Cómo educa el Estado

El niño Albert Einstein era buen alumno, pero pronto aprendió a ser crítico del sistema educativo alemán. Ya adulto, resumió su posición: “los maestros de mi escuela me parecían sargentos, y los profesores del instituto, tenientes”.

Einstein era buen alumno, pero pronto aprendió a ser crítico del sistema educativo alemán.

El símil militar no es solo suyo ni antojadizo: está en los orígenes de la educación prusiana, instaurada con un fin político preciso, que fue aceptado luego por casi todos los demás países, incluidos Estados Unidos y Argentina, porque venía como anillo al dedo a los fines del Estado moderno, dictatorial o democrático.

El escritor Thomas Mann, otro alemán notable, autor de “La Montaña Mágica” evocaba su idea infantil del Estado con imágenes tomadas de la escuela: “De niño me gustaba personificar el Estado en mi imaginación como si fuese un severo personaje de madera, con frac, barba negra y una estrella en el pecho, y con una mezcla de títulos militares y académicos que expresaba perfectamente su poder y su seriedad: era el General Doktor Von Staat”.

Jena alumbró a Prusia y oscureció el mundo

En 1806 Napoleón Bonaparte les “pintó la cara” a los prusianos en la batalla de Jena. El filósofo Johann Gottlieb Fichte atribuyó la derrota militar a que los alemanes eran un pueblo indisciplinado, demasiado independiente, caracterización que nos sorprende hoy.

Sus “discursos a la nación alemana” son un intento de corregir la situación convirtiendo a los alemanes en un pueblo sumiso y obediente a las consignas del Estado.

En este punto, Fichte fue un adelantado, porque la senda que abrió es ahora una amplia autopista que a la escuela obligatoria suma la propaganda abrumadora y ubicua, los medios masivos, el embrutecimiento colectivo, siempre con la mira en un pueblo sumiso, obediente y útil al Estado y a quienes lo manejan.

La educación básica era obligatoria en los principados que fragmentaban a Alemania desde el siglo principios del siglo XVIII. La ilustración, que parece lo que no es pero es lo que no parece, contribuía con su ideología a formar ciudadanos “útiles” al Estado. La instauración del sistema educativo prusiano tomó forma con el codigo civil de 1794 y la política de ministro von Zedlitz.

De aquella época, en que la posición humanista de Guillermo de Humboldt fue derrotada en el debate convocado por el barón von Zedlitz para cambiar la educación, provienen algunas definiciones totalmente actuales, aunque disfrazadas para no mostrarlas en toda su crudeza: El Estado, era la idea entonces, debía moldear a cada persona, y moldearla de tal manera que simplemente no pueda querer otra cosa distinta a la que el Estado desee que quiera.

De aquel debate proviene la frase “educación del Estado, educación por el Estado y educación para el Estado”. El modelo corriente de educación no se ha apartado de esa línea, la educación es ante todo adoctrinamiento, pero el adoctrinamiento ya no está solamente en la escuela sino en todos los instrumentos de dominio sobre la población en manos del Estado. Aquella frase fue refrescada por “todo por el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado” de Mussolini. Y así es en las democracias, convenientemente disimulada debido a la inconveniente hedor fascista que emana, y que es el olor original.

Socialización forzada

El significado de la “socialización” propuesta por el estadounidente John Dewey, según la crítica española Pilar Baselga, es como sigue: obedecer horarios absurdos, buscar buenas notas, aprender cosas inútiles, memorizar cosas sin entenderlas ni compartirlas, abandonar las ideas propias. En síntesis: en lugar del a-b-d-c, o-b-d-c y tratar de ser como todos para evitar ser considerado “raro”, distinto. Es decir: un adoctrinado, lo contrario del ser inteligente que era.

Por ejemplo, Dewey, dentro de esta línea de conveniencias, alertó contra la lectura porque podía producir pensadores que no podrían socializarse fácilmente y proponía prestarle mucho menos atención.

John Dewey, promocionó la educación pública con la idea de que la gente independiente y autónoma será un “anacronismo contraproductivo” en la sociedad colectiva del futuro.

Para el filósofo educador, la producción era la finalidad y la contraproducción era un anacronismo, un residuo de las épocas de soñadores y románticos, seres naturales y espontáneos carentes del espíritu práctico. Su prédica se impuso en los Estados Unidos tanto o más que la disciplina y la obediencia en Alemania.

Educación y propaganda

Hoy tenemos alumnos que terminan la escuela secundaria sabiendo leer pero no interpretar los textos ni entender cabalmente las noticias de la prensa diaria y otros que tratan de entrar en facultades técnicas sin saber multiplicar y fracasan. El fracaso escolar es necesario, porque entre los fracasados están los que harán las tareas inferiores, que deberán aceptar o morir de hambre.

La educación y la propaganda consiguen así gente sumisa y aborregada (como proponía Fichte), mano de obra barata, personas dóciles, frágiles, manipulables, miedosas, inestables y débiles que no puedan enfrentar ninguna decisión del poder .La expresión “jardín de infantes” es traducción literal del alemán “Kindergarten”, designación que le dio el pedagogo Friedrich Froebel. Aclaró que no era un lugar para que los niños jugaran en un jardín sino para que el maestro los moldeara como un jardinero a sus plantas.

Todo el adoctrinamiento social, del que la educación formal es una parte en retirada, es esencial para el Estado moderno, para sostener su lucha contra la sociedad, que es su fin y la razón de su existencia. Es la finalidad del Estado norteamericano actual y también de los europeos y sudamericanos. La finalidad no es dar educación gratuita e igualitaria a todos, sino lograr que todos respondan sin rebeldías a las necesidades de los políticos y sus mandantes.

El programa está escrito

Un documento inicialmente secreto, redactado en 1979 y presentado al grupo Bilderberg, filtrado quizá intencionalmente dentro de una impresora del Ejército estadounidense que fue a remate una década después, dice respecto a los fines de la educación:

“La calidad de la educación dada a las clases inferiores debe ser de la más pobre, de manera que la brecha de la ignorancia que aísla las clases inferiores de las clases superiores sea y permanezca incomprensible para las clases inferiores. Con tal discapacidad, aun los mejores elementos de las clases inferiores tienen poca esperanza de extirparse del lote que les ha sido asignado en la vida (No dice por quién) . Esta forma de esclavitud es esencial para mantener un cierto nivel de orden social, paz y de tranquilidad para las clases superiores dirigenciales”.

El documento de la marina estadounidenses explica luego la función de otros instrumentos de manipulación social, que llama “amplificadores económicos”: “La forma la más simple de amplificador económico es un instrumento llamado publicidad.     Si una publicidad televisiva se dirige a una persona como si ella tuviera 12 años de edad, entonces, en razón de la sugestibilidad, ella tendrá, con una cierta probabilidad, una respuesta o una reacción tan desprovista de sentido crítico que aquellas personas con una edad de 12 años.”

Aparece acá la presunción que mediante los métodos de dominio casi insensibles prescriptos se ha logrado detener la evolución natural en la edad de 12 años, y el desprecio por la inteligencia natural de los niños. Se busca gente que no haya posido desarrollar el sentido critico y acepte lo que le dicen como la verdad y lo que le dan como regalos de benefactores.

El mismo documento explica que en estas condiciones no peligrarán los privilegios de la élite, sus bienes no serán envidiados por las multitudes, que libradas a sí mismas podrían ponerse en condiciones de disputar el poder a las minorías.

Para más claridad, quizá porque los banqueros destinatarios de estos argumentos pueden no ser tan rápidos, el documento les explica con toda la claridad que puede: “A fín de alcanzar una economía totalmente predecible, los elementos de las clases inferiores de la sociedad deben ser llevadas a un control total; es decir. ser puestas en la calle, sometidas al yugo, y asignadas a un deber social de largo plazo desde una edad temprana, antes de que tengan una oportunidad de hacerse preguntas o cuestionamientos sobre la propiedad de la materia”.

Para llegar a tal conformidad desde “edad temprana”, la célula familiar de las clases inferiores deben ser desintegradas por medio de un proceso de aumento de preocupaciones por parte de los padres. La función de los medios de adoctrinamiento para conseguir este “control total” es bastante clara a esta altura.

Escuela para amaestrar

La escuela que conocimos era disciplinamiento, amaestramiento: timbrazo para entrar, timbrazo para salir; formar fila; pruebas escritas, recreos cronometrados, clases obligatorias por edades; sistema de calificaciones, promociones, premios y castigos; horarios estrictos, marchas patrióticas, desfiles. Todo envuelto en sentimentalismo patriótico sarmientino, pero con olor a a cárcel y cuartel.

En Prusia, mucho antes, los educadores/ministros del Segundo Reich propusieron un ideal castrense: “¡Siéntese derecho! ¡Silencio! ¡Cállese la boca! ¡Manos arriba! ¡Las plumas bien rectas! ¡Enséñeme el cuaderno!” Ordenes de un lado y obediencia de otro. Autoridad acá y sumisión allá.

Mucha agente acepta esta escuela e incluso la glorifica porque entiende el amaestramiento como un modo de capacitarse para ganarse la vida.

El presidente norteamericano Woodrow Wilson se propuso para su país un grupiTo de personas con buena educación y otro, mucho mayor, “que renuncie a los privilegios de una educación liberal y se capacite para realizar tareas manuales específicas”.

Prusia en los orígenes

La escuela como la conocemos es reciente, no fue siempre así: es un invento prusiano, otra de las cosas que debemos al Estado que tanto contribuyó a fortalecer el príncipe Otón von Bismarck, cuando se propuso que Prusia unificara a todo el ámbito germano, papel hasta entonces de Austria, y que Alemania recuperara el terreno perdido ante otras potencias europeas, Francia e Inglaterra.

Por eso, por la militarización social que impuso Prusia, la escuela es como es, pagada con los impuestos, tiene tanto de disciplinamiento y tan poco de los modos tradicionales de transmitir conocimientos como los que podemos aprender de los pueblos originarios de América y del Oriente y en general de todas las sociedades que consideramos “primitivas” sin conocerlas.

Hay que reconocer que otra cosa que debemos a Prusia fue la seguridad social, el sistema jubilatorio hasta entonces inexistente salvo esbozos en la Liga Henseática, cuando Bismarck previó que la transformación industrial de Alemania iba a dejar en la estacada a mucha gente que emigraría del campo para que el país tuviera obreros y no ya campesinos, como era desde la Edad Media.

Pero lo de la escuela no se puede perdonar, porque si hay un crimen imperdonable es robarle la niñez a un niño.

Prusia introdujo la educación básica obligatoria en el siglo XVIII, con ciertas concesiones al espíritu ilustrado de entonces para evitar las revueltas populares como las que se producían en Francia. Pero la mira era la producción de ciudadanos útiles para el Estado.

Los fines declarados y los verdaderos

La finalidad de la “escuela popular” prusiana estaba apenas disimulada: los niños aprendían a leer y escribir y rudimentos matemáticos; pero sobre todo eran disciplinados e inducidos a la obediencia con ayuda de la ética, usada ella también como un instrumento de disciplinamiento. Desde 1870 Prusia fue el poder unificador de Alemania y dispuso a voluntad cómo debía ser la educación.

Cuando entraba el maestro al aula los alumnos debían ponerse de pie para recibirlo, en posición de firmes.

Esta temprana influencia, que como suelen suceder con las recibidas en la infancia, forman o deforman para toda la vida, fue recordada así por Thomas Mann, un gran escritor alemán del siglo XX: “de niño me gustaba personificar el Estado en mi imaginación como si fuese un severo personaje de madera, con frac, barba negra y una estrella en el pecho, y con una mezcla de títulos militares y académicos que expresaba perfectamente su poder y su seriedad: era el General Doktor Von Staat” (general doctor del Estado).

Esta educación no tenía en cuenta las necesidades de los educandos ni trataba de formar ciudadanos, sino soldados y productores para el Estado y la industria.

La escuela uniformadora

La idea tuvo principio de ejecución después de la batalla de Jena de 1806, en que Napoleón humilló a los prusianos. A la vista de este resultado militar desastroso, Johann Fichte, filósofo “idealista”, en sus cartas a la nación alemana consideró que se trataba de que los alemanes eran muy independientes y que era necesario someterlos a las consignas del Estado, convertirlo en un pueblo sumiso, disciplinado y obediente a las consignas. Para Fichte, en un arranque de totalitarismo que hizo camino, el Estado debía moldear a cada persona, y moldearla de tal manera que simplemente “no pueda querer otra cosa distinta a la que el Estado desee que quiera”.

Más claridad no se podía pedir. Como detrás de las iniciativas prusianas está la educación pública moderna, que tanto apoyo de la izquierda política suele tener, conviene recordar este origen netamente fascista, que no ha perdido y que otro educador de entonces, Francisco de Hovre, consideraba como “educación del Estado, educación por el Estado y educación para el Estado”, frase calcada sobre una conocida definición de la democracia.

La finalidad del Estado, inspirada en una guerra perdida que motivó también amargas quejas de Hegel, debía ser para los ideólogos originales de la educación pública “adoctrinar al pueblo llano para disciplinarlo y convertirlo en un instrumento al servicio de las aspiraciones de los políticos”.

El plan educativo instalado poco después de Jena se proponía crear una suerte de sistema de castas, cinco en total: soldados obedientes para el ejército; trabajadores obedientes para las minas; súbditos obedientes del gobierno; empleados serviles para la industria y ciudadanos que piensen de la misma manera.

Notablemente, la educación “democrática” actual no parece buscar, exceso más o menos, otros fines, y parece haberlos logrado de manera más que satisfactoria.

Cambia, todo cambia

La idea que solemos hacernos de los alemanes actuales, de su método, orden, disciplina, rigor y laboriosidad, no nos remite tanto a una idiosincrasia racial como al poder del amaestramiento desde la tierna infancia. Sin dudas, los sajones que Carlomagno obligó a hacerse bautizarse cristianos o morir, no debían tener una idea muy firme de la disciplina en su vida libre y andariega en los bosques.

Por otro lado, Max Weber indica que cuando los primeros capitalistas, en el ocaso de la Edad Media, trataron de inducir a los campesinos alemanes a producir más pagándoles más, lo que obtuvieron fue que trabajaran menos, porque una vez obtenido lo necesario para vivir como habían vivido siempre, dejaban de trabajar.

Un anacronismo contraproductivo

La educación pública norteamericana tomó las ideas de Fichte, instrumentadas por el barón de Zieglich en el Segundo Reich alemán. Uno de sus prohombres, John Dewey, promocionó la educación pública con la idea de que la gente independiente y autónoma será un “anacronismo contraproductivo” en la sociedad colectiva del futuro.

Para el filósofo educador, la producción era la finalidad y la contraproducción un anacronismo, un residuo de las épocas de soñadores y románticos, seres naturales y espontáneos carentes del espíritu práctico que se impuso en los Estados Unidos tanto o más que la disciplina y la obediencia en Alemania.

Y por uno u otro camino, la Argentina, tan propensa a copiar sin pensar, a admirar lo europeo sólo por europeo, entró en las mismas variantes hasta ahora.

Dewey, en otra demostración de sus inquietudes, criticó la lectura porque producía gente habituada a pensar, difíciles de convertir en el borrego disciplinado y práctico que necesitaba la industria, en el empleado leal que tenga la productividad por norma ética.

Se dice ahora como crítica a la educación que los niños no entienden lo que leen, son semianalfabetos, ni tampoco los estudiantes secundarios, y poco y mal los universitarios, pero ese es un logro que previeron los prusianos. Ellos cambiaron el sistema de aprendizaje de la lectura que se fundaba en grafías por el de los fonemas, lo que garantizó que los chicos no pudieran relacionar los sonidos con las letras.

Los jardines de infantes, que algún candidato a presidente quiere ahora iniciar a los dos años para continuar el robo de la infancia a los niños, fue un idea de Friedrich Froebel. No era un jardín para que jueguen los chicos sino más bien un jardín donde los jardineros eran los maestros y las plantas, los niños.

El ojo que todo lo ve te vigila

La finalidad de la escuela, lugar para Rilke del largo tedio que no quería recordar, no es que los más pobres tenga educación sino hacer gente disciplinada y adepta a los fines del Estado, que nunca como ahora se ha metido en la vida de la gente y la ha regulado al detalle de modo tan opresivo. Al punto que con los modernos sistemas de espionaje sabe al instante cuándo cada uno salió a la calle, si habla o se calla, si duerme o está despierto.

Educar, ¿para qué?

Educación y escuela nunca fueron sinónimos, pero cada vez más se van convirtiendo en antónimos. Tampoco enseñar y aprender son complementarios. Muchísimo se puede aprender y muy poco enseñar, y tanto mejor es aprender sin que nadie enseñe, o que quien enseñe lo haga con el ejemplo silencioso y sea capaz de desaparecer a tiempo, cuando el discípulo haya advertido quién es por sí mismo. Es decir, contra el condicionamiento buscado y querido de la escuela pública, desde Prusia a la ley 1420, el ámbito incondicionado de la libertad pura vista por sí mismo.

Wilhelm von Humboldt

Antes de imponer Prusia su sistema educativo hubo amplios debates y discusiones, que duraron 10 años, entre los partidarios del ministro von Stein y los partidarios de Guillermo de Humboldt, al que von Stein había llamado para conducir la reforma que curara las heridas de la derrota de Jena.

Humboldt, una personalidad profunda y brillante, que tuvo gran incidencia en la historia de la educación, fue entre otras cosas fundador en 1810 de la universidad de Berlín, que hoy lleva su nombre. Sus ideas educativas, relacionadas con su concepción de la humanidad y el Estado, se pueden entrever en este párrafo suyo: “la auténtica finalidad del hombre —no la de inclinación cambiante, sino la que la razón le dicta— es la educación máxima y más equilibrada de sus fuerzas para formar un todo. Para esta educación, la libertad es la primordial y la más imprescindible de las condiciones. (…)

Precisamente la libertad, que surge de la unión de la diversidad, es el bien más alto y se pierde con certeza en el mismo grado en el que el Estado se entromete. No son los miembros de una nación los que viven entre sí en sociedad, sino que son súbditos aislados los que se relacionan con el Estado, con el espíritu que rige su gobierno, de tal forma que la superior fuerza del Estado impide el libre juego de fuerzas. Cuanto más interviene el Estado, más semejanzas presentan no sólo los efectos, sino también lo realizado”.

Uno de sus biógrafos dice que por un momento casi triunfaron “los brillantes argumentos de Humboldt en favor de un camino de estudio para todos de alto nivel, no bloqueado por controles, libremente cambiante, universal e intelectual para todos, lleno de variedad, libre debate, rica experiencia y currículos personalizados”. Y arguye luego: ¡Qué mundo más diferente tendríamos hoy si Humboldt hubiera ganado el debate prusiano! Pero en vez de ello ganaron las fuerzas que apoyaban al barón von Stein. Y eso ha hecho toda la diferencia…

Sin embargo, la tendencia a favorecer la cantidad y doblegarse a ella era ya visible e irreflenable. Había nacido con la modernidad, cuando el oro se impuso como medida universal del valor y se hizo claro que con él se podía comprar todo y que todo se reducía a oro, como quedó claro en el genocidio de los pueblos originarios de América. Es el despuntar de una mentalidad nueva, la moderna, igualitaria y economicista, fundada ante todo en el nuevo poder homogeneizador del dinero, capaz de transformar hasta donde es posible toda calidad en cantidad.

Por eso es difícil que se impusiera el punto de vista de Humboldt, teñido de cierto aristocratismo inadecuado ya para su época y más para la actualidad. Y aun si hubiera triunfado no hubiera tenido la expansión que tuvo por todo el occidente el punto de vista contrario de von Stein, en particular por los desdichados países de Sudamérica.

De la Redacción de AIM.