Con o sin Cambiemos, nada cambia

Soberanía política, justicia social e independencia económica fue la traducción argentina del lema de Sun Yat-Sen, el presidente de la China hace casi un siglo. De Sun Yat-Sen,  Perón tomó con algunas modificaciones sus “tres banderas”, que eran nacionalismo, democracia y socialismo, y  que los gobiernos argentinos posteriores arriaron hasta llegar a la situación actual, cuando ondean el capitalismo sin moderación alguna, el centralismo intransigente y el vasallaje.

Es fácil construir un relato y usar el poder para hacerlo  pasar por realidad: para eso es útil el poder, pero por debajo de las palabras aparecen hechos que revelan que al final la realidad es insumergible.

Es posible que el gobierno  esté defendiendo algunas ideas de Mayo, pero no son las vencidas con   Artigas en 1820 sino las que perduran desde entonces, cada vez más agobiantes.

La Argentina inclusiva y unida sería de acuerdo con el discurso oficial de felicidad universal el principal objetivo y el trabajo de todos los días de las autoridades actuales. Es fácil construir un relato y usar el poder para hacerlo  pasar por realidad: para eso es útil el poder, pero por debajo de las palabras aparecen hechos que revelan que al final la realidad es insumergible. Que como dijo Schopenhauer, “la verdad no se colgó nunca de ningún poder”

En 1820 se produjo el ocaso (hasta ahora), de un proyecto de país, el que está contenido en las Instrucciones que los diputados orientales llevaron a la Asamblea del Año XIII. a los que los porteños de entonces, que recelaban del jefe de los orientales, no permitieron asumir.

Esas instrucciones reclamaban por ejemplo que Buenos Aires no fuera el puerto único de las Provincias Unidas y que la capital estuviera en cualquier parte menos en Buenos Aires.

La influencia de Artigas fue eliminada en 1820 gracias a las intrigas de Sarratea y del partido porteñista, rivadaviano, unitario. Desde entonces la influencia de Buenos Aires se fue acentuando hasta Pavón, cuando el programa porteño se terminó de cumplir. Siguió la guerra del Paraguay, el sometimiento militar de  las provincias argentinas, en Entre Ríos la derrota del jordanismo, y la creación de una argentina nacionalizada que consistía en una  ciudad, Buenos Aires, rodeada de un desierto, las provincias.

Hoy, Entre Ríos es como el resto del país  un estado mendigo, cuyos gobernantes son meros adulones del poder porteño que nunca trabajó por  ninguna de las tres banderas de Sun Yat Sen.

Lo único que hizo su preocupación excluyente, de Sarratea a Rivadavia, de Mitre a la oligarquía vacuna hasta Menem, los Kirchner y Macri,  es perfeccionar y atornillar perfectamente el poder de Buenos Aires, y  mantener a todo el resto atado y sumiso, lanzando alabanzas a cambio de algún beneficio dosificado con mezquindad.

Si por revolución de Mayo entendemos el ideal de Moreno, Castelli, Monteagudo o Artigas, ese ideal está quebrado y debe ser recuperado. Los gobiernos nacionales argentinos son solamente el interés porteño impuesto al conjunto. Y los gobiernos provinciales, aunque recuerden de modo decorativo en ocasiones de fiestas patrias los proyectos de  antaño, apenas son  genuflexos  que dicen lo que el puerto quiere oír y hacen lo que quiere que hagan esperando alguna migaja.

Esos son los ideales de Mayo que defienden los gobiernos provinciales actualmente, que nacieron con los otros, lucharon contra ellos y se impusieron con la colaboración del imperio británico primero y con los que lo sucedieron después.

De la Redacción de AIM.