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Manuel Gálvez, escritor de Paraná

El 14 de noviembre de 1962 murió en Buenos Aires, hace ahora 55 años, el escritor nacido en Paraná,  Manuel Gálvez, autor de una vasta obra novelística en que desarrolla sus puntos de vista ideológicos.

Manuel Gálvez, escritor de Paraná.

Manuel Gálvez, escritor de Paraná.

Gálvez nació hace 133 años, el 18 de julio de 1882, en la capital de Entre Ríos de una familia criolla que decía descender de Juan de Garay.

La familia se trasladó cuando Manuel era pequeño a Santa Fe, donde recibió una educación esmerada y luego estudió leyes en Buenos Aires, aunque no quiso dedicarse a la política ni a la abogacía.

Con Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones se comprometió con “reacción nacionalista” que buscaba recuperar el legado cultural español y fomentar el orgullo por pertenecer a la raza hispánica. Tempranamente escribió “El enigma interior” y “Sendero de humildad”, donde muestra su fe católica, a la que se había convertido poco antes.

En abril de 1910 contrajo matrimonio con Delfina Bunge, reconocida escritora argentina. Dentro de su propósito de favorecer una reacción nacionalista, Gálvez publicó “El diario de Gabriel Quiroga. Opiniones sobre la vida argentina” y luego muchas otras novelas que han permitido compararlo con el español Benito Pérez Galdós, que también tuvo la intención de reflejar la historia reciente de su país.

En sus memorias declara su admiración por Balzac, cuya “Comedia Humana” es un intento de expresar punto por punto la sociedad francesa de aquella época, pero con un poder anticipatorio sorprendente. Y también declara su interés por otras escritores que pretendieron forjar una “suma” de la vida social de su época, como Emilio Zola desde el naturalismo pero también, ya dentro de la tradición hispana que tanto le preocupaba, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja.

Balzar terminó su Comedia con 50 novelas, que no eran en realidad su plan completo, pero Gálvez se trazó un programa dividido en 20 novelas que debían evocar la vida provinciana, la vida porteña y el campo; el mundo político, intelectual y social; los negocios, las oficinas y la existencia obrera en la urbe; el heroísmo, tanto en la guerra con el extranjero como en la lucha contra el indio y la naturaleza; y algo más”.

Su novela “Nacha Regules” obtuvo el premio municipal de Buenos Aires el 1919 y luego el premio nacional con “El general Quiroga”. Pero su novela más célebre es “El mal metafísico”, una descripción de su generación desde su punto de vista.

Gálvez fue uno de los fundadores del discurso nacionalista cultural argentino, formó parte del nacionalismo católico en la década de 1930 y abrazó el peronismo en los comienzos del golpe de 1943.

Explicó su adhesión a la nueva formación política argentina con estas palabras: “soy uno de los pocos argentinos que pueden elogiar a los gobernantes con la conciencia tranquila. Nadie, salvo que no me conozca o que sea un perverso, puede creer que lo hago por adulación. A nada aspiro, y por dos razones: una sordera terrible, que me impediría desempeñar cargo alguno, y mis trabajos literarios e históricos, que no me permiten perder el tiempo. Es un lugar común, en el ambiente literario, que soy el único escritor que sólo ha querido ser escritor. Otros fueron, o son, universitarios, o periodistas, o políticos. Mi única ambición terrena es vivir lo suficiente para escribir los quince libros que aún me faltan escribir”.

“Esto establecido, diré que voy a elogiar entusiastamente al coronel Perón por su obra social. No lo conozco ni siquiera de vista. No he tenido el placer de estrechar su mano. Tampoco conozco a amigos suyos. Mi opinión sobre él y su obra, que daré con toda serenidad, es la opinión de un patriota”.

Para Gálvez, la revolución tan contradictoria y polimorfa del 4 de junio de 1943, que desembocó en el peronismo “significa para los proletarios, y en cuanto proletarios, el más grandioso acontecimiento imaginado. Y dentro de la Revolución de Junio, nada tan maravilloso para esos hombres como la obra del coronel Perón”.

Gálvez marca su entusiasmo por Perón sin reservas: “Es enorme cuanto se ha hecho y no voy a enumerarlo aquí. Basta con recordar los beneficios que han logrado, en pocos meses, numerosos gremios obreros. Los mismos trabajadores lo han dicho, y de modo elocuente. Otras obras que se han comenzado y han de realizarse. Y todo esto, ¿se habría logrado si existiera el Congreso? ¡Jamás! No hay hombres más egoístas, más sensuales, que buena parte de nuestros politiqueros. La clase proletaria debe abrir los ojos. Lo que no consiguieron Joaquín V. González ni Hipólito Yrigoyen, porque las Cámaras no consideraron siquiera las grandes leyes obreras que proponían, lo van dando al pueblo, mediante decretos, rápidamente puestos en práctica, los hombres que nos gobiernan desde el 4 de junio.

El coronel Perón es un nuevo Yrigoyen. Pero, además de la grandeza de corazón tiene méritos que no tuvo Yrigoyen: una actividad asombrosa, la despreocupación de la politiquería, el don de la palabra y un sentido panorámico y profundo de la cuestión obrera. Y a esos dones se debe agregar la suerte de no tener un Congreso de egoístas y politiqueros que lo obstaculice.

Veo al coronel Perón como a un hombre providencial. Creo que las masas —que ya lo adoran— así lo van comprendiendo en su formidable instinto. Es un conductor de hombres, un caudillo y un gobernante de excepción. Aquí, donde faltan los hombres de gobierno, pues la verdad es que ningún partido tiene hoy una gran figura, la aparición inesperada de este soldado, que posee la intuición maravillosa de lo que el pueblo necesita, es un acontecimiento trascendental. Quiera Dios inspirarle siempre, guiarle por el buen camino, para bien de la Patria y del Pueblo.

Ningún gobernante de esta tierra ha dicho jamás palabras tan bellas, tan penetradas de humanidad como las que pronuncia con frecuencia el coronel Perón. Nadie habla como él de la justicia social. Yo he leído con emoción muchos de sus párrafos. En Rosario dijo: “Queremos que desaparezca de nuestro país la explotación del hombre por el hombre, y que cuando este problema desaparezca, igualemos un poco las clases sociales para que ya no haya, como he dicho ya, en este país, hombres demasiado pobres ni hombres demasiado ricos”. Y en este mismo estupendo discurso declaró que para él la justicia superior a las demás justicias era la justicia social.

A pesar de su origen en una familia acomodada y patricia, Gálvez abrazó el peronismo, según dijo, porque desde la adolescencia “había sentido la injusticia de la sociedad contra los proletarios y los pobres en general”.

“Queremos que desaparezca de nuestro país la explotación del hombre por el hombre, y que, cuando ese problema desaparezca, igualemos un poco las clases sociales para que no haya, como he dicho ya, en este país, hombres demasiado pobres ni hombres demasiado ticos”.
El escritor lamentó que su postura fuera combatida duramente por “la oligarquía, los socialistas, los comunistas, los radicales”.

Luego se valora a sí mismo: “Fui un profeta. Se realizó cuanto anuncié, inclusive la actitud de los Estados Unidos —el “gobierno extranjero” a que me refería— contra nuestra justicia social.

Me insultaron algunos periódicos, recibí anónimos canallescos, se me cerraron las pocas puertas que no se me habían cerrado después de (sus libros sobre) Yrigoyen y Rosas. Una tarde, en el centro, un amigo, hombre inteligente y culto, me pregunta: “Pero ¿es cierto que le escribes los discursos a Perón?” Y yo había hablado una sola vez con Perón, a quien fui a pedirle, en mi nombre y en el de otros, que no se suprimiese la enseñanza religiosa.

Finalmente, se considera profeta, pero relativizado por el error: “en algo me equivoqué. Porque Perón resultó demagogo y arbitrario. Permitió el incendio del Jockey Club y de muchos templos y de la Casa de los socialistas y persiguió a la Iglesia. Y el 55, la policía allanó espectacularmente la casa de mi hija en el Tigre, hasta con ametralladoras; encarceló a mi hijo mayor, médico, por el “delito” de haber ido a defender la Catedral, que iba a ser quemada; y allanó dos veces mi propia casa, en busca de armas…”.

Murió en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1962.

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