El cuerpo en verano

Las estaciones del año se diferencian unas a otras, y también nos influyen a la hora de alimentarnos. Es así que durante el verano no comemos al igual que lo hacemos en invierno. Asimismo, cuando hace frío, la idea de emprender hábitos saludables se desvanece a medida que transcurren los días. Además, la cantidad de ropa que usamos hace que el exceso en las comidas pueda disimularse más fácilmente. Sin embargo, “en verano es otra la historia, la medida de nuestra determinación se vuelve evidente”, afirmó a AIM la Licenciada en Psicología Eliana Humhofe.

En verano, recurrimos a dietas pensando que nos solucionarán el problema del sobrepeso o la obesidad de un momento a otro.

En ese momento, recurrimos a dietas relámpago, esperando que sean milagrosas, tomamos suplementos, y compramos los elementos para realizar actividad física. El objetivo: Lograr “el cuerpo del verano”, delgado, tonificado y bronceado que se nos presenta como ideal. Sin embargo, no importa cuán motivados arranquemos, no logramos sostener esa determinación en el tiempo. En algún momento, perdemos la motivación y nos sentimos frustrados.

Si estábamos tan convencidos, ¿cómo puede ser que abandonemos tan fácil? En realidad, fallar era inevitable. ¿Por qué? Porque nuestra actitud hacia nuestro cuerpo era equivocada. Sucede que ese cuerpo bronceado y estilizado no es parte de nosotros: Es un producto a consumir. Se nos presenta como algo que, mágicamente, cambiará y automáticamente modificará nuestras vidas.

La profesional explicó que, de todos modos, “llegar al objetivo no es un proceso fácil, y si bien puedo llegar a verme y sentirme mejor, no se trató de algo mágico. Con el tiempo, nos daremos cuenta que somos la misma persona, con los mismos problemas, más allá de los cambios físicos que logré. Sostener los hábitos no serán tarea fácil y comenzaré a tener deslices: Un permitido un día, menos ejercicio físico, poco tiempo para cocinar, lo que derivó en comer algo al pasar. Este patrón se empieza a repetir y, de pronto, me encuentro con que subí de peso, nuevamente. Este es el momento crítico, que vuelve a repetirse: Empiezo a atacarme, criticándome duramente, juzgando todas las supuestas imperfecciones físicas que puedo encontrar. Con frecuencia, tratamos de motivarnos criticándonos”. Si bien esto a veces funciona, tiene un precio caro: nuestra autoestima.

Entramos en la modalidad “ataque/huida”, para evitar las consecuencias negativas que imaginamos. Nos sentimos desbordados y terminamos buscando un escape sea comiendo, tomando o gastando en exceso, lo que nos hace sentir aún peor. En estos momentos, necesitamos una dosis de compasión y una mejor manera de relacionarnos con nosotros mismos.

Ahora bien, el verdadero ejercicio consiste en cambiar de objetivo. En ese caso, en lugar de buscar mágicamente un cuerpo perfecto, se trataría de construir una relación integrada y armoniosa con él.

La compasión hacia vos misma te ayuda a lograr los objetivos

Una dosis de compasión nos puede dar el empuje que la voluntad necesita para lograr nuestros objetivos.

Cuando nos frustramos o fracasamos en algo, nuestra tendencia natural es preguntarnos “¿en qué me equivoqué?” en vez de decir “hice lo mejor que pude en ese momento”. En lugar de agredirnos o criticarnos cuando no podemos, pensemos con compasión y empatía: “lo estoy intentado y no siempre va a salir bien porque soy un ser humano”. Sin embargo, ésto no quiere decir que usemos estas emociones como excusas para no hacer, sino para reconocerlas en mí y aceptarlas.Este cambio podemos conseguirlo cuando dejamos de ver a nuestro cuerpo como algo a comandar y controlar. Para tener éxito debemos ver a nuestro cuerpo como un ente vivo y construir una relación con él. No es suficiente con decirme soy hermoso/a para creerlo y no es necesario sentirme hermoso para cuidar de mi cuerpo.

Si la voluntad es un músculo, agregar la autocrítica a la balanza vuelve la carga demasiado pesada. Irónicamente cuanto más crueles somos en nuestras críticas a nosotros mismos, más rebeldes nos volvemos y queremos tirar todo por la borda.El malestar emocional interfiere con nuestra capacidad de atención y puede desviarnos de nuestros objetivos saludables, porque generalmente lo descargamos comiendo o en otros comportamientos dañinos. La compasión nos ayuda a regular este malestar.

Es importante reconocer que, muchas veces, no hacemos las cosas que debemos porque nuestras necesidades emocionales no están siendo satisfechas y el enojo que nos genera esta situación no nos permite actuar. Resulta necesario darnos cuenta que no podemos exigirnos como si fuéramos robot.

A modo de ejemplo, cuando tenemos necesidades insatisfechas de sueño, diversión o compañía, la falta nos genera sufrimiento, lo que interfiere en el logro de nuestras metas. Así mismo, la compasión reconoce este dolor y nos permite tomarnos el tiempo para reponernos y lograr un balance emocional. El mindfulness nos permite salir del modo de accionar automático y preguntarnos: ¿Es esto lo que quiero hacer? o ¿necesito volver a equilibrarme? Y la compasión añade, ¿es esto algo que necesito?

En lugar de criticarnos, tomemos estas dificultades como oportunidades para obtener una mayor aceptación y conocimiento de uno mismo. Todo esto hace que el proceso de descenso de peso sea menos doloroso, con hábitos sostenidos en el tiempo, lo que decantará en una menor probabilidad de abandono. La compasión nos ayuda a reconocer esos momentos de debilidad en una vida de fortalezas, donde cada uno de nosotros es dueño de elegir como será el siguiente momento de nuestra vida.

De la Redacción de AIM.