Augusto Roa Basto
Se cumplirá el 13 de junio otro aniversario del nacimiento en Asunción del Paraguay del gran escritor americano Augusto Roa Basto, autor entre otras obras de “Yo, el Supremo”, “El trueno entre las hojas” e “Hijo de hombre”.
Roa Bastos nació el 13 de junio de 1917. Pasó su infancia en Iturbe, un pequeño pueblo de la región del Guairá, escenario de sus primeros relatos.
Con apenas 15 años se fugó con un grupo de compañeros de colegio a la guerra del Chaco, contra Bolivia, como asistente de enfermería. Aquella guerra terrible lo marcó para siempre y dejó rastros claros en su literatura.
Trabajó en múltiples oficios y comenzó a publicar en prensa. En 1945, invitado por el British Council, viajó a Gran Bretaña y Francia, y sus entrevistas y crónicas del final de la II Guerra Mundial se publicaron en el diario “El País” de Asunción.
En el año 1947, tan pronto regresó al Paraguay, las persecuciones desencadenadas por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le obligaron a huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio.
En Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su actividad literaria. El de cartero fue uno de sus favoritos. Más tarde, trabajó como guionista de cine, autor teatral, periodista y profesor de diversas universidades de América Latina.
En 1953 publicó “El trueno entre las hojas”, su primer libro de relatos, y en 1960 “Hijo de hombre”, título que iniciaba su trilogía sobre el monoteísmo del poder. A éste le seguiría “Yo el Supremo”, su obra maestra y una de las cumbres de la literatura castellana contemporánea; en ella que narra la historia de José Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante 26 años.
En 1976 se trasladó a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse. Nombrado profesor de Literatura Hispanoamericana, crea el curso de Lengua y Cultura Guaraní y el Taller de Creación y Práctica Literaria.
Ha recibido premios del Concurso Internacional de Novelas Editorial Losada (1959) y el Premio de las Letras Memorial de América Latina (Brasil,1988) y en 1989 el premio Cervantes.
Más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía, componen su obra, que ha sido traducida a 25 idiomas. Es uno de los grandes escritores latinoamericanos de este siglo.
Augusto Roa Bastos falleció en la misma ciudad en la que nació, Asunción del Paraguay, el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad de un infarto del miocardio.
Carolina Sancholuz ofrece un panorama de su literatura: “Como escritor que no puede trabajar la materia de lo imaginario sino a partir de la realidad, siempre creí que para escribir es necesario leer antes un texto no escrito, escuchar y oír antes los sonidos de un discurso oral informulado aún pero presente ya en los armónicos de la memoria.”
Las palabras de Augusto Roa Bastos condensan una poética de la escritura que no puede concebir sin la matriz de la oralidad, la materialidad de la voz y, especialmente, de las voces y sonidos del idioma guaraní.
Su madre, una joven culta de Asunción, le hizo leer de niño la Biblia y Shakespeare pero también le narró leyendas indias en guaraní. Más adelante, mientras residía en Asunción con su tío el obispo Ermenegildo Roa, descubrió en su biblioteca a los clásicos españoles.
En las primeras huellas de su formación confluyen universos lingüísticos y culturales contrastados, el castellano y el guaraní, la lengua escrita y la oralidad, las tradiciones occidentales y los mitos indígenas, confluencias y contrastes que no solo encontramos en los textos ficcionales de Roa Bastos sino en muchos de sus ensayos en los que reflexiona sobre el oficio del escritor dentro de una sociedad multicultural, bilingüe y también diglósica como la paraguaya.
Roa dijo: “La literatura se me representó siempre como una forma de vivir, una forma de realizar el conocimiento de lo incierto a través de las mutaciones y transformaciones de los múltiples aspectos de la realidad. Si la obra es válida, sus logros se realizan en el interior de la práctica misma del arte de narrar.
Es aquí donde la subjetividad individual amalgamada con la conciencia histórica y social, la imaginación con la pasión moral, pueden dar a la literatura sus plenos poderes de mediación, de cuestionamiento y de iluminación de la realidad en sus ángulos más diversos y desconocidos”.
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