China: Ajustándose a un nuevo mundo

El régimen comunista chino siempre ha tenido una obsesión por el acero como símbolo de la industrialización del país, una obsesión que viene del estalinismo a través de su primer líder, Mao Zedong.

Trump baraja cuotas o aranceles al acero chino.
EFE/Mark

El porcentaje de la producción mundial procedente del país asiático ha pasado de un 2,7 por ciento en 1967 a un 15,1 por ciento en 2000 y un apabullante 49,6 por ciento en 2016. Esto se logró con una explosión de pequeñas y medianas empresas siderúrgicas, nacidas gracias a una generosa política de subvenciones (tanto directas como en los precios de la energía), así como una laxitud extraordinaria en la política medioambiental. La provincia de Hebei (que rodea Pekín) es donde está la mayor parte de la siderurgia china y es también, con diferencia, la de peor aire del país.

“China produce la mitad del acero mundial, pero también lo consume”, señala Peter Brennan, de S&P Platts. El metal barato sirvió como motor del mayor boom de la construcción de la historia de la humanidad. Pero con el frenazo de la demanda, China se ha visto obligada a cortar por lo sano. El objetivo del 13º Plan Quinquenal (que concluye en 2020) es reducir la capacidad de producción en 130 millones de toneladas (de 1.130) y que los 10 mayores fabricantes tengan el 60% del mercado, comparado con el 34 por ciento actual.

Mientras tanto, China ha recurrido al mercado exterior para descargar su exceso de producción. Los demás países han reaccionado en consecuencia, convirtiendo al acero en el producto más regulado dentro de las reglas de la OMC.

Este frenazo en el libre cambio ya venía incluso antes de la crisis, con el fracaso en 2006 de la ronda de Doha, la primera gran negociación de libre comercio bajo el paraguas de la OMC. La Gran Recesión solo ha servido para que, en muchos países desarrollados, el justificado escepticismo sobre el libre comercio se haya tornado en abierta hostilidad. Hasta el propio director general de la organización, el brasileño Roberto Azevedo, tuvo que salir a defender la utilidad de la OMC tras la última cumbre fallida, el pasado diciembre en Buenos Aires: “El sistema no es perfecto, pero es el mejor que tenemos”, recordó. “Todos lo lamentaremos si un día lo perdemos”.

Pero Trump ha llevado esa hostilidad a la Casa Blanca, el púlpito más importante del mundo. Ya en la campaña, el candidato republicano insistía en la necesidad de proteger la industria estadounidense. Hemos perdido nuestros empleos. Hemos perdido nuestros negocios. Ya no estamos haciendo cosas”, apuntaba Trump en uno de los debates con Hillary Clinton. Un blanco habitual de sus ataques era el Tlcan, “el peor acuerdo comercial de todos los tiempos”. Y fue una estrategia rentable para Trump: una de las claves de su sorprendente llegada a la Casa Blanca fue su victoria en Estados tradicionalmente industriales y con una fuerte presencia sindical (normalmente ligada a los demócratas) como Ohio, Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

Tras la toma de posesión, sin embargo, figuras provenientes de Wall Street, como el ex consejero delegado de ExxonMobil Rex Tillerson —convertido en secretario de Estado— y el ex consejero delegado de Goldman Sachs Gary Cohn (al frente del Consejo de Economía Nacional), contuvieron por un tiempo los ímpetus del presidente. “Cuando Trump fue elegido, salió a la palestra el miedo a una guerra comercial entre China y Estados Unidos, pero en aquel momento esa retórica no tuvo continuidad”, explicaba Salman Ahmed, estratega jefe de Lombard Odier, en un artículo en The Guardian. “Los mercados empezaron a enfocarse en sus políticas de impuestos bajos y menores regulaciones”.

¿Qué ha cambiado? La única victoria legislativa de Trump en sus 13 meses de Gobierno ha sido el recorte fiscal aprobado en diciembre, y ese ha sido más un triunfo de los republicanos que del presidente. Los sondeos apuntan a un fuerte crecimiento demócrata en las votaciones de otoño. El martes, en las elecciones parciales de un distrito electoral a las afueras de Pittsburgh, en Pensilvania, con un fuerte componente del electorado blanco y envejecido que dio la victoria a Trump (el presidente venció por más de 10 puntos en 2016), el candidato demócrata, Conor Lamb, ganó por un minúscu­lo margen. El resultado es más simbólico si tenemos en cuenta que Pittsburgh ha sido, históricamente, la capital de la industria siderúrgica estadounidense.

De ahí el regreso de Trump hacia el proteccionismo que (cree él) le dio la victoria. “Es por política”, confirma Baughman. “Es un movimiento desesperado por salvar la mayoría republicana en el Congreso”, considera Dembik. “Donald Trump les está diciendo a los votantes estadounidenses que está tratando de salvar puestos de trabajo industriales en EE UU amenazados por una competencia china injusta, pero, de hecho, estas medidas no apuntan realmente a China, sino a aliados estadounidenses que no son políticamente capaces de tomar represalias, como Brasil o Taiwán”.

Las reacciones en la Casa Blanca no se hicieron esperar. Gary Cohn anunció su salida a poco de lanzarse las medidas arancelarias. A su vez, Tillerson fue expulsado del Gabinete vía Twitter el martes. Y, en su lugar, vuelven a ganar el oído del presidente figuras como el representante comercial, Robert Lighthizer (que fue abogado del gigante siderúrgico estado­unidense US Steel), y el director del Consejo Nacional de Comercio de la Casa Blanca, Peter Navarro. Navarro, en particular, fue uno de los principales asesores de Trump en asuntos económicos durante las primeras fases de su campaña, y estaba detrás de algunas de las ideas más estridentes del entonces candidato, como la de abandonar unilateralmente el Tlcan.

Una ascendencia que preocupa a algunos expertos. “Navarro es el mayor riesgo para el crecimiento en este momento”, señalaba Steen Jakobsen, economista jefe de Saxo Bank, en una carta a los inversores. “En más de 30 años nunca he visto suposiciones y premisas más incorrectas que las presentadas por la Administración estadounidense sobre el comercio”.

Esperar y ver

Otros, no obstante, prefieren esperar y ver. Ninguno de los 35 economistas sondeados por Bloomberg afirma que los aranceles al acero vayan a tener un efecto serio. “La estrategia comercial de Trump es bastante simple”, cree Dembik. “Mientras que a comienzos del siglo XX Theodore Roosevelt adoptó una política que, popularmente, se redujo a la fórmula: ‘Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos’, para Trump, su estrategia se reduce a: ‘Habla alto y fuerte y lleva un palo pequeño’. Hasta ahora, como en el caso del Tlcan o las medidas proteccionistas sobre el acero, ha funcionado bastante bien, pero es un farol”. “Esta va a ser una más de muchas ‘escaramuzas’ comerciales, cuyo impacto es muy pequeño a corto plazo”, consideran desde Bank of America Merrill Lynch.

La elección del acero como coartada de una guerra comercial tiene sentido, porque el valor del producto es mucho más simbólico que económico. “¡Si no tienes acero, no tienes un país!”, gritaba Trump en mayúsculas desde su cuenta de Twitter al anunciar las primeras medidas arancelarias. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero fue el germen de lo que hoy es la Unión Europea. Mientras, en Estados Unidos, la decadencia de las tradicionales regiones industriales del centro y este del país se simboliza con la expresión rust belt, el cinturón del óxido. “El acero y el aluminio son insignificantes respecto al conjunto de la economía global”, señalaba Ahmed a The Guardian. “Sin embargo, siguen siendo una munición muy útil desde el punto de vista de una retórica sobrecargada”.

Hay otro factor que incentiva a los políticos a ruidosas defensas de la siderurgia. “Somos industrias grandes con un fuerte arraigo local”, señala Bernardo Velázquez, consejero delegado de Acerinox. En Alemania, un país con sindicatos fuertes, históricamente el más fuerte de todos siempre ha sido el metalúrgico, IG Metall. Pero la defensa del acero no siempre representa un beneficio para el conjunto de la economía. Mientras estuvieron en vigor los aranceles de George W. Bush, según un estudio, los precios más altos del acero provocaron la pérdida de alrededor de 200.000 empleos, más que todos los que tenía la industria siderúrgica estadounidense en aquel entonces.