Medio siglo de la muerte de Herman Hesse

Publicado el 7 ago 2012. Archivado bajo Cultura, Sociedad.

El 9 de agosto de 1962 murió en Montagnola, en el Tesino de Suiza, el novelista y poeta alemán Hermann Hesse, uno de los escritores de su lengua más leídos, admirados y queridos en el mundo entero, cuya influencia fue muy considerable en su tiempo.

Herman Hesse, poeta y novelista alemán.

Hesse es junto con Stephan Zweig y posiblemente Thomas Mann el escritor alemán del siglo XX más leído en todo el mundo hoy en día. Sus libros han sido traducidos a más de 60 idiomas y están distribuidos por todo el planeta en unos 150 millones de ejemplares.

Hesse nació en la pequeña localidad de Calw, en el Land de Suabia (Schwaben) entre Baviera y Württemberg, Alemania, el 2 de julio 1877, hijo de un misionero evangelista en la India. Se crió en Calw y luego en Basilea, Maulbronn y Tübingen.

Sus relatos evidencian el clima germano y protestante de sus orígenes, pero también la amplitud y generosidad espiritual que se repiraba en la casa de sus padres. En uno de ellos, “El Viaje a Oriente” (Die Morgenlandfahrt), se advierte cómo el hijo del misionero en la India sufrió las sugestiones hindúes al punto de que la dirección de la influencia espiritual parece la inversa de la que procuraba el padre.

Ya sus primeras novelas, “Peter Camenzind” y “En viaje” (Untern Rad) fueron exitosas, pero más eco tuvieron los trabajos aparecidos luego de la primera guerra mundial, como “Demian”, “Siddhartha”, “El lobo estepario” (Der Steppenwolf), “Narciso y Goldmundo” (Narziß und Goldmund), “Viaje al Oriente” y su gran obra de la vejez, que ha sido considera la novela más sabia escrita en Occidente, “El juego de los abalorios” (Das Glasperlenspiel), por la que recibió en 1946 el premio Nobel.

Hermann Hesse fue crítico temprano, ya en épocas del Kaiser Guillermo II, de la política alemana desde que dejó su patria dos años antes del inicio de la guerra, en 1912, para hacerse luego ciudadano suizo. Fundó en Berna, Suiza, un centro de centro de atención para los prisioneros de guerra que hasta el fin de la segunda guerra mundial, durante todo el periodo nazi, fue punto de contacto para los emigrantes de Alemania.

Hesse no alcanzó el gran reconocimiento actual sino dos años después de su muerte, cuando algunas de sus obras, como Siddharta, fueron símbolo de la rebelión de los jóvenes contra la guerra de Vietnam, que constituyó la primera gran derrota del imperio norteamericano en el mundo.

A Hesse se debe en buena medida el amplio repudio de la guerra, la toma en consideración de puntos de vista orientales hasta entonces menospreciados o desconocidos en Occidente y la superación del eurocentrismo en grandes capas de la intelectualidad, proceso que no ha terminado pero tampoco se ha detenido.

La obra de Hesse fue capaz de oponer a la agitación, la tendencia al avasallamiento y la desorientación occidental, una imagen de la totalidad firme y serena, a la vez tradicional y moderna, ética y estética.

El juego de abalorios
El juego de abalorios es la obra cumbre de Hesse, que le valió el premio Nobel. Es una novela en que el Todo está cifrado en un juego de variaciones, a la manera recurrente de la cábala, de los sufíes, del I Ching o de Ramón Lull.

Es una obra universal por la doctrina y el contenido, pero responde perfectamente al mismo tiempo a la idiosincrasia germánica, como puede decirse por ejemplo de la música de Bach, que aparece en ella de manera destacada.

Se ha reprochado a Hesse que no hay en su novela lugar para las mujeres y que es un escape a un futuro incierto en un lugar indefinido, una utopía, pero las críticas deben ceder ante la sugestión de otra naturaleza que brota de la obra, de apariencia sencilla pero de contenido inagotable.

En una carta de Rudolf Pannwitz, Hesse dio algunas precisiones sobre el origen del juego de abalorios en su espíritu: “La imagen que encendió en mí la primera chispa fue la reencarnación como expresión de lo estable en lo fluyente, en una palabra: como expresión de la continuidad de la tradición y de la vida del espíritu.

Cierto día, antes de que intentase la redacción de obra alguna, tuve la visión de un “transcurrir la vida” individual, pero supratemporal.

Imaginé un hombre que a través de varios “renacimientos” vive las grandes épocas de la Historia humana… Vinieron años dolientes tras una crisis grave, años que coincidieron con los de la recuperación y renovación de la alegría de vivir en aquella Europa y aquella Alemania agotadas por la guerra mundial… En medio de estas amenazas y peligros para la existencia espiritual y psíquica de un escritor de lengua alemana, me agarré al medio de la salvación de todos los artistas: la producción. Y reemprendí el viejo plan, que sufrió una fuerte transformación bajo la presión de aquellos momentos. Tenía que (a pesar de la mala estampa que ofrecía el tiempo aquel) hacer visible el reino del espíritu y del alma, mostrándolos como existentes e insuperables.

Así fue como mi obra se transformó en utopía, la imagen fue proyectada hacia el futuro, y el desgraciado presente trasladado a un pasado ya superado. Y para sorpresa mía surgió como por sí mismo el mundo castálico. No necesitó ser pensado y construido. Sin que yo lo supiese, hacía largo tiempo que se había preformado en mí. Con ello encontré para mí el espacio para respirar”.

Castalia, el lugar donde transcurre la novela en un tiempo futuro, es en realidad una idea interior sin ligazón con ningún tiempo ni lugar, algo que cada uno debe llevar dentro como una dignidad propia que oponer a un mundo que ha perdido la dignidad y el sentido, con la perspectiva de recuperarlos cuando el agotamiento en curso se haya cumplido hasta el final.

Castalia es una orden laica de disciplina estricta, desapego al éxito y a la fama y aplicación a la creación artística, musical, matemática y filológica con la idea de reunir en una síntesis superior a todas las ciencias, algo como lo que ya se propuso Ramón Lull al fin de la Edad Media y como intentó realizar Nicolás de Cusa como programa de la filosofía y de la política internacional de su tiempo.

El juego de abalorios, después de un prólogo de gran amplitud teórica, narra la vida de Joseph Knecht (“siervo” en alemán) desde el ingreso en Castalia a los 12 años, su educación en una escuela de élite, su conocimiento de la historia hasta su elección como maestro del juego, el grado máximo de la orden.

Knecht descubre entonces que Castalia misma está sometida al devenir, padece el cambio como todas las cosas creadas destinadas a la muerte. Si bien tomó mucho de ella y fue su entusiasta durante años, al final la abandona porque sabe que tiene límites que la apartan del Absoluto que no cambia, que sólo es.

Decide abandonar la orden, deja el cargo y entra en la vida mundana como maestro de un amigo que estudió con él en la escuela de élite y ahora es político. Entonces, ya definitivamente agotadas sus posibilidades, con su ciclo cumplido y sin nada más que dar de sí, Knecht muere mientras se baña en un lago de la montaña.

El juego de abalorios es una obra simbólica que no se puede explicar sin escribir otra obra paralela más extensa todavía en lenguaje discursivo. Debe ser entendida entonces en su propio lenguaje simbólico, que tiene sobre los otros lenguajes la ventaja de ser sintético y no perder ninguno de sus sentidos parciales sino retenerlos todos en sí, aunque aparezcan uno a uno ante nosotros en la medida en que estemos maduros para percibirlos, o no aparezcan nunca si nunca alcanzamos la madurez.

Frases de Hermann Hesse
La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.
Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.
Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.
Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible.
Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia.
Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.
La práctica debería ser producto de la reflexión, no al contrario.
Los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida y le son útiles.
La divinidad está en ti, no en conceptos o en libros.
No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.

    URL: http://www.aimdigital.com.ar/aim/?p=42998

    Publicado el 7 ago 2012. Archivado bajo Cultura, Sociedad.

    Galería de fotos

    AIM Digital - Paraná - Entre Ríos - Argentina
    Dirección comercial: México 360
    Teléfonos: (+54) 343 422 7101
    Dirección: Nidia Peltzer - info@aimdigital.com.ar