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¿Le adivino la suerte?

Un payo caminaba por la vereda cerca de la antigua terminal de ómnibus de Paraná. Le salió al paso una gitana.
-Te adivino la suerte, morocho. / -No hay nada que adivinar, conozco mi suerte. La gitana dijo algo y el hombre aprovechó para alejarse sin esperar la continuación del diálogo.

La quiromancia fue especialidad de los gitanos.

La quiromancia fue especialidad de los gitanos.

La velocidad mental de los gitanos, su capacidad desconcertante para la réplica aguda y punzante, su ingenio, son proverbiales: ya sorprendían a los pesados campesinos de Europa al final de la Edad Media, desde que vieron llegar  carromatos con esos desconocidos. Dice una leyenda que al ver de lejos la caravana, algunos huyeron despavoridos: creían estar otra vez frente a los hunos, otros nómades que  habían llegado  a Europa 1000 años antes  y dejado un recuerdo terrible, imborrable. Pero los gitanos, en larguísima peregrinación desde algún lugar de la India del que habrían partido siglos antes, eran pacíficos, y si pudieron ser superficialmente confundidos con  los hunos era porque la vida trashumante atravesando desiertos impone fatales semejanzas.

La palabra es el cierto modo la tierra donde puede sembrar un nómade. Dice un viejo proverbio  árabe,  otro pueblo dado a los viajes y celoso de su pasado, que Alah le hizo al hombre tres dones: el cerebro de los francos (la inteligencia de los europeos); las manos de los chinos (su capacidad artesanal) y el lenguaje de los árabes, su ingenio, su capacidad poética, su imaginación y fantasía.

El lenguaje permite hacer el milagro de la belleza sin otro soporte que la memoria, el pensamiento, cosas inmateriales que no ocupan lugar y que cada uno transporta sin esfuerzo en los viajes incesantes, convertidas en poemas de fácil recordación y sorprendente inspiración.

No es lo mismo con las catedrales, las estatuas, las grandes pinturas que adornan los museos y salones: esas son creaciones de los sedentarios, tan poco valiosas para los nómades como el aplicarse a la tierra para sembrarla.

Pero también las mancias como la lectura de las manos y las diferentes  artes adivinatorias que no requieren más que un mazo de cartas o   una bola de cristal son factibles de desarrollo entre los nómades. Y fueron especialidad de los gitanos, lo mismo que la danza que no requiere más que el cuerpo o la música, que a lo sumo reclama un instrumento o solo la voz. Justamente un grupo de gitanos músicos eran los lautari. Esa designación deriva probadamente de laúd (Laut en alemán). Los gitanos descollaban interpretando  el laúd, como hoy lo hacen nativos de la India como Anouschka Shankar con instrumentos de la misma familia.

Tarot gitano, el arte de adivinar.

Tarot gitano, el arte de adivinar.

El laúd proviene de Oriente, aparece en miniaturas indias y  persas. Fue introducido en Europa por los árabes con el nombre de al´ oud,  que significa madera. Y de ese  nombre deriva el que tomó en todos los idiomas de Europa. Se convirtió en instrumento  barroco y fue llevado al máximo de sus posibilidades en las suites para laúd, de Bach.

A propósito, una curiosidad: en 1770, el intendente de Darmstad interrogó a un violinista gitano cuyo gran virtuosismo le llamó la atención. Acompañaba a la tribu y ejecutaba su instrumento a las puertas de la ciudad. Se enteró asombrado que era Wilhelm Friedrich Bach, hijo mayor de Juan Sebastián. Profesor de matemáticas, organista de Nuestra Señora de Halle, abandonó todo para seguir a los gitanos.  El intendente le ofreció un cargo de organista en Darmstadt, que Wilhelm aceptó y ejerció durante años,  hasta que vencido por la nostalgia se  volvió con los gitanos.

Dice J. P. Clébert en su obra sobre los gitanos que en el barrio de MoscúZamoskvarechié (de otro lado del río Moskva, como si dijéramos la rive gauche del Sena en París) el visitante puede suponer que está en el barrio de Triana de Sevilla, más allá del  Guadalquivir. La semejanza se debe a los gitanos rusos, que son los músicos populares. Sus composiciones tienen gran parecido con las de los gitanos españoles, con trozos tiernos y lánguidos, de profunda melancolía, seguidos de otros de una dinámica desbordante, de una aceleración máxima, de euforia paroxística. Así también los pudo apreciar en Budapest Johannes  Brahms, que en base a la  música de los gitanos  compuso 10 de sus 12 danzas húngaras.

La adivinación

La adivinación ha sido practicada por todos los pueblos antiguos. Era, junto a la magia, una degradación popular  del saber tradicional. En los modernos es una necesidad derivada del deseo de conocer el futuro, agudizado en gentes que han quedado gracias al triturador mecanismo social moderno literalmente “libradas a su suerte”, sin protección de instituciones ni creencias. La adivinación, versión disminuida de las ciencias antiguas,  ha sido condenada primero por la iglesia y luego por la ciencia moderna.  No obstante, persistirá mientras persista la intemperie.

La posibilidad de conocer el futuro está reservada a los que el taoísmo llama “hombres transcendentes”, que son los que han cumplido cabalmente la máxima: “descubre el infinito y piérdete en él”. A los demás, la experiencia les va mostrando poco a poco el desplegarse de los hechos en el tiempo, sin que nunca, ningún conjunto de  hechos pueda reemplazar a la eternidad, que está estrictamente fuera del tiempo pero se manifiesta en la sucesión interminable de acontecimientos temporales.

La danza que no requiere más que el cuerpo o la música, otra especialidad del pueblo gitano.

La danza que no requiere más que el cuerpo o la música, otra especialidad del pueblo gitano.

El símbolo del paso del tiempo a la eternidad es en la India el  tercer ojo de Shiva, capaz de “quemar” todo lo que mira. No es una destrucción  sino una transformación, estrictamente un “paso más allá de la forma”. Lo que el tercer ojo mira,  desaparece como objeto en el tiempo para recuperar su esencia eterna. Lo que aparece  a nuestros ojos como una destrucción, es un paso a una condición superior.

Este tercer ojo, según  una tradición occidental, lucía como una gran esmeralda en la frente de Lucifer. Cuando se convirtió en el ángel caído  y fue expulsado de paraíso, la leyenda dice que la esmeralda cayó de su frente, signo de que   había perdido  la facultad de conocer la eternidad.

La esmeralda, continuando con la leyenda, habría sido recogida y con ella se habría labrado el cáliz de la última cena, el Graal. La copa preciosa habría sido traída a Bretaña  por José de  Arimatea y Nicodemo, es decir, puesta en manos de los druidas, los custodios de la tradición celta.

Quien recupere el Graal obtendría con él la capacidad de recuperar  la visión de la eternidad. Pero la leyenda continúa diciendo que en cierta época, coincidente con el origen de la modernidad europea, el Graal se retiró al Oriente llevado por ese personaje misterioso y  elusivo que tanto dio que hablar, el Preste Juan.

Viajeros europeos al Asia, entre ellos Marco Polo, describieron un reino de maravillas gobernado por el Preste Juan. Pero para la adivinación interesa una en particular: En su palacio de cristal hecho de piedras preciosas había un gran espejo donde era posible ver todos los hechos del reino simultáneamente, y -muy importante para la mentalidad europea- anticiparse a cualquier conspiración en marcha.

Ese espejo no era sino un equivalente más o menos lejano de la esmeralda de Lucifer, del tercer ojo, del Graal. Pero también lo son otros objetos más familiares como la bola de cristal o el espejito mágico que le revelaba  a la madrastra de Blancanieves quién era la más hermosa, según el cuento infantil tradicional recopilado por los hermanos Grimm.

Justamente en una esmeralda -la piedra esmeraldina- estaría tallado el saber hermético, ciencia atribuida a los sacerdotes egipcios, conocida por los griegos,  de la que se dice era la fuente de la alquimia.

La imagen infantil recuerda a una bruja como una mujer anciana, de dedos retorcidos terminados en largas uñas, jorobada y maligna, interrogando a la bola de cristal, una variante del espejo mágico. Del ojo de Shiva y sobre todo de lo que simboliza hemos descendido paso a paso por una declinación irreversible a la magia negra, resultado del olvido de los principios.

Dos ejemplos de visión en el espejo

En el Aleph, uno de sus relatos más impresionantes, que aparece en un libro del mismo nombre editado en 1949, Jorge Luis Borges ofrece otra figuración del espejo donde se ve en la eternidad.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba.

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa, del Mar Caspio enel alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes.

La enumeración de Borges sigue, concediendo por anticipado que como es infinita no es alcanzable por medios finitos, como nuestra mente y el lenguaje que la expresa,  y termina:  sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

 Miles de años antes, en el Bhagavad Gita, uno de los libros ortodoxos del hinduismo, Krishna acepta mostrarse tal cual es a Arjuna, con quien dialogaba sobre un carro de guerra antes de entrar en combate.

Otra vez  la expresión por vía de enumeración de lo que no es numerable, debe ofrecer a nuestra percepción un símbolo de aquello que no podemos percibir: la eternidad. Para hacer posible la visión, Krisna le anuncia a Arjuna que le dará “ojos místicos”,  los que en un nivel muy inferior pretenden tener los dotados de capacidad adivinatoria y ver   en la bola de cristal e interpretar lo que para los demás no tiene significado. Con esos ojos, Arjuna fue capaz de ver lo que es normalmente invisible.

Arjuna vio en esa forma universal infinidad de bocas, infinidad de ojos, infinidad de visiones maravillosas. La forma estaba adornada con muchos ornamentos celestiales, y llevaba en alto muchas armas divinas. Él llevaba guirnaldas y prendas celestiales, y por todo el cuerpo tenía untadas esencias divinas. Todo era maravilloso, brillante, ilimitado, supremamente expansivo.

Si cientos de miles de soles aparecieran en el cielo al mismo tiempo, su brillo podría semejarse al de la refulgencia de la Persona Suprema en esa forma universal.

En esos momentos, Arjuna pudo ver en la forma universal del Señor las expansiones ilimitadas del universo, situadas en un solo lugar aunque divididas en muchísimos miles.

Arjuna dijo: Mi querido Señor Krsna, veo reunidos en Tu cuerpo a todos los semidioses y a diversas otras entidades vivientes. Veo a Brahma sentado en la flor de loto, así como también al Señor Siva, a todos los sabios y a todas las serpientes divinas.

¡Oh, Señor del universo!, ¡oh, forma universal!, veo en Tu cuerpo muchísimos brazos, barrigas, bocas y ojos, expandidos por doquier, sin límites. No veo en Ti ningún final, ningún medio ni ningún principio.

Tu forma es difícil de ver debido a su deslumbrante refulgencia, la cual se difunde por todas partes, tal como un fuego ardiente o como el inconmensurable fulgor del Sol. Y, sin embargo, veo esa deslumbrante forma en todas partes, adornada con diversas coronas, mazas y discos.

Tú eres el objetivo supremo primario, el supremo lugar de soporte de todo este universo. Tú eres inagotable y lo más antiguo que existe. Tú eres el sustentador de la religión eterna, la Personalidad de Dios. Ésa es mi opinión.

No tienes origen, intermedio ni fin. Tu gloria es ilimitada. Tú tienes innumerables brazos, y el Sol y la Luna son Tus ojos. Te veo con un fuego ardiente que Te sale de la boca, quemando todo este universo con Tu propio resplandor.

Aunque Tú eres uno, Te difundes por todas partes del cielo y de los planetas, y por todo el espacio que hay entre ellos. ¡Oh, Tú, el grandioso!, al ver esta forma maravillosa y terrible, todos los sistemas planetarios se perturban.

Maya, el humo ante el espejo, en Abya Yala

El espejo aparece en las tradiciones de Abya Yala (América) coincidentes en el fondo porque guardan necesariamente armonía entre ellas. La leyenda de los toltecas de Teotihuacán, la ciudad de las pirámides al sur de la ciudad de  México donde los hombres “se convierten en dioses”  (encuentran el infinito y se pierden en él), hacen de la luz, símbolo universal de los estados superiores del ser  y su mensajera, aquello de que estamos constituidos todos (hasta el último de nuestros átomos estuvo alguna vez en el centro de una estrella, según la astrofísica).

Y la percepción humana, lo que nos hace sentir vivos, es luz que percibe luz. La materia, para los toltecas, es un  espejo que refleja luz y crea imágenes de la luz. Y el mundo es ilusión, sueño que nos impide  ver lo que somos en realidad. Aparece así, hace miles de años en América-Abya Yala, la idea de la ilusión universal, la maya hindú. Cada uno de nosotros sueña su sueño y es un espejo para los demás. Pero nadie puede verse como realmente es porque hay un muro de niebla entre los espejos, hecho por el sueño de los seres humanos. Cada uno de ellos es un espejo humeante. La gran tarea es despejar el humo que separa de modo de aparecer tal cual somos, lo que equivaldría a la liberación. Con ese fin proponen desaprender todo lo aprendido, abandonar los numerosísimos acuerdos por los que desde muy pequeños  llegamos a hacer carne casi todo lo que sabemos y creemos ser  y reconstruir otros  acuerdos en base a la rectitud en las palabras, a no tomar nada personalmente, a no hacer suposiciones y dar siempre el máximo posible. Hasta acá los naguales o sabios toltecas, que desde por lo menos 3000 años preservan la sabiduría ancestral en México.

Escrito en las manos, no en los libros

Pero los gitanos, que con toda desenvoltura usaron  lo que se les ofrecía en su larga peregrinación, apelaron también a las cartas para “adivinar las suertes” al punto que hay historiadores que conjeturan que los naipes fueron invento suyo porque siempre los manejaron de manera magistral.  Por  lo menos le adjudican la invención -seguramente infundada-  de las cartas del tarot.

Pero cuando una gitana se ofrece a adivinarnos la suerte piensa en leernos las palmas de las manos, en la quiromancia, ya que en las manos estaría “escrito” el destino de cada uno, serían un “espejo del alma” que espera solo a quien lo sepa mirar.

El dicho “entre gitanos no nos vamos a adivinar la suerte” es correcto, porque los gitanos no se adivinan la suerte entre ellos. Pero no porque no crean en su “ciencia” sino porque son lo que nosotros llamamos “supersticiosos” y creen que las fuerzas mágicas que están poniendo en juego pueden afectarlos. Por la misma razón, a diferencia de los judíos, nunca hicieron  mención ni pidieron reparación del holocausto a que los sometieron los nazis. Saben dentro de sus creencias que la muerte solo trae, cuando es meneada y explotada más de lo prudente, consecuencias terribles.

La quiromancia es practicada solo por las mujeres, porque se reconoce en ellas una penetración, una intuición, una capacidad de ver lo oculto, de que habitualmente carecen los varones. Y como todos los gitanos tienen esta sensibilidad especial, las mujeres la tienen por así decir, duplicada.

Además de la quiromancia las gitanas practican la quirología, arte de descubrir en las manos no ya el porvenir sino tendencias temperamentales y psicológicas.

La magia de los dedos

Muchos pueblos originarios consideran  a algunas partes del cuerpo como seres individuales, con vida propia. Por ejemplo las uñas, los dientes y los cabellos, que suelen crecerles a los muertos, al menos no morir junto con ellos.

Pero los gitanos han sumado  los dedos de las manos, a los que atribuyen significaciones que parecen arbitrarias. El pulgar es el dedo de la mala suerte. El ángulo que forma con el índice extendido al máximo es la “silla del diablo”. Armados del pulgar izquierdo arrancado a un muerto nueve días enterrado, los ladrones se iluminan y sus víctimas sufren un sueño invencible. Una gota de sangre caída del índice herido, dedo de la buena suerte, hace que el espíritu de las aguas se apodere del herido y éste muera ahogado. La falta del dedo medio en un niño muerto lo transforma en vampiro. Un adulto vagará después de la muerte sin encontrar paz. Con el dedo anular se puede curar. A un afiebrado se le ata una cinta roja en el anular para que la fiebre no salga en forma de sudor y  el enfermo cure. El meñique es el dedo de la fantasía.

El sueño de libertad no muere

Y la fantasía, el desborde imaginativo, la creatividad sin trabas, la expresión corporal libre, parece patrimonio de ellos mucho más que de las tiesas clases medias urbanas sedentarias. Quizá por eso los gitanos, cuya vida es difícil y nada romántica, que son objeto de persecución y discriminación, siempre han visto caer sobre ellos la proyección de las ansias de libertad de los que se ven reducidos a una rutina embrutecedora en un alojamiento mínimo y siempre igual.

En “Viaje a España” el gran romántico francés del siglo XIX Teófilo Gautier, describe así a los gitanos de Sacromonte, barrio en las afueras de Granada, que antes del descubrimiento allí de algunas reliquias se llamaba por su belleza “Valle del Paraíso”: “su tez bronceada hace resaltar la nitidez de sus  ojos orientales, cuyo ardor parece atenuado por no se qué tristeza misteriosa, como el recuerdo de una patria lejana y una grandeza en decadencia. Tienen los labios algo gruesos, muy rojos, y recuerdan algo la plenitud de las bocas africanas; la pequeñez de su frente, la forma curva de la nariz, acusan su origen común con los gitanos de Valaquia y de Bohemia. Casi todos ellos tienen un porte tan naturalmente majestuoso, una sinceridad tal de movimientos, tienen las caderas tan bien formadas, que a pesar de sus andrajos, su suciedad y su miseria parecen tener conciencia de la antigüedad y de la pureza de su raza, virgen de toda mezcla” .

De la Redacción de AIM

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