Exilio en el remoto país de los matreros
6,7, 8 es un programa de la TV Pública de periodistas sobre periodismo. En defensa militante del gobierno, los panelistas analizan el tratamiento que otros medios, sobre todo los del grupo Clarín, dan a las noticias, en particular las políticas que se refieren al gobierno.
Por supuesto, el gobierno tiene derecho a exponer sus puntos de vista, mejor todavía si lo hace abiertamente, sin la pose de neutralidad que suele esconder alguna contraprestación no confesada pero sospechada, que es justamente lo que 6,7, 8 denuncia en casi todos los demás.
Pero la defensa del gobierno nacional centrado en Buenos Aires no implica la ignorancia del resto del país, ni el desprecio aunque solo sea el que reina en la metrópolis como cosa natural casi desde que existe, y que se ha hecho carne en sus habitantes, incluidos los periodistas.
Esta manera propia de Buenos Aires en sus tratos con el resto del vasto territorio del que siempre se sintió cabeza tiene bases económicas y políticas y era tan notable ya en los primeros tiempos de la vida independiente que José Artigas, en sus instrucciones del año XIII, reclamaba que el gobierno del país estuviera en cualquier parte menos en Buenos Aires.
Entre Ríos es una provincia venida a menos. Desde la derrota de López Jordán por el ejército nacional no recuperó la importancia que había tenido. La Banda Oriental resistió un poco más con Aparicio Saravia, pero cayó también.
Cuando el gobierno del golpe del 30 por decreto le quitó a las provincias el derecho a cobrar sus impuestos y creó un organismo impositivo para “coparticipar” el gobierno entrerriano de entonces advirtió que las provincias se convertirían en mendigas de Buenos Aires, como son hoy.
Y 6,7, 8 a pesar de que sus panelistas se asumen como “nacionales y populares” y se sienten defensores o expositores de un gobierno progresista, sustentan el punto de vista centralista y porteño, tan desconsiderado como siempre.
Recientemente se aplicaron a defender a Víctor Hugo Morales del embate de Jorge Lanata, que se refirió a un libro publicado en el Uruguay que vincula al relator con la dictadura militar uruguaya casi contemporánea con el “proceso” argentino.
Acusaron a Lanata de plagiario, porque había tomado párrafos casi textuales de un diario español. Y le auguraron el mismo destino que otro periodista que fue sorprendido publicando en el suplemento cultural del Cronista Comercial de Buenos Aires reportajes y obras literarias de otros autores como propias.
La panelista Mariana Moyano se refirió a Nahuel Maciel como alguien que debió irse a Entre Ríos y se perdió como resultado de una conducta reprobable, la misma que el 6.7.8 adjudica a Lanata. Maciel desapareció del conocimiento público en terra incógnita, sufrió el ostracismo a menos de 200 kilómetros de la Capital Federal, algo equivalente a la muerte profesional próxima en el espacio pero infinitamente lejana en los valores.
Es posible que el tratamiento dispensado a Maciel como modelo de plagiario sea fruto por lo menos de un conocimiento demasiado sumario del tema, porque Nahuel, aquel “mapuche” que se presentó un día a conseguir trabajo en la redacción de El Cronista Comercial, ha sido considerado como “el primer fabulista del periodismo argentino”, dueño de una fantasía prodigiosa, título más elogioso que condenatorio.
Además, si en su momento la conducta de Maciel asombró, hoy en día se ha generalizado, no ya como fábula creativa producto de una compulsión irresistible, sino como mera falta de principios con vistas a la venta y la ganancia, como cálculo comercial frío y seco.
Nahuel publicó un libro de conversaciones con García Márquez, prologado por Eduardo Galeano, totalmente inventado. Luego “entrevistó” fantásticamente a Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury y otros.
Finalmente se comprobó el plagio de un reportaje de una periodista uruguaya a Onetti y de un libro del cura Mamerto Manapace. Entonces se recluyó en Neuquén y tiempo después, desde 1994, en Entre Ríos.
Maciel es un periodista reconocido, autor de reportajes a personalidades desde la función que tiene asignada en el diario “El Argentino” de Gualeguaychú, donde sus compañeros lo aprecian. Está arrepentido de su exceso de imaginación, pero conoce bien las diferencias entre la fantasía y la realidad y reconoce haber sobrepasado los límites en algún momento, quizá por no querer aceptar los propios.
La obra de Maciel en Entre Ríos, donde vive, respira, come y trabaja, cosas que al parecer, para 6,78, no se hacen en nuestra provincia como en Buenos Aires, mereció un estudio de Eliezer Budasoff, periodista y escritor de Rosario, ganador del premio “Nuevas Plumas”, que lo muestra bajo un punto de vista al que Mariana Moyano no alcanza, impedida posiblemente por el vertiginoso trajín de las megalópolis donde ya casi no se puede vivir. Y aunque Nahuel no es mapuche ni tampoco se apellida Maciel, esa es otra historia.
De todos modos, llama la atención que esta discriminación tan negativa de Mariana Moyano hacia Entre Ríos, que no se ve sino como un lugar adonde huyen los malos a esconderse y aceptar la muerte civil, se dé en momentos en que el gobierno provincial está alineado incondicionalmente con el poder porteño, cerca de un Artigas “de relato” que pretende recrear a su medida, lejos de López Jordán, del federalismo, de los gobernantes del 32, del gobernador Maya, y de tantos otros que con entereza defendieron en serio la causa provincial. Una causa que no es sino la de la nación, que no es otra cosa que el conjunto de las provincias.
A pesar de la ingenua convicción porteñísima de Mariana, Entre Ríos no es una ciénaga que se traga a los malos que disgustan a los buenos que alumbran desde Buenos Aires. No es un círculo del infierno, como puede constatar con solo recorrerla despacio.
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