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¿Por dónde debe pasar el muro de Trump?

La caída del muro de Berlín, comienzo del fin de la Unión Soviética,  fue precedida de una enorme campaña internacional  tendente a hacer notar la inequidad y la crueldad de un gobierno capaz de mantener así divididas las familias, así conculcados sus derechos, así ahogada su libertad.

 

El muro que construirá el gobierno de Donald Trump en la frontera con México afectaría ecosistemas y la vida de decenas de miles de animales, que no conocen de barreras artificiales.

El muro que construirá el gobierno de Donald Trump en la frontera con México afectaría ecosistemas y la vida de decenas de miles de animales, que no conocen de barreras artificiales.

El humanitarismo

La humanidad exigía que una situación intolerable terminara, y festejó como una victoria incuestionable del progreso el fin del muro.

Pero casi de inmediato comenzó la construcción de otros muros: el que separa a los palestinos de su tierra, el marroquí que impide pisar el territorio donde nacieron a los nativos del Sahara y el que separa a  los Estados Unidos de  México.

Sin embargo, en estos casos no fueron útiles los argumentos esgrimidos para el caso de Berlín, porque los muros actuales fueron levantados por los mismos que lo habían criticado. Más bien pasaron en silencio,  salvo el de México, pero no tanto por cuestiones humanitarias como políticas internas de los Estados  Unidos, las mismas que tienen en dificultades a su gran propulsor, el presidente   Donald Trump.

Al margen del  humanismo y los derechos de las personas a circular tan libremente de un país a otro como circulan los capitales,  hay  otra cuestión a considerar: si se construye el muro, como parece determinación irrevocable de  Trump, ¿por dónde debe pasar?

Guadalupe Hidalgo

Las frontera actual de México con los Estados Unidos fue fijada por el tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado  al cabo de una guerra entre ambos países en las afueras de la ciudad de México entre la potencia vencedora, Estados  Unidos, y el vencido, México, con la presencia y a  la vista de las tropas invasoras.

Este solo  hecho, un tratado que cedió a los Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano bajo la presión de las armas, es suficiente para invalidarlo según las normas internacionales de entonces  y de ahora.

Pocas voces recuerdan la frontera antigua, pocos el derecho, nadie espera devolución ni resarcimiento. Se espera que el muro se construya, se hacen cálculos de inversiones y ganancias para las empresas constructoras,  y se exige que sean los propios mexicanos los que lo paguen.

La guerra de 1846 a 1848 comenzó por el deseo de los Estados  Unidos de apoderarse de esos territorios, que tuvo su  primer capítulo con la colonización intencional de Texas, la promoción desde Washington de la declaración de la “independencia” de un territorio que era mexicano, parte de los estados   de Coahuila, Tamaulipas, Chihuahua y Nuevo México.

El plan  siguió con la  la entrada del ejército estadounidense a la zona entre los ríos Nueces y Bravo, con el pedido de  indemnización al gobierno mexicano por los daños causados en Texas durante su guerra de independencia –como ahora del pago del costo del muro-  y el propósito de hacer con California lo mismo que habían hecho con Texas

Cuando se desató la guerra formal entre ambos países las pretensiones se extendieron a  los territorios de los actuales estados de  Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado y Utah

Los Estados  Unidos comenzaron  como 13 colonias en la costa del Atlántico,  que fueron las que se independizaron de Inglaterra. Pero no tardaron mucho en desear territorios lindantes, como  Luisiana, que le compraron en 1809 a Napoleón,  y la cesión por España de por un tratado de 1803 de la Florida,  ya ocupada por el ejército estadounidense.

Ya en el acto de firma de la independencia de México del imperio  español en 1821  estuvo presente un  enviado estadounidense, que más que felicitar y brindar pidió la anexión de Texas a su país, pero fue rechazado.

El plan se adaptó: comenzó ante la desidia mexicana un proceso de ocupación  por miles de emigrantes  estadounidenses, casi todos aventureros financiados desde  Washington  bajo la guía de Moses Austin, cuyo nombre lleva hoy una ciudad texana.  Los aventureros y agricultores norteamericanos terminaron  declarando la independencia de Texas, paso previo a la incorporación a los Estados  Unidos del nuevo estado independiente en 1845.

La continua presión estadounidense sobre México  terminó desembocando en enfrentamientos  y escaramuzas  y al final en la guerra, en 1846.

Guerra

El  congreso de los Estados Unidos declaró la guerra a México el 13 de mayo de 1846, con el fin de conservar Texas  y apoderarse  de los territorios de Alta California y Nuevo México como indemnización de guerra. En su pedido al congreso, el presidente Polk dijo: “sangre estadounidense ha sido derramada en territorio estadounidense”, en verdad en  un territorio mexicano del que los  Estados  Unidos querían apoderarse.

Casi todo el territorio mexicano fue invadido y México fue obligado a firmar el  tratado de Guadalupe Hidalgo.

México no estaba preparado para la guerra ni económica, ni militarmente; no tenía jefes aptos para enfrentar al enemigo, ni un propósito tan definido ni un plan tan bien trazado como el norteamericano.

Como consecuencia,  México perdió más de la mitad de su  territorio como consecuencia del espíritu de codicia sin miramientos de su vecino del Norte, hoy más ensoberbecido que nunca,  las divisiones internas, la pésima conducción militar, la ausencia de un mando político unificado y también   los egoísmos personales.

El tratado de Guadalupe Hidalgo, lejos de ser resultado de diálogo o transacciones entre las partes, fue redactado íntegramente en los Estados  Unidos e impuesto al vencido por la fuerza el  2 de febrero de 1848.

Estados Unidos se anexó Texas,  toda la tierra al norte del río Bravo y los territorios conocidos como Alta California y Santa Fe de Nuevo México, lo que hoy son los Estados de Arizona, California, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

Muro para incluir

El muro de Trump, que no hace más que seguir  la política de su  país en toda época,    debería incluir entonces esos territorios como mexicanos ,  ya que además tienen actualmente una fuerte población mexicana.  Fueron mexicanos, y les guste o no a los estadounidenses,  su  tendencia es volver a ser mexicanos, como reconocía un  historiador nortemericano con referencia a California.

John L. O’Sullivan, editor del periódico The Democratic Review, creó poco antes de la guerra con México una frase de inspiración teológica, hoy puramente política, divisa del imperio, el “destino manifiesto”. “Es nuestro destino manifiesto extendernos sobre este continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo libre de nuestros millones que se multiplican anualmente”.

Sullivan  hablaba del “continente”, América,   porque  el nombre de su país es “Estados  Unidos de América”: todo el continente no alcanza para contener su  codicia.

Sin embargo, “Estados  Unidos” son también por ejemplo México o el Brasil, y americanos somos todos. El nombre del país no tiene entonces contenido propio definido, al  punto que ha sido considerado “el país que no tiene nombre” como tampoco tiene himno oficial.

De la Redacción de AIM.

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