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Los monstruos más famosos de la literatura enseñan ciencia

Alberto Díaz Añel, investigador del Conicet, explica temas claves de la biología con la ayuda de los personajes de películas y novelas de terror en su libro “Ciencia monstruosa”

La historia de Frankenstein cumplió 200 años: nació a mediados de 1816.

La historia de Frankenstein cumplió 200 años: nació a mediados de 1816.

Frankenstein, Drácula, la Momia, el Hombre Lobo y la Criatura de la laguna Negra se reunieron para explicar temas científicos. Los convocó el investigador del Conicet en biología celular y neurobiología y docente de la Universidad Nacional de Córdoba, Alberto Díaz Añel. Son los protagonistas de su libro “Ciencia monstruosa”.

Cada uno de los monstruos ayuda a Díaz a explicar por ejemplo, el sistema inmune, la multiplicación de las células, la producción de proteínas, la búsqueda permanente de la humanidad de preservar el cuerpo y hasta el debate sobre qué importa más, el corazón o el cerebro.

En 2011 Díaz, doctor en Química Biológica por la Universidad de Buenos Aires, hizo una especialización en comunicación pública de la ciencia. Para su trabajo final escribió un libro sobre células pero, en paralelo, advirtió que Mary Shelley creó a Frankenstein a partir de un experimento científico, el que demostró que la electricidad podía contraer los músculos.

“Entonces usé al monstruo para contar cómo funciona una neurona, que genera impulsos eléctricos que van circulando a lo largo del cuerpo -señala Díaz-. También, a través de Frankenstein, que está armado en base a partes, grafiqué aspectos del sistema inmune, de por qué hay rechazos o compatibilidad en los trasplantes, por ejemplo”.

Cuando presentó su libro sobre las células, los examinadores le sugirieron que avanzara sobre el de los monstruos. En la tarea de escribirlo reunió su gusto de chico por estas criaturas, su afición al cine y la literatura, y su profesión.

La historia del conde Drácula y el mundo de ficción de los vampiros son el camino para explicar las enfermedades hereditarias de la sangre. “En las leyendas las personas pálidas, ojerosas y débiles no eran relacionadas a la anemia, sino a que le habían chupado la sangre. No se conocía la anemia ni que tiene variedades hereditarias -continúa-. Entonces cuento cómo se heredan los caracteres de los genes”.

El biólogo no tiene el prejuicio de que simplificar la ciencia puede atentar contra la seriedad de las investigaciones y disfruta de sus charlas en colegios secundarios, donde los adolescentes se interesan y se entusiasman con las historias, a la vez que aprenden. “También a los más grandes les gusta y se enganchan”, apunta.

Genes y leyendas

El Hombre Lobo ayuda a entender el proceso de división celular. En el 1800 la hipertricosis (existencia de exceso de pelos) no se conocía, y las personas que la padecían eran fenómenos de circo. Díaz indica que es una enfermedad muy poco frecuente, con unos 1500 casos documentados en la historia de la humanidad.

La enfermedad -que se conoce también como “síndrome del hombre lobo”- es una alteración en la división celular que se produce en los bulbos capilares. En quienes la padecen ese proceso no se detiene y el crecimiento del pelo es descontrolado.

Además, Díaz se vale de este monstruo melenudo para explicar el contagio de las enfermedades; la leyenda dice que muerde y transmite el mal. “No se sabía entonces de los virus, de las bacterias y de cómo generaban infecciones en las heridas; tampoco de las vacunas”, indica el biólogo.

De adolescente Díaz vio las tres películas de la Criatura de la laguna Negra (o “el hombre agalla”); en su libro se dio un gusto personal: aplicar esta criatura a la demostración de cómo las células producen sus propias proteínas a partir de la información almacenada en los genes.

La ictiosis es una enfermedad cutánea de origen genético que engrosa la piel a tal punto que se resquebraja y agrieta aparentando escamas; así la dermis queda expuesta y permite el ingreso se bacterias. Todo es resultado de una producción en exceso de proteínas.

¿Es el cerebro más importante que el corazón; alguna vez seremos inmortales? En auxilio de las respuestas a estas cuestiones llega la Momia. “Los egipcios, al momificar -relata Díaz- destrozaban el cerebro y lo sacaban por la nariz, en cambio conservaban el corazón. Hoy la neurociencia se centra en el cerebro; ahora todo es neuro”.

De las vendas y los ungüentos se pasó a la crioconservación para prolongar la conservación del cuerpo: “Cambió el método, pero el objetivo es el mismo y de eso me ocupo”.

A los monstruos los seguirán los zombis. Díaz ya trabaja en otro libro en el que intentará contar cómo funcionan las drogas en los sistemas nerviosos.

Fuente: La Nacion, Bs As.-

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