Domesticación: La muerte de la alegría

Descubrir quiénes somos es difícil, pero no imposible, porque nuestra naturaleza  es lo que más próximo que tenemos y conocerla es la única tarea  que de  verdad nos importa. Toda la educación, la estatal, la individualista, la colectivista, la religiosa, la laica, la que sea, está dirigida a hacernos olvidar de nosotros mismos, a no dejarnos ser nosotros mismos.

Toda la educación, la estatal, la individualista, la colectivista, la religiosa, la laica, la que sea, está dirigida a hacernos olvidar de nosotros mismos.

Si nos conociéramos no necesitaríamos seguir  a nadie, no necesitaríamos líderes, no nos dejaríamos engañar una y otra vez por los políticos ni enfrentaríamos con ilusiones emparchadas una realidad devastada.

Bastaría ser lo que somos, lo único que podemos ser auténticamente, nada impuesto ni elegido entre lo que se ofrece, que no permite elección verdadera. Descubrir quién somos no es cuestión de educación, no es  agregar: es quitar.

Un reformador social fue a pedir consejo a Confucio acerca de su intención de viajar a un reino gobernado  por un déspota para tratar de hacerlo cambiar los procedimientos. Después de escuchar sesudos y emotivos  argumentos, Confucio le dijo:

-Te entra un granito de arena en el ojo y ya no sabes donde quedaba el Norte.

En cualquier “aquí y ahora” una basurita en el ojo es más determinante que todos los conocimientos eruditos juntos.  El nivel intelectual en que solemos confiar y que valoramos es muy superficial y puede ser arrasado con facilidad. Si caminamos dialogando  sobre la ética, por ejemplo, es muy posible que arrollemos a nuestra madre en la disparada si aparece imprevistamente un perro rabioso.

Una madre felicitó a su hijo pequeño porque le gustaba la  escuela. Le dijo que lo veía contento, feliz. “Mamá, no confundás el ir con el venir”. Lo que lo hacía feliz era la salida, no la entrada.

Si un adulto quiere saber qué es la alegría, tiene a mano  una experiencia sencilla. Vaya a ver a los niños salir de la escuela. En medio del aluvión, lo sabrá de inmediato y sin dudar.

Como Antonio Machado  describió insuperablemente:

La plaza y los naranjos encendidos

con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales

que, al salir en desorden de la escuela,

llenan el aire de la plaza en sombra

con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil en los rincones

de las ciudades muertas!…

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía

vemos vagar por estas calles viejas!

La  niñez -dijo el poeta de habla alemana Rainer María Rilke- es la verdadera patria del hombre; pero  “allí transcurre la larga angustia de la escuela”. Robar la niñez a un niño es uno de los peores crímenes que se pueden cometer, para el que hay muchas formas prestigiosas.  La escuela es la institución  hecha para robar la niñez a los niños y no dejarles ser lo que son, ni en la infancia ni nunca. Sobre todo nuestra escuela, de inspiración prusiana, la que manda tomar distancia, obedecer al timbre y al maestro y cantar la marchita patriótica, si no política.

La misma función cumplen el cura, el rabino, el maestro, los padres y muchos más, todos los que quieren hacernos y nos hacen engranajes para distintos usos sociales.

El  Tao Te King menciona maestros auténticos, hoy desconocidos

Los antiguos Maestros

no intentaban educar a la gente,

sino que, suavemente, enseñaban a no saber.

Las personas son difíciles de guiar

cuando creen que saben las respuestas.

Cuando saben que no saben,

encuentran su propio camino.

Para que nadie encuentre su propio camino está diseñada la domesticación moderna.

De la Redacción de AIM