Blas Jaime: “Un día comencé a hablar y nunca más me dejaron callar”

Se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, más precisamente la primera reunión del Grupo de trabajo de las Naciones Unidas referente a poblaciones indígenas, realizada por la Subcomisión sobre la Promoción y Protección de los Derechos Humanos, en 1992. Pero todos estos datos rigurosos resultan un tanto ajenos si no sirven para leer nuestro propio pasado, lugar y entorno cultural. Pero el litoral tiene todavía un anclaje muy importante en lo que respecta a los pueblos originarios: Blas Jaime, considerado el último chaná portador del idioma autóctono, dialogó con AIM sobre el legado de los pueblos originarios hacia el presente y el futuro.

Blas Jaime vive en una pequeña casa del barrio El Morro, de Paraná. Tiene 85 años y es jubilado. Es un vecino más que camina las calles viviendo como cualquier persona. Hace poco fue asaltado en las proximidades de su vivienda y cojea al caminar. Pero esos rasgos aparentemente comunes a cualquier persona esconden grandes secretos antropológicos cuando puede distinguirse de cerca que su piel no tiene demasiado bello y sus cejas son inexistentes: un rasgo muy usual de los chanás que habitaron las regiones de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, y cuya estirpe es milenaria. Pero todavía hay más. Muchos se asombraron al conocer, hace menos de 10 años, que el único hablante conocido de la lengua cahaná era este anciano y que vivía en Paraná.
Aprendió de su madre, porque al ser una sociedad con sistema matriarcal, las mujeres chanás eran las gobernantes y únicas transmisoras de la cultura y el idioma. Se lo sometió a pruebas lingüísticas de todo tipo y hasta llegó al Conicet. Hoy Blas es reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) como el último chaná portador de la lengua nativa y, por lo tanto, parlante.
Hasta los 70 años mantuvo guardado el secreto de su ascendencia, su cultura y su idioma. “Un día comencé a hablar adelantes de otras personas y nunca más me dejaron callar”, dice satisfecho.

—¿Y cómo se produjo el descubrimiento?

—Augusto Mechetti, profesor de idioma guaraní era amigo de la esposa de mi hermano. Un día me llevó a su casa y me presentó a Ara Mimbí, del Instituto Nacional Indígena en Buenos Aires (y referente de la comunidad indo-afro-americana de Paraná), quien no creía que todavía hubiera descendientes de la cultura chaná. Y le respondí: “Yo existo, señora. Tóqueme. Soy de carne y hueso. Tengo la cultura, el idioma y la historia. Pero no se lo puedo decir a nadie. Se lo tengo que enseñar a una hija”. Y me invitó al Teatro 3 de Febrero donde se hacía un evento sobre pueblos originarios. Me subió al escenario y me presentó delante del público y me hizo hablar. Y hablé.

Blas Jaime nació en Nogoyá. “Era la tierra de mis antepasados”, recuerda. Luego de la muerte de su padre llegó a Paraná sin dejar de visitar a su abuela, quien quedó en su pueblo de origen y le fue enseñando los elementos relacionados con la cultura chaná, incluyendo el idioma.

—Y por qué terminó aprendiendo usted, siendo varón?

—Mi hermana más pequeña había muerto y ya no quedaban hijas mujeres. Me pidieron permiso y me enseñaron a mí para que el legado no se perdiera y yo sea un reservorio de la cultura. Nosotros teníamos prohibido hablar con nadie sobre lo que se nos enseñaba. Yo tuve formación de cacique y curandero. Nunca he llorado, nunca me he reído o bailado.

—¿Y nunca tuvo ganas de llorar o reírse?

—No. Una vez, casi, cuando murió Eva Perón. Hace muchísimos años.

—¿Y quién lo formó así?
—Mi madre, abuela y bisabuela. Todo esto era estrictamente una cuestión de mujeres. Eran las transmisoras y, a la vez, el reservorio de la cultura chana. Eran las ada oye nden (mujer guardamemoria) que nuestra cultura tuvo por siglos. Mi hija Evangelina cumple actualmente ese rol y está preparada para transmitir los conocimientos a futuras generaciones.

Pueblo y legado

—¿Qué cosas se destacan en el pueblo chaná como importantes para el hombre?
—La historia del pueblo chaná es interesante pero larga. El legado que nuestros antepasados dejaron es el de un pueblo organizado que viene desde hace 1500 años que habitaba en las zonas de Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe. Tenían una base que poca gente conoce: nos sabemos descendientes de inmigraciones hebreas, muy antiguas, que trajeron parte de esa cultura que se mantuvo en el pueblo chaná. Mantuvimos el linaje de los hebreos, los antiguos profetas tatotá (hombres superiores), que eran los únicos que podían gobernar y ser curanderos.

—¿Y la relación con la tierra?
—Era muy importante. Tenía su sangre en los ríos y arroyos. El chaná salía de su casa al amanecer (tenía prohibido hacerlo de noche porque era el tiempo de descanso de la naturaleza) y le pedía perdón y permiso a la tierra para tomar de ella los recursos necesarios para vivir, por supuesto sin depredar inútilmente. Tanto es así que los animales debían casarse vivos, con lazos o trampas. Y se mataban sólo cuando era necesario. El chaná no se consideraba dueño de la naturaleza.

—¿Cómo era la convivencia?

—Las reglas de convivencia eran muy superior a las de la civilización actual. Nosotros descendemos de un sistema matriarcal, donde era algo utapec (prohibido) golpear o maltratar a las mujeres. El mismo trato se tenía para con los hijos, y el respeto era mutuo. Groserías, maltratos y abuelos abandonados por todas partes, como hay ahora era algo que no existía en la cultura chaná, porque los jóvenes eran responsables del cuidado y la alimentación de los ancianos. Tampoco había niños huérfanos porque estaban los tíos ope tijuí (casi padre) y los abuelos tiuií o (padre grande), que cuidadaban a los más pequeños.

—¿Se pone usted a comparar su cultura con la civilización actual?

—Veo una mezcla de culturas y falta de educación. Los padres y los maestros educaban cuidadosamente a los niños desde el momento que nacían. Yo hago mis oraciones matinales y, por ejemplo trato de ser lo más correcto posible para dar el ejemplo a los demás. A mis hijos jamás les dije una grosería o les falté el respeto. Creo que eso es muy necesario hoy.

De la redacción de AIM