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Mente y época

La época en que vivimos -ésta o cualquiera-  nos determina en buena medida, y con frecuencia la actual nos instala la idea de que hemos llegado a la cima, lo que quizá no sea sino la prueba de que no sabemos ver ni valorar otras épocas ni  otras mentalidades.

 

El "verticalismo" es propio en política del peronismo, necesitado de   un conductor para alinearse.. Foto.

El “verticalismo” es propio en política del peronismo, necesitado de un conductor para alinearse.. Foto.

Los tiempos se aceleran tanto en la actualidad, que  separados por una o dos décadas, hay grupos con mentalidades diferentes por haber recibido la influencia decisiva en momentos diferentes, que se ignoran o se desprecian entre ellos y trasladan su lucha a la política. Es decir, a veces, contra sus convicciones, se embarcan en disputas por el poder o por reivindicaciones que se les presentan como imprescindibles y salvadoras.

La mente en colores

El psicólogo norteamericano Ken Wilber, en “Una teoría del Todo” expone el desarrollo en etapas de la conciencia humana. Se refiere a diferentes instancias o niveles mentales, que caracteriza convencionalmente con colores.

La mentalidad a la que adjudica el  verde es la que se corresponde mejor con la posmodernidad, prevaleciente en los grandes centros de instrucción sobre todo del  Oeste de los EE UU y luego, por respuesta de subordinados, también entre nosotros.

La descripción de Wilber de la conducta “verde” es significativa. Está caracterizada por el “yo sensible”, centrado en la comunidad. Establece vínculos laterales y es contraria a la jerarquía, es comunicativa y está centrada en redes. No debe haber decisiones sin conciliación  y consenso, a costa de dilaciones y deliberaciones interminables.

La mentalidad “verde”  es antijerárquica e igualitaria, con tendencia al relativismo pluralista.  Puede llegar a un callejón sin salida porque la vida de todos los días  exige decisiones, a veces urgentes, a veces tajantes, a veces dolorosas. Y la afirmación final de que la única verdad es que no hay verdad a la larga no es satistactoria.

Antes de llegar al nivel “verde” según Wilber hubo otras mentalidades, entre ellas la “naranja” impulsada por la Ilustración europea, cientificista, apegada a la búsqueda individual de la verdad, propia del liberalismo individualista que recomienda el egoísmo, desconfía de la solidaridad o la rechaza como engaño e impulsa la explotación de los recursos naturales en beneficio propio.

Pone como ejemplo de este nivel a Ayn Rand, una novelista rusa-norteamericana que tuvo mucha influencia en su momento, sobre todo en los círculos de poder, y que los neoliberales consideran una gran filósofa. La situación de tensión, confusión, desorientación  y disgusto colectivo actual se vincula con esta mentalidad “naranja”.

Todavía antes aparece en la cronología mental de Wilber la etapa “azul”, la más afín al verticalismo actual, que habría tenido su máximo en la edad media europea.

La caracteriza así: El sentido  y la finalidad de la vida es impuesto por Otro todopoderoso, que impone normas de conducta absolutistas y jerarquías sociales rígidas y paternalistas. Hay recompensas para el que se atenga a las normas y castigos severos para los que las infrinjan. Es  una mentalidad adscripta a algunas religiones en el aspecto exotérico; pero no es exclusiva de ellas, porque se puede prolongar en sectas y agrupaciones políticas a veces ateas o seculares, por ejemplo las prevalecientes en el siglo XX.

El segundo grado

A las conciencias “de primer grado”, entre las que están las anteriores, seguirán las de segundo grado, que podrán entender y comprender el papel que juegan las otras.

En este segundo grado están  la ola amarilla, que se representa la realidad como un caleidoscopio de jerarquías; y la turquesa, holística,  capaz de integrar los niveles diferentes en un solo sistema consciente y hacer posible la gran unificación, la teoría de todo.

 ¿Correr, para qué?

Cierto necio, dice un apólogo infantil, tenía miedo de su sombra y quería alejarse de ella. Para eso comenzó a caminar rápido, pero tan pronto levantaba un pie la sombra hacía lo mismo y no se apartaba de él. El miedo   creció, corrió. Pero la sombra lo seguía implacable. Finalmente se lanzó en una fuga frenética que lo agotó hasta morir. Si se hubiera quedado sentado donde no diera el sol, el temor no se hubiera presentado.

Este apólogo, recogido en textos chinos antiguos, alude al peligro de correr tras los problemas y no sentarse  a reflexionar sin apuro.

Antes de correr y agitarse es necesario  conocer las condiciones en que es posible superar los problemas o librarse de ellos y elegir a los que mejor capacitados para actuar o el momento más adecuado para hacerlo uno mismo si es precio.

Si se trata de correr  y mostrar  o  fingir interés y eficiencia, el método prevaleciente hasta hace poco era el “azul” de Wilber, el vertical de los ejércitos  y de las estructuras burocráticas, que sigue el modelo de la pirámide con el poder máximo en el vértice.

Poco a poco, fue reemplazado por el método horizontal “verde” que sigue el modo de entrelazamiento de las raíces de ciertas plantas, de redes,   y por eso ha sido  llamado también “rizomático”.

Horizontal o vertical

Las vías de acción deben valorarse en función de la naturaleza del problema, no de una ideología  y menos por prejuicios. Por ejemplo, cierta tendencia posmodernista tiende a rechazar la jerarquía “piramidal” como  intrínsecamente perniciosa,  y alaba los procedimientos “horizontales” donde todas las opiniones parecen  o son tenidas por equivalentes aunque ninguna lo sea.

Toda apelación a la autoridad se estima chocante y lesiva de derechos individuales y es desaconsejada o reprobada.

Se trata de una sobreestimación de la “horizontalidad” contra la “verticalidad”, que se vuelve enconada cuando el tema entra en el terreno político. Entre nosotros, el “verticalismo” es propio en política del peronismo, necesitado de   un conductor para alinearse -algunos juegan con “alienarse-  tras él como guía de una masa que obedezca. El origen de este verticalismo es castrense.

La “horizontalidad” que se le opone es bienvenida en las  universidades, en las aulas donde  no  urge tomar decisiones  y el debate puede prolongarse.

La horizontalidad es en nuestro tiempo característica  del democratismo contra el autoritarismo y la dictadura; aunque la democracia haya tomado las estructuras burocráticas verticales y las mantenga todavía con pocas variaciones.

Pero se la puede relacionar también con la decadencia que ha terminado por meter a la civilización en una ciénaga, donde todos nos sentimos hermanados en la misma desgracia y hacemos esfuerzos por salir, con el resultado no querido de   hundirnos más.

El peligro existe pero no implica tomar sin  más la postura horizontalista,  porque estamos ciegos para las cuestiones que superen lo que se toca y se ve.

El horizontalismo suele enfrentar o al menos ignorar la   noción misma de jerarquía; pero  la jerarquía está en la naturaleza de las cosas y si es negada, ella se encargará de poner las cosas de nuevo en su lugar.

La postura horizontalista tiene fuertes componentes emocionales, y por lo mismo es poco racional. La postura política verticalista, (de quien se siente “contenido” en una organización cualquiera que le brinda protección), es todavía más emocional e implica un estatus psicológico bastante pobre y frágil.

La Gran Madre

Pero hay que considerar que toda nuestra civilización, queramos o no, nació de la matriz de la Iglesia cuando cayó el imperio de Roma. De ahí venimos, de la más verticalista de todas las organizaciones, de la decisión de Teodosio y   Constantino de hacer cristiano al imperio por conveniencia y de  de la “república cristiana” que fundó el papa Hildebrando, que subió al trono de Pedro con el nombre de Gregorio. Si rompemos el verticalismo sin más, puede ser tarde luego para evaluar los resultados.

La necesidad de la jerarquía recuerda a la del aire para a paloma de Kant. El filósofo la menciona en uno de lo pocos párrafos con valor poético de la Crítica de la Razón Pura. La paloma  rechazaba el aire porque pensaba que sin él podría volar mejor, sin su molesta resistencia. Pero sin aire la paloma no viviría, se asfixiaría, y además  su vuelo, sustentado por el aire,  no sería posible.

 Pasar de grado

Para Wilber, los representantes de  la mentalidad de segundo grado son actualmente apenas el uno por ciento de la población mundial y su influencia es muy escasa,  casi nula. Pero representan el avance de la hélice del desarrollo de la mente  humana, su futuro si es posible todavía un futuro.

Como  las mentalidades de primer grado rechazan  las demás por incomprensión o desconocimiento, cuando se les presenta el punto de vista más integrador que el suyo propio lo atacan.

El relativismo pluralista “verde”, que determina todavía buena parte de la instrucción humanista en las aulas, no quiere saber nada de la emergencia de otro punto de vista más amplio e integrador.

De la misma manera, los representantes de la mentalidad jerárquica y vertical,  dura y  represiva,  caracterizada como “azul”, no serán jamás convencidos por ninguna masa de conocimientos científicos ni “verdades objetivas” que esgriman los representantes de la mente “naranja”, herencia de la  Ilustración, que están en retirada pero acusan de incomprensión si no de traición y esperan  una “segunda ola” ilustrada capaz de realizar todo lo que dejó inconcluso su civilización.

Dentro de la mentalidad “naranja”, el materialismo científico combate todas las teorías de segundo grado  y trata de reducirlas a activaciones neuronales objetivas.

Si se dan diálogos entre mentalidades -presentadas como relaciones entre gente que piensa meramente distinto- como la diferencia es también de niveles cada uno sale con la idea de no haber sido escuchado y menos entendido.

El regreso de Narciso

El subjetivismo imperante en el posmodernismo esconde un peligro que suele pasar inadvertido, y que es serio en la medida que marca todavía el paso de los  estudios universitarios: por la vía del subjetivismo sin fronteras se llega al narcisismo. Narciso no sale de su propia subjetividad y no puede admitir fuera de ella otras verdades.

Entonces, para Wilber, el primer obstáculo que impide el surgimiento de la “teoría del todo” es la cultura narcista, que algunos de sus opositores han caracterizado como de “todo vale” o, lo que es lo mismo: “no vale nada”.

De la Redacción de AIM.

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