Bonnie & Clyde/ Delito, locura, amor y muerte
Se cumplen hoy, 23 de mayo, 76 años de la muerte en un enfrentamiento con la policía de la célebre pareja de asaltantes norteamericanos Bonnie y Clyde, que se convirtieron en un mito que recogió luego el cine.
En sus días de mayor gloria criminal, Bonnie Parker escribió y envió a los periódicos “La historia de Bonnie y Clyde”, un sencillo relato versificado de sus andanzas, que ya a esas alturas tenían para ella un claro final: “algún día caerán juntos y juntos serán enterrados”.
Efectivamente, Clyde Barrow y Bonnie Parker, traicionados por el tercer miembro de su banda, fueron emboscados por la policía en un rincón de Louisiana. Les pidieron que se rindieran, pero ellos ya habían advertido que no los tomarían vivos. Dentro de su coche, echaron mano a sus pistolas, aunque no llegaron a alcanzarlas. Un total de 94 impactos de bala se contarían luego en sus cuerpos.
La crisis del 29 dio en Estados Unidos una nutrida cosecha de desesperados, bandidos temerarios y violentos, sin más táctica que apretar el gatillo y huir en el coche.
Se parecían a los gángsters de la prohibición en su desprecio por la vida ajena, pero se diferenciaban en que despreciaban también su propia vida. Dillinger, el más famoso de su época, siguió el mismo proceso de delación, emboscada y muerte un año después que Bonnie y Clyde.
También estaban “Machine Gun” Kelly y Pretty Boy Floyd. No eran italianos, no pertenecían a sindicatos ni familias y no mandaban a otros para que mataran en su lugar. Eran americanos de pura cepa, en la tradición de Billy the Kid, anárquicos, individualistas y fanáticos de la acción por la acción.
Eran conscientes de que la suya era una carrera veloz hacia la muerte, pero no sabían vivir de otra manera.
Cuando Bonnie conoció a Clyde Barrow -alrededor de 1930, en su tierra natal tejana- ya estaba casada y separada de otro hombre. Clyde ya se había metido en líos y había pasado por la cárcel. Los dos tenían unos veinte años. Él era casi tan pequeñito como ella (alrededor de un metro y cincuenta centímetros) y parece que le interesaban muy poco las mujeres, pero a ella le gustó y se le enganchó hasta el final.
Los dos eran de familia pobre y sólo tenían por delante un futuro de trabajo en los campos de algodón criando hijos que tendrían el mismo porvenir que ellos.
El coche se convirtió en su verdadero hogar. A Clyde le encantaba conducir locamente cientos de kilómetros al día. Su táctica era abarcar el máximo de territorio posible para dificultar la acción policial. No sacaban más que unos cuantos dólares en cada atraco. Lo suficiente para ir tirando. Apenas planificaban los robos ni tenían ninguna intención de acumular dinero y retirarse huyendo a otro país.
Clyde tenía el dedo flojo cuando había un gatillo cerca y no necesitaba que la cosa se pusiera excesivamente fea para moverlo, y Bonnie era muy capaz de rematar a un poli herido en el suelo, con la misma mano con que escribía sus poesías. Una de sus aficiones favoritas era llevarse un policía como rehén para salir de líos.
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