El avaro eterno

La avaricia es un vicio muy antiguo, pero cada vez más actual al punto que hoy se esconde su naturaleza  y se lo rehabilita con bajo el aspecto de la  ambición, que implica afán de dominio y manipulación, y es alabado porque es necesario al funcionamiento del mundo moderno.

La avaricia es un vicio muy antiguo, pero cada vez más actual al punto que hoy se esconde su naturaleza y se lo rehabilita con bajo el aspecto de la ambición.

La avaricia, la codicia, el deseo concupiscente de acumular todo a toda costa, existe desde siempre: hoy es dinero,  la palanca del poder, antes fue granos, muebles, esclavos,  tierras o lo que sea.

Avaro es quien acumula siempre más sin creer nunca tener bastante; no comparte nada ni gasta nada. Según Aristóteles  es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuando debe.

Un vicio de actualidad

Como la necesidad de acaparar, de tener para llenar un incolmable vacío de ser, es inagotable, parece hecha como anillo al dedo para la sociedad actual, que promueve el consumo incesante, innecesario y nocivo, y establece como horizonte de vida el tener más y más cosas y tratar como cosa lo que no lo es. La manipulación consiste en este trato reductivo, de menosprecio y empobrecimiento.

Por eso hay una generación de políticos que piensan en llegar a los cargos públicos para enriquecerse a expensas de lo que es de todos,  con la excusa de prestar servicio a  todos y usar todos los medios, incluso los más detestables, porque todos han llegado a parecer equivalentes y se juzgan sólo por su eficacia para lograr los fines del manipulador.

Hay una generación de políticos que piensan en llegar a los cargos públicos para enriquecerse a expensas de lo que es de todos.

Alejo Fernández  Pérez ofrece esta caracterización: “Para el avaro el dinero y lo que este conlleva es el fin de la vida, no un medio para vivir. Está a nuestro lado entre nuestros compañeros, socios, amigos. Es fácil de notar: No se considera compañero, socio ni amigo de nadie, y se caracteriza por hacerles a todos la vida desagradable.

La avaricia no se limita al deseo enfermizo de dinero, tiene una extensión espiritual y social que reviste al avaro de una repugnante sordidez de sentimientos que le incapacitan para el simple gesto de agradecer un favor, para alabar de forma sincera y alegre una buena acción, para participar en los gozos o dolores del prójimo.

En definitiva, el avaro es un ser incapacitado para compartir, para comunicarse y para solidarizarse con los demás. Vive ajeno a la gente que le rodea atento solo a la pasión de  atesorar. Este vicio  genera otros muchos que se potencian entre sí: soberbia, robos, mentiras, maledicencia…”

Cita luego a Martín Luther King, que se preguntó una vez si el “rico“ al que alude Cristo en los Evangelios, del que dice que  es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que él en el reino de los cielos,  no será la civilización occidental en su conjunto.

“¿Cuántas familias se han destrozado porque el marido o la mujer viven sólo para trabajar, olvidándose de la mujer, del marido o de los hijos? ¿Cuántos amistades perdidas por análogo motivo? ¿Valdría la pena?”

En la raíz de la proliferación de un mal que existe desde siempre está la estructura de fondo de la sociedad moderna. En el consumismo el interés es  producir más para consumir más y abusar de los hombres y mujeres.

La consecuencia es la generación de un tipo humano enfermo, al que el pueblo que se mantiene todavía fuera de las tentaciones considera un loco que vive pobre para  morir rico. A ellos les pueden faltar muchas cosas; al avaro, todas.

Los conocemos bien

Aunque parezca extraño porque las palabras se desvían a veces según las conveniencias del poder, son avaros los políticos que buscan puestos expectables en el gobierno con el fin de enriquecerse, gentes cada vez más numerosas y mejor conocidas pero toleradas, tanto que la fuerza de la costumbre los ha hecho casi invisibles.

La sociedad actual promueve el consumo incesante, innecesario y nocivo, y establece como horizonte de vida el tener más y más cosas y tratar como cosa lo que no lo es.
Foto NA: PL

Ellos tratan de ganar elecciones manipulando votantes, comprando de conciencias, ofreciendo prebendas y dádivas que no son sino momentos de una carrera al poder y al enriquecimiento impune.

Su otra parte son los empresarios que  obtienen negocios de la administración mediante sobornos y  que  a veces, como los trenes de Buenos Aires o el reciente incendio de un galpón con documentos en Barracas, terminan en matanzas.

Como siempre, pero actualizados

Antes los avaros guardaban monedas de oro en cajones escondidos en un rincón, que abrían en noches de insomnio -casi todas-  para acariciarlas. Ahora han cambiado los procedimientos, pero su amor por los objetos, el más espurio de todos los amores, sigue siendo el mismo de siempre.

Con el advenimiento de la sociedad industrial la felicidad se  “materializó”. Se abrió el camino del consumismo, que postula que la felicidad es la satisfacción de la suma de necesidades materiales subjetivas. El dinero ya no fue solo un medio de pago o intercambio sino un fin por sí mismo que exigía crecer sin pausa. Se abrió el camino de la actual dictadura del capital parasitario, del que las sucesivas crisis y “burbujas” como la que padeció Europa son ejemplos claros.

La codicia y sus parientes

La definición incluye a la avaricia,  con su prima la codicia, entre los vicios, aunque en la actualidad la tendencia es a ubicarlas entre las enfermedades, incluso encontrarles base genética, de modo que quede

disuelta la responsabilidad moral que implican en una especie de necesidad determinada por la naturaleza de las cosas.

La codicia no viene sola: lleva, ahora sí casi naturalmente, a la deslealtad, la traición para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar o incluso buscar ser sobornado a partir de posiciones expectantes, que conviertan al  codicioso en un puerto en el tráfico de influencias.

A partir del temperamento del avaro se suscitan en la interacción social  la búsqueda de acumular, y con ese fin la  estafa, el robo, la violencia,  engaños y la manipulación de la autoridad, la simonía en el caso de los clérigos.

Para el budismo, por ejemplo,  la avaricia deriva de una equivocación fundamental: entender que la felicidad tiene una base material y que lograda ésta, aparecerá aquella, lo que no les sucede nunca a los avaros, que jamás alcanzan la felicidad: son estatuas escuálidas en un pedestal enorme.

La tendencia a centrarse en el objeto, a confundirlo como objeto de amor cuando debe ser usado de modo reverente, es el arranque de aquel error. Pero de felicidad, nada. ¿Cómo podría ser feliz alguien que no puede dormir con los  dos ojos cerrados porque piensa que si se duerme le quitarán de noche lo que pudo acumular de día?

La alegoría de la avaricia es un lobo hambriento, como aquella perra con hambre inextinguible que abre la Divina Comedia de Dante.

Un festín para insaciables 

La avaricia no es solamente el afán  de atesorar bienes, es también el deseo inmoderado de placeres. Este aspecto la relaciona con la idea moderna  de que el hombre feliz, integrado, normal y de provecho, es el buen consumidor, capaz de integrarse socialmente para  ganar dinero y gastarlo en todo tipo de satisfacciones y placeres.

Sobre todo los jóvenes, que tienen la personalidad en formación  y son propensos a “comprar” sin discernir  lo que se les vende en paquete prestigioso, tienen a suponer que deben vivir la vida a fondo, consumiendo todo sin privarse de nada, ya que privarse es ser infeliz.

Por ese camino, propiamente codicioso, llegan a conocer cómo detrás del consumo inducido sin fin está en vacío sin fin, que nada puede colmar.

La palabra avaricia está relacionada etimológicamente con codicia porque el latín “avarus”,  signigica ansioso, codicioso, deseoso de riquezas sin límite.

“Cuando el amor desordenado de sí mismo se convierte en deseo de los ojos, la avaricia no puede ser retenida. El hombre quiere poseerlo todo para tener la impresión de que se pertenece a sí mismo de una manera absoluta”, dice Tomás de Aquino.

Miseria por dentro

El avaro es un miserable, interno, insalvable. Su estructura psicológica le impone apartarse de los demás hombres, encerrarse en sí mismo para sufrir restricciones y prohibiciones que terminan convirtiéndolo en un mendigo en medio del oro.

El avaro acapara con intención de satisfacer sus conveniencias personales, pero termina arruinando su propia persona, lo que demuestra que no conoce su conveniencia porque no es conciente de su vicio. Es rígido calculador de sus gastos, pero de pronto se libera en el derroche cuando advierte que puede gastar los bienes de otro, por ejemplo los del Estado si es funcionario.

El que tenga ojos para ver, que vea

La codicia está ante los ojos de todos, en la civilización moderna más que en cualquier otra. Cada uno es invitado incansablemente por una publicidad abrumadora a adquirir bienes: desde una gaseosa milagrosa que calma la sed mejor que el agua  hasta los bienes más suntuosos e inútiles. Y para los que ya los poseen uno,  la invitación es adquirir dos o tres.

Los avaros actuales piensan en enriquecerse, pero han aprendido a usar el lenguaje adecuado: se presentan como benefactores, como personalidades dispuestas a aceptar el sacrificio de detentar cargos políticos o empresarios importantes  como acto de servicio. Pero no pueden disimular su verdadero propósito, al punto que la gente que en el fondo participa de sus mismos principios, dice resignda: “roba pero hace”.

Son ya demasiado conocidos los que  buscan  puesto de privilegio  en el gobierno para enriquecerse y hacen arte de la corrupción y del soborno

A mi sombra no crece el pasto

“El hombre que no pone límites a su codicia, siempre tendrá poco, aunque se vea señor del mundo”, escribió Platón hace más de 2000 años. Así sigue siendo ahora porque hay cosas que no cambian. La insuficiencia va por dentro, pero el avaro es ciego para su propio interior.

El avaro no es previsor, no guarda para el futuro. Cuando el momento llega, sigue siendo avaro. Tampoco guarda para sus parientes, de los que recela, ni para amigos que no tiene.

Si presta es usurero y es capaz de perseguir a sus deudores con saña feroz con un  pie en la sepultura. En ese momento, ante la muerte,  el avaro, que ha vivido solo y triste en compañía solo de cosas, ve que nada  ni nadie viene en su ayuda.

Su influencia se ve en que quien toma algo prestado de él se empobrece más que ante cualquier otra circunstancia: Eso, la miseria, es lo que el miserable distribuye a su alrededor.

En cambio el hombre generoso no tiene temor a prestar, sabe que encontrará alguien que lo ayude si necesita pero sobre todo siente aquí y ahora la satisfacción de dar que el avaro ignora por completo y supone una locura.

La actitud “económica” de destruir bienes y alimentos para que aumenten de precio es propia de las crisis de sobreproducción relativa  de nuestro sistema social, pero está firmemente enraizada en la conducta esencial del avaro.

Muere en la pobreza, como vivió, para que sus bienes refuljan en la muerte en manos de sus herederos, que no tardarán en disiparlos como que les han sido regalados.

Los bienes materiales ayudan a vivir, no a morir

La doctrina perenne recomienda ser desprendidos con los bienes materiales, que deben servir como instrumentos para vivir y ser respetados en su dignidad propia y en la medida en que son el resultado del trabajo de otros.

Apegarse a los bienes materiales, considerarlos sin  más como una extensión material de la personalidad propia, es injusticia. “El hombre injusto es el que ansía tener más y se verá afectado por los bienes”, previene Aristóteles. No se trata de tener más para vivir mejor, sino de usar con cuidado lo que hay para vivir bien.

La avaricia no es un vicio censurado, por lo menos si no se la presenta con ese nombre, por la sociedad actual, cuyo interés es  expresar todo en valor monetario, reducir toda calidad a la cantidad.

El dinero y el modo de vida que permite, presentado como el jardín del Edén por la publicidad, es el gancho que usan los medios de comunicación para recomendar el tipo de conducta consumista que buscan, el que permite subsistir a la sociedad de consumo.

El culto al hombre moderno se celebra todos los días en las pantallas de la televisión con la exhibición de empresarios, actrices, famosos de todo origen, semidioses de los que sólo se conoce la cara iluminada.

Nuestra cultura ha llegado a rendir homenaje en sus altares  a tales personalidades sin conocer qué asombro provocaba en los “conquistadores” y “colonizadores” europeos de siglos pasados el advertir  la falta de avidez y la total ignorancia del dinero de los pueblos que encontraron, sobre todo en América.

El hombre Europeo, que comenzó a dudar de todo con Descartes, jamás dudó del valor del dinero y aplicó la misma palabra, “valor”, para el dinero y la ética.

El escritor francés Charles Péguy dice de la situación del hombre europeo de su época, fines del siglo XIX, que con pocas diferencias es la nuestra a este respecto: “El dinero ha  recogido en sí mismo todo cuanto existía de venenoso en lo temporal y ahora es una especie. A causa de una aberración no identificada de un mecanismo, de una alteración de la verdad, de un desorden, de un monstruoso enloquecimiento de la mecánica, aquello que debía servir únicamente para el intercambio ha invadido totalmente el valor intercambiable.

El lúcido autor de “La ciudad socialista” continúa: “No se debe decir solamente, por tanto, que en el mundo moderno la escala de valores se ha invertido. Hay que decir que se ha aniquilado desde el momento que el aparato de medición, de intercambio y de evaluación ha invadido todo valor a medir, intercambiar y evaluar, a lo cual dicho aparato debía servir. El instrumento se ha convertido en la materia, el objeto y el modo”

El avaro revela su debilidad esencial cuando se advierte que acumula con la esperanza de poder disponer como quiera de su propia vida, de que a través del dinero podrá alcanzar una especie de eternidad sacrílega.  Ve su teroro como la prueba de que estará libre de inseguridad y de la dependencia de los demás, inmune a los caprichos de la fortuna y de las calamidades.

Ciego de sí mismo, se vuelve también ciego para todo lo que no sea el dinero y no vive sino para cumplir los designios del dinero, convertido en una fuerza que lo impulsa desde adentro: aumentarlo sin medida. Se convierte en esclavo de un poder material que le envenenó de a poco al corazón.

Un célebre cuadro de Jerónimo Bosch, el Bosco, muestra a la avaricia en los comienzos de la era moderna, cuando se mostró en toda su crueldad: es un juez corrupto, que escucha en aparienca a un campesino que espera su justicia, pero atiende a su mano izquierda, donde recibirá una bolsa de monedas para dar una sentencia adecuada a los deseos del poder. El dinero   hace milagros, como dicen sus panegiristas, pero al revés:  enceguece al que ve, ensordece al que escucha y enmudece al que habla

El avaro espera calmar una sed infinita con bienes finitos: una imposibilidad que salta a la vista, pero que él no está en condiciones de ver.

De la Redacción de AIM.