanto.

Los servicios estadounidenses que deben decidir si un producto es perjudicial para la salud o no, dieron su visto bueno al invento de Monsanto,  tomando en cuenta únicamente los datos de Monsanto. No sólo el glifosato es  venenoso, contaminante y teratogénico, sino que según científicos no ligados todavía a Monsanto, la soja transgénica no es equivalente a la natural desde el punto de vista alimenticio. Es inferior, y nadie sabe qué consecuencias sobre la salud puede producir a largo o mediano plazo.

De la soja pasamos a la canola, al maíz, al algodón  y a otras semillas  sobre las que se aplica el mismo método para alterarlas.
Otra vuelta de tuerca de la inteligencia científica fue el gen terminator, que envuelve un peligro enorme, todavía mal valorado y poco conocido.

Monsanto adquirió la tecnología “exterminadora” y la patentó luego junto con la principal productora de semillas de algodón de los Estados Unidos bajo el número 5.723.765.

La patente alude al invento como “control de la expresión genética vegetal”, nombre útil para no alarmar.  Los propietarios de la patente quedaron autorizados a  crear semillas estériles  programando el ADN de las plantas para que maten sus propios embriones.

Monsanto creó plantas que tienen ciencia introducida con la finalidad de matarse a sí mismas. Nada ilustra mejor la idea de Lessing, y nada la prueba como el hecho de que éste sea un resultado de la inteligencia y haya sido evaluada, pasado por protocolos estrictos y aprobada por sesudos examinadores oficiales.

En el genoma de una planta “Terminator” se insertan tres genes provistos de un interruptor. Al activarse uno de estos genes se produce una proteína llamada recombinasa, que actúa como una tijera molecular. La recombinasa corta un “espaciador” que hay entre el gen productor de la toxina y su promotor. Mientras está el “espaciador” actúa como un seguro para impedir que el gen de la toxina se active.

Un tercer gen ha sido diseñado para producir un “Represor” que evita que el gen de la recombinasa se desactive hasta que la planta, manipulada con la “tecnología exterminadora” sea expuesta a un estímulo exterior específico, tal como un compuesto químico concreto, un choque térmico o un choque osmótico.

Cuando el estímulo elegido se aplica a la semilla antes venderla, se interrumpe el funcionamiento del represor. Por lo tanto, como no hay represión, el gen de la recombinasa se activa. La recombinasa que se produce elimina el sistema de seguridad del espaciador.

uesto que el promotor ha sido elegido para ser activado en las últimas etapas de maduración de la semilla, será solo entonces cuando se iniciará la producción del veneno que mata la semilla. El propósito de la muerte programada en este caso es la ganancia.

La mitad de los agricultores del mundo son pobres y no pueden comprar semillas todos los años. En breve no tendrán más que rendirse a Monsanto y desaparecer; muchos ya han cumplido toda la parábola. Pero no solo ellos, sino toda vida quedará en riesgo de desaparecer, será “el hundimiento de la tierra por obra del espíritu”.

Las semillas con el gen terminator conservadas para usarlas para la siembra después de la cosecha no germinarán porque  la obra de la naturaleza ha sido “corregida” en la dirección del negocio. El triunfo de la razón es la muerte.

La finalidad es  impedir que los  agricultores  reserven sus semillas en la “bolsa blanca” como han hecho siempre, y obligarlos a comprar  semillas nuevas a Monsanto, que será la dueña de decidir si vivimos o no.

La patente alcanza a porotos, habas,  tomates, pimientos, trigo y maíz, transformadas en cadáveres. Monsanto ha sido la encargada de dar otro paso en el propósito l de poner a la naturaleza bajo el poder humano, imperial en este caso.

Ha cortado de un golpe  el ciclo natural planta-semilla de modo que no habrá alimentos si no media el acto económico de compra de semillas, para lo que se requiere capital. El triunfo del capital financiero también  es la muerte.

Esto es muy bueno para Monsanto y también para  el departamento de agricultura de los Estados Unidos, que le está cada vez más subordinado o que ve quizá que por esta vía se abre al propósito imperial  de dominio mundial un camino ancho y sencillo.

La tecnología exterminadora tiene el fin de que los agricultores no puedan disponer de sus propias semillas no híbridas. Las semillas ya no pertenecen a la comunidad ni al agricultor privado ni reunido en cooperativas, ni siquiera a los estados nacionales.

Pertenecen  a Monsanto, que reclama el derecho de propiedad sobre toda la especie a pesar de que solo ha introducido un gen y todo el resto lo ha hecho la naturaleza en millones de años, o los mismos agricultores en un proceso lento y  paciente, como en la papa, el maíz o el tomate.

Pero los muertos no hablan ni pueden ejercer derechos, y así, como cadáver, puede que considere en breve el hombre “moderno” a la   naturaleza. Así la viene considerando el gran “perdonavidas” desde que entiende que toda cosa que existe, existe para él o debe desaparecer.

El predominio del capital financiero, las facilidades para transferirlo sin moverlo por sobre fronteras, el exceso de liquidez, llevó a los dueños del dinero a mirar  el negocio de los alimentos, que con mucha propiedad se les presentó como apetecible.

Las grandes corporaciones transnacionales, en primer lugar Monsanto, están logrando que todos los agricultores del mundo vuelvan a ellas cada año, a comprarles lo que no podrán conseguir en ninguna otra parte, porque la naturaleza que se las proveía antes,  habrá sido esterilizada.

Patentes de plantas, licencias, derechos de propiedad intelectual, investigaciones y juicios contra agricultores por violar el monopolio de una empresa sobre determinada variedad de semillas son medios que las transnacionales que salieron al campo, no a pasear sino a comprarlo,  usan para imponer sus fines.

Basta de transgénico, el reclamo en un círculo de cultivo.

Un analista hace notar que el problema más serio es el riesgo de que la   función exterminadora escape del genoma de los cultivos a los que fue intencionalmente incorporada y se trasmita a otros cultivos de polinización abierta o plantas silvestres de los alrededores.

La propagación gradual de la esterilidad entre las plantas podría resultar en una catástrofe mundial que incluso podría borrar del planeta formas superiores de vida, sin excluir a los seres humanos.

Si la tecnología exterminadora se utiliza ampliamente -y para eso solo hace falta que sea negocio, y lo es espléndido-  otorgará también a las industrias multinacionales de las semillas y los agroquímicos una capacidad extremadamente peligrosa de controlar las fuentes de alimentos del mundo.

La propiedad que Monsanto reclama sobre todo el genoma de las plantas alteradas a pesar de que la alteración es en solo un punto de una cadena muy larga, se extiende de hecho a toda la vida, incluso la del hombre, que puede pasar a propiedad de las grandes corporaciones capitalistas, y no de hecho, como puede ser ahora según algunos pesimistas, sino de derecho, porque les será posible reclamarlo ante los tribunales.

Hace algunos años  se produjo una advertencia: se informó de mariposas que  habían recogido en sus patas polen de maíz transgénico, o murieron o no pudieron desarrollar sus embriones. Fue el primer llamado de atención de que no todas son rosas, de que los genes introducidos en el genoma pueden “volar” e infectar a las plantas silvestres con consecuencias incalculables.

Puede acontecer que plantas infectadas de esta manera novedosa, producto de la bioingeniería, den frutos estériles y así, poco a poco, donde hubo un vergel habrá un desierto.

Analizando la situación al fin de la primera guerra mundial, Lessing dice que occidente (de aquel momento ) “todavía tiene pueblos y comunidades que dependen de las plantas y los animales, las nubes y el agua, el sol y los mundos siderales, de modo que hace recordar a los pueblos originarios de América.

En una palabra, de lo que los chinos llaman Feng Shui, literalmente “viento-agua” o influencia ambiental.  Pero vemos a este mundo crecido espontáneamente (se refiere al  fundado en el mito del progreso) sacrificar sus dioses y demonios por espíritus y poder en el mercado internacional de la   razón política y económica”.

Las semillas genocidas
Los agricultores de la India, que desde tiempos inmemoriales han reservado parte de su cosecha para sembrar la próxima, como en todo el mundo,  ya no pueden hacerlo. Por eso se suicidan a razón de uno cada 30 minutos, porque la ineficiencia de Monsanto y su avidez descontrolada de ganancias están perpetrando un genocidio.

En 2008, un periódico de Nueva Dehli se refirió al caso como “El  genocidio de los organismos genéticamente modificados”, restringiéndose a la muerte de los agricultores, porque la de la naturaleza todavía no se veía.  El diario hacía notar una paradoja: los trabajadores humildes, despojados de todo recurso y todo derecho, se mataban bebiendo los mismos insecticidas que les había vendido Monsanto para tratar los cultivos.

La mayoría de los suicidas son productores de algodón, que debieron afrontar la muerte cuando Monsanto introdujo triunfal en el “mercado” la semilla  Bt en el año 2002.

La viuda de uno de los suicidas contó que compraron 100 gramos de semillas de algodón transgénico. “Nuestra cosecha fracasó dos veces. Mi marido se sumió en una profunda depresión. Salió a su campo, se acostó sobre el algodón y tragó insecticida “. Es como si Monsanto lo hubiera matado dos veces: cuando le vendió la semilla y cuando le vendió el glifosato.

Monsanto está destruyendo la agricultura tradicional y sostenible en todo el mundo, pero en la India, donde más de 1000 millones de personas dependen de las semillas, la cuestión es muy  grave.

El recinto oscuro
Una leyenda india muy antigua informa en el país del Ganges de un pueblo muy feliz, que se sabía gobernado por un rey sabio que nadie conocía y que moraba dentro de un “recinto oscuro”.

Un día, un joven no pudo resistir la tentación y abrió la puerta del recinto oscuro para conocer al rey  sabio. No había nadie, el recinto estaba vacío. Esta novedad introdujo la infelicidad en el pueblo. La influencia silenciosa del vacío capaz de actuar sin moverse, generaba la felicidad del pueblo.

Hace dos o tres siglos, los indios abrieron la puerta del recinto oscuro. No solo supieron que estaba vacío sino que pasó algo peor: dejaron entrar a Monsanto en él.

Olga, del matrimonio a la  gloria
Olga Monsanto se casó a fines del siglo XIX con  John Francis Queeny, creador de una empresa química en  1901, a la  que bautizó con el apellido de su esposa. Entre sus primeros productos estuvo la sacarina y luego fue proveedor de cafeína para la Coca  Cola hasta que en 1921 se aplicó a la química industrial.

Monsanto es ahora una de cuatro grandes compañías del mundo aplicadas a negocios agrarios. Alrededor de 1980, usando la biotecnología, se disponía a sacar al mercado  una hormona de crecimiento bovino sintética, producida en bacterias modificadas genéticamente para producir proteínas bovinas. Simultáneamente,  Monsanto  procuraba imponer  las semillas de soja y maíz transgénico y sus variedades de algodón resistentes a los insectos.

En el país del pan… Monsanto da hambre
La Argentina tiene un potencial extraordinario para producir alimentos, o tenía… porque ahora depende de la voluntad del capital financiero y de decisiones de dónde poner el dinero y con qué fines que ignoran por completo a las necesidades más elementales, como la de comer.

Hay muchos argentinos que pasan hambre, cosa de la que deben hacerse cargo con pocas ganas los políticos, debido a su función de gerentes del capital financiero. Pero  en realidad, las grandes corporaciones como Monsanto controlan la producción de alimentos, debido a que, por ser bienes insustituibles, al tener el mercado en sus manos la ganancia  es generosa y segura.

Si la gente no tiene petróleo, si no accede al gas o a la electricidad, puede usar leña o bosta, energía solar o eólica. Pero si el mercado de los alimentos está controlado, hay que arrodillarse ante quien lo controla, sin más remedio, o seguir el camino de los campesinos indios.

Hoy prácticamente el 100 por ciento de la soja que se produce en la Argentina es transgénica. Entre nuestros agricultores, tan desprovistos de vista larga como los políticos y en general las clases medias, no parece posible ni  rentable pensar mucho más allá de los beneficios del momento. Si la soja transgénica es negocio, si  da buenos dividendos, ¿porqué no usarla? En eso van de acuerdo transitorio con Monsanto.

El mundo según Monsanto
Hace algunos años apareció en Francia el documental de dos horas y el libro “El mundo según Monsanto” de  Marie Monique Robin.

Robin hizo notar que la Argentina tiene 16 millones de hectáreas plantadas con semillas modificadas y por eso el país avanza hacia “un suicidio programado”, favorecido por un gobierno apremiado que no ve sino recursos  fiscales en el “yuyito” y en las generosas retenciones que permite. En lugar de mirar al bien común, mira las pizarras electrónicas de la bolsa de cereales de Chicago, donde cotiza la soja.

Para Robin, se trata de exponer “el lado oscuro de la economía neoliberal”, o del predominio ya sin obstáculos del capital financiero, que se hace servir por la ciencia y contribuye a endiosarla usando el prestigio que todavía mantiene.

Robin hace notar que en poco más de un siglo, Monsanto fabricó el PCB, que se busca eliminar como sea de los transformadores eléctricos por ser cancerígeno, el agente naranja usado para “matar toda vida” por la aviación norteamericana en Vietnam y hormonas para aumentar la producción de leche, que fueron luego prohibidas en Europa.

Monsanto es la primera productora de semillas alteradas de soja, maíz, algodón y el mayor productor de agroquímicos del mundo, en particular el “roundup”, a propósito para fumigar los cultivos y matar todo lo que no sea transgénico.

El glifosato no fue reclamado nunca por los agricultores, les llegó “de arriba” como les llegaba a los campesinos vietnamitas el agente naranja, el defoliante del que el glifosato es un desarrollo científico.  “Monsanto es un peligro muy grave para la seguridad alimentaria y de salud de todo el planeta”,  dice Robín.

Para ella el “roundup” permanece en el suelo y se filtra a las napas de agua y es una bomba de tiempo que cuando explote será tarde.

Recuerda que la soja transgénica llegó a la Argentina en tiempo del gobierno neoliberal de Carlos Menem, que   permitió que la semilla de Monsanto entre sin estudios ni ensayos previos, simplemente confiando irreflexivamente en lo que la propia empresa decía, como uno más de sus actos de genuflexión ante el poder mundial.

Pero a poco aparecieron algunos “efectos no queridos”:  el monocultivo y las denuncias de graves problemas de salud que generan los herbicidas, sobre todo por médicos de pequeños pueblos rodeados de soja y glifosato,  que aludían a problemas cada vez más graves y que sin embargo, siguen sin sanción ni tratamiento.

Hace constar que el poder de Monsanto en Estados Unidos y Canadá es tan grande que  hay para defender sus intereses una “policía de genes” que controla que los productores no se queden con parte  de su producción para utilizarlas en las resiembras, que paguen las regalías del patentamiento y vuelvan a comprar semillas para sembrar. En los países que se precian de ser los más libres del mundo, la vuelta a la esclavitud que abolieron hace 150 años parece a la vuelta de la esquina.

“Van a los campos, toman muestra del suelo y si los productores no pueden probar que compraron sus semillas o el Roundup, porque tampoco se puede comprar genéricos, son multados, le hacen juicios o son expropiados”.

La meta es sencilla y está a la vista: acaparar  el mercado de las semillas en todo el mundo y con él  la cadena alimentaria internacional, ser dueños con fines de lucro de la vida y de la muerte de toda la población mundial

La claridad científica
El libro “Biotecnología, el futuro llegó hace rato” es una obra de divulgación del científico argentino Alberto Díaz. Es significativo porque integra una colección que trata de sacar a los investigadores de sus laboratorios para que muestren al público lo que están haciendo.

Díaz salió, pero algo deslumbrado como un prisionero liberado de la caverna de Platón, que no alcanza a orientarse en el exterior de la cueva. Por eso, cuenta demasiado derecho sus cosas y expone prejuicios inconscientes y formulaciones en que la ciencia se acerca al cinismo, sin que el científico lo advierta, ya que cree estar protegido por un consenso confortable y seguro, que  otorga a su actividad  prestigio y reconocimiento.

El libro contiene  advertencias, como “la necesidad de contar con buenos investigadores para desarrollar la producción, la industria, la riqueza  y el bienestar de una sociedad”, todo en el mismo nivel, pero dejando de lado sin remordimiento cualquier fin desinteresado de la ciencia y suponiendo ingenuamente que sus desarrollos deben mejorar el bienestar de todos y no asegurar el acaparamiento de pocos.

Dice que la biotecnología es una nueva revolución industrial, basada en los animales como “fábricas verdaderas”. Quizá equipar  los animales con máquinas y la vida con una fábrica y verla del lado de la producción y el beneficio sea un crimen de ceguera, pero no para Díaz. Lo que está totalmente ausente en él, y él considera sin análisis que en todos de la misma manera, es la idea de la sacralidad de todo lo existente, que nunca abandona a las sociedades tradicionales.

Explica que las técnicas de la ingeniería genética permiten el desarrollo más rápido de nuevos cultivos, semillas, variedades de ganado u obtener peces de características determinadas. Se pregunta  como en broma porqué estamos tan apurados, y considera obvio y  justificado que es para ganar más dinero. Y ahí debemos detenernos.

Porque la pregunta “¿para qué queremos ganar  más dinero?”, dice que no la pudo contestar nadie (que él conozca entre sus cuatro paredes), ni el Inodoro Pereyra de Roberto Fontanarrosa, lo que sugiere que quienes la formulan son seres cómicos e insensatos. Además, revela que no supo leer bien a Fontanarrosa.

De todos modos, Díaz advierte que la bioingeniería puede tener algún aspecto negativo.  Y encuentra que los narcotraficantes están financiando árboles de coca más altos y resistentes, que  puedan crecer en la Amazonia y una variante de la cocaína que tenga un efecto cinco veces superior a la actual.

Así, en lugar de preparar costosos contrabandos de miles de kilos, les bastaría con  hacer pasar un bolsito pequeño, muy ventajoso para la actividad delictiva que los ocupa y que les permite ganar mucho dinero.

Hay una disculpa: “no es la biotecnología que da para todo. Son los llamados seres humanos que son capaces de usar los conocimientos y la tecnología para cualquier cosa”. No dice cómo se puede conjurar este peligro, que parece bastante robusto y que, volviendo al principio, es desconocido en Oriente y en las culturas autóctonas de América. No se parte en ellas de que los “llamados seres humanos” estén destinados a enseñorear todas las cosas, reducidas a objetos de dominio y manipulación,  sino que se entiende desde siempre que es uno más entre la multitud de seres, sin prerrogativas ni privilegios.

Decadencia y ruina
Para finalizar, Lessing otra vez: “Yo no sé si se extinguirá jamás la vida; pero sí se, porque lo veo, que determinada variedad biótica, la humanidad que puebla esta tierra y de la que formamos parte, se halla en la fase de la decadencia, por lo que trata de evolucionar a un tipo nuevo, en su criterio “superior”.

El nacimiento del nuevo Adán no puede menos que costarle la vida al antiguo. La vida es infinita, pero todas sus modalidades son finitas”.

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