El agujero blanco

La visión de nuestra civilización caminando a la catástrofe conducida por una élite de mercachifles ambiciosa y ciega, se contrapone con otra mucho más optimista que promete un avance sin precedentes para fines de este siglo. El mundo marcharía según la visión de los propulsores del “agujero blanco” hacia una noosfera comunicacional que se constituiría gracias un salto en las comunicaciones como nunca se ha producido antes.

El cambio actual, por ejemplo el determinado por internet, es mayor que los mayores de otros tiempos.

La noosfera, idea del paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin, ha sido considerada como especulativa , lo que para ellos significa falsa, por buena parte de los científicos académicos; pero ya hay cada vez más que la usan con naturalidad. Es frecuentemente llamada ‘la esfera mental’. Teilhard la definía: “un cerebro de cerebros, un solo inmenso Grano de Pensamiento constituido por miríadas de granos de pensamiento hiperconscientes e hipercentrados”.

Es la capa mental distinta de la biológica que envolvería al mundo por encima de la mineral, la vegetal y la animal. Es el sustrato común de un mundo en proceso de unanimización según dice el mismo Teilhard en su obra “Hominización”.

Sin embargo, hay una diferencia con los teóricos del agujero blanco: la noosfera no debe entenderse como resultado de la explosión comunicacional.

El científico Howard Bloom previene contra los que ven ante todo transmisiones satelitales, fibras ópticas y la tecnología de axones neurales de un cortex cibernético extendiéndose por continentes y océanos.

Hace notar que el proceso se inició hace dos millones de años con las herramientas de piedra. “El cerebro global no es sólo humano, producido por nuestra inteligencia. Está tejido entre todas las especies. Es una masa mental anudada de continentes, de océanos y cielos. La masa mental convierte a todas las criaturas grandes y pequeñas en ojos y oídos de los que buscan comprobar, de los innovadores y de los artesanos. Éste es el auténtico cerebro global, la verdadera mente global”.

Blanco y negro

No sin intención optimista, sus teóricos llaman “agujero blanco” a su visión, en contraposición al “agujero negro” de los astrofísicos.

El agujero negro tiene en su centro una singularidad, un lugar muy extraño, sin dimensiones temporales, menor que un átomo, de masa de millones de soles y densidad infinita, donde se suspenden las leyes físicas y es difícil la comprensión. El agujero blanco, en cambio, es de la índole del pensamiento y perfectamente comprensible.

Faltarían pocas décadas para alcanzar la masa crítica que formará espontáneamente el agujero blanco y con él un cambio enorme en la vida del planeta, hoy bombardeada por agrovenenos, cambio climático, la posibilidad de guerras nucleares y de agotamiento de “recursos”.

La promesa es el inicio de una etapa nueva, muy superior a las mayores revoluciones que nos muestra la historia, empezando por la revolución neolítica, pero continuación de todas ellas.

Gutenberg

Se trata de un pronóstico sumamente optimista basado en el “paradigma” de la comunicación. Desde el impresor alemán Johannes Gutenberg en los inicios de la modernidad, la comunicación viene creciendo aceleradamente al punto de invadir la naturaleza biológica y haberse propuesto crear un ser en parte natural, en parte artificial.

De acuerdo con este paradigma la vida evoluciona desde los comienzos gracias a la expansión de la comunicación, que hoy es más rápida que nunca y seguirá produciendo la civilización nueva.

El cosmos inteligente

En 1962, el astrofísico ruso José Shklovski escribió “Universo, Vida, Intelecto”, sobre la inteligencia en el cosmos. Ofrece una visión amplia pero totalmente material, centrada en la física. La consciencia de las civilizaciones superiores no es considerada, no tiene ningún lugar. Es decir, todo desarrollo futuro hacia paradigmas superiores debería según los presupuestos de Shklosvki estar limitado por su naturaleza tecnológica. Sin embargo, la evolución tecnológica ha producido el actual estado de cosas y es posible que la salida, si existe, no sea por esa vía.

Paralelamente a Teilhard, el científico Vladimir Vernadsky, padre del cosmismo ruso, desarrolló la teoría de la noosfera no tecnológica, a fines de la década de los 20 del siglo pasado, hace ya un siglo.

La era psicozoica

Vernadsky hablaba de la era por venir como “psicozoica”, o del animal psíquico, posiblemente con reminiscencia de la clasificación de los seres que conocieron los gnósticos.

Según Vernadsky, en la “esfera mental”, la noosfera, la percepción de la realidad será planetaria y exclusivamente mental.

Concebía a la Tierra como superposición de cinco realidades integradas: la litosfera, la atmósfera, la biosfera, la tecnosfera, y la noosfera.

Llegado a este nivel, la estructura y la naturaleza de la noosfera no puede ser explicada sino por una ciencia que sea ella misma cósmica, que todavía no se ha generado.

La civilización cósmica que hacen aparecer Teilhard y Vernadsky opera por medios psíquicos, ya no físicos, y permitirá incluso comunicaciones con seres hoy inaccesibles para nosotros.

Los teóricos del agujero blanco, dentro de esta línea de especulaciones y esperanzas, predicen un cambio de escala, que no se produce a pedido. Pero insisten en que cada vez que ha habido un aumento grande de tráfico de comunicaciones, ha sido acompañado por un cambio inmediato de la civilización.

El cambio actual, por ejemplo el determinado por internet, es mayor que los mayores de otros tiempos. Está muy cerca y quizá por eso lo veamos tan grande, pero si la anticipación del nuevo paradigma es correcta, los cambios que vendrán serán velocísimos Es posible que millones de víctimas queden por el camino, así como hoy hay ancianos que esperan en los cajeros automáticos una ayuda para retirar su dinero.

La capacidad de entender y asimilar el cambio será una cuestión esencial y sin duda un número grande de personas quedará afuera.

No todos están en condiciones de asimilar grandes dosis de novedad. Pero habrá que asimilar o quedar al margen.

Prigogine

Illya Prigogine fue un físico ruso que vivió en Bélgica y en los Estados Unidos. Puso en ecuaciones algunas ideas relacionadas con este futuro, a nivel de su ciencia termodinámica. Las ideas de Prigogine han sido extrapoladas a las ciencias sociales porque la física todavía tiene la delantera en estas materias y obliga a las demás disciplinas a seguirla.

Prigogine desechó las ideas de causa y de creación y expuso sistemas físicos que se organizan a sí mismos, saltando a una complejidad mayor si un flujo fuerte de energía los atraviesa y compromete su estabilidad.

Prigogine advirtió que la termodinámica de su tiempo se centraba en el equilibrio y estudiaba pequeñas desviaciones. Cuando la desviación era grande, aparecían estados nuevos, que llamó “disipativos”, creadores de estructu­ras que existen lejos del equilibrio y necesitan interactuar con el mundo exterior. Entre ellas están los seres vivos y en particular los humanos. Al igual que una ciudad que solamente existe si mantiene intercambios con el exterior, la estructura disipativa desaparece cuando deja de ser “alimentada”.

Prigogine se propone pasar de la física determinista, mecanicista, que trata sus objetos como autómatas, a incorporar en ella al ser humano y su creatividad. Toma una frase de Karl Popper: hay física de los relojes y física de las nubes; el tiempo ya no separa al ser humano del universo.

En cinemática, cambiando el signo del tiempo en las ecuaciones, un móvil que marche hacia adelante irá hacia atrás, el movimiento será reversible. Pero no es así en el tiempo existencial, que es irreversible. Y justamente en termodinámica aparece en física el tiempo irreversible que lleva al desorden. En la ciencia determinista la ley es universal y atemporal; la teoría del caos que creó Prigogine propugna el
indeterminisno, una causalidad que reordena estados caóticos. Es como si hubiera una “memoria” en la materia física que le hace buscar siempre el orden adecuado.

Aportó pruebas empíricas y dio un marco teórico firme para estas ideas, que fuera de la física dejan de ser tan seguras y se vuelven conjeturales.

José Argüelles

Una mención aparte merece el erudito heterodoxo José Argüelles, un visionario estadounidense de padre mexicano, que vivió sus cinco primeros años en México.

Argüelles tomó la idea de la noosfera de Teilhard cuando aún no conocía a Vernadsky. Se interesó por el desvío creciente que sufre nuestra civilización y lo puso en relación con la cultura maya y con la medida del tiempo, uno de los aspectos cuantitativos más notorios de esta época, y que según él era como el termómetro del desvío.

Tenía gran sensibilidad artística, y su obra está más próxima a la intuición genial del artista que a la elaboración concienzuda y metódica del científico. Atraído por las culturas mesoamericanas hizo un trabajo pionero sobre el calendario maya después de una experiencia cuando tenía 14 años en la cima de la pirámide del sol, en Teotihuacán, la ciudad de los sabios toltecas “donde los hombres se convierten en dioses”.

El resultado de la decodificación de las matemáticas contenidas en el calendario maya fue el descubrimiento de su “ley del tiempo”. Argüelles pretende que la humanidad moderna tiene una concepción errónea del tiempo, en lo que coincide con tradiciones de todo el mundo. Por esa concepción errónea, según Argüelles, la civilización se está desviando del orden natural, en un proceso autodestructivo.

Propuso volver al calendario maya de 13 Lunas de 28 días. Encontró que ese ciclo era más que un calendario, era una matriz de sincronización, donde todos los demás sistemas y los recuentos podrían ser sincronizados.

El calendario maya no es solamente solar, como el gregoriano, ni solamente lunar como el hebreo o el musulmán. Es solar y lunar y además tiene en cuenta la rotación del sistema solar alrededor del centro de la galaxia. Por eso la afirmación de sincronía de Argüelles y su propósito de volver a una medida del tiempo a la vez rigurosa y natural.

En marzo de 2002, Argüelles fue honrado como “Valum Votan, Cerrador del Ciclo”. La distinción estuvo a cargo de nueve ancianos de pueblos autóctonos de México en la Pirámide del Sol. Lo reconocieron como el portador de conocimientos para regenerar la ciencia tradicional. Y eran nueve no por casualidad, sino porque es el número que caracteriza al ciclo que se cierra.

La idea del nombre Valum Votan es la del final de una era del mundo y el comienzo de otra, la conclusión del gran ciclo maya en el año 5125 de su calendario. Se corresponde con el fin de un manvantara o gran ciclo en la tradición hindú, un cierre más significativo que el fin de una era o yuga.

El nuevo ciclo se debería iniciar con la extensión de la conciencia a todos los seres vivos, lo que Teilhard entendía como “noosfera” o esfera mental planetaria.

Sus discípulos hacen notar que Argüelles, Valum Votan o “vínculo entre entre ciclos”, murió el 23 de marzo de 2011, exactamente 1328 años después de Pacal Votan, el maestro del ciclo anterior, que desapareció en 683.

De la Redacción de AIM.