El dinero, dios de la modernidad

La extinción de las antiguas creencias “esencialistas”, por ejemplo las religiosas,  ha sido presentada como un progreso  por los modernistas y posmodernistas  que con demasiada rapidez enjuician el pasado sin conocerlo a fondo y le contraponen un presente ideologizado. 

El dinero, dios de la modernidad (y el poder).

Carlos Marx, que estudió la sociedad y le retiró algunas de sus veladuras ideológicas más resistentes, dice del poder del dinero y de la actitud del avaro: “El dinero no sólo está en condiciones de representar todas las riquezas en cuanto medida de su valor; hay en éste, en el material que lo constituye y en el uso que los hombres hacen del mismo, también una extraordinaria fuerza simbólica, que mediante la evocación del fantasma de la idolatría, es capaz de dar una connotación ética a las riquezas en sentido negativo, aumentando de este modo el peso específico de la culpa de todos aquellos que lo aman demasiado”.

El dinero es entonces un ídolo, un dios falso, al que todos debemos  entregar (no sacrificar porque esta palabra significa “hacer sagrado”) nuestra libertad. Tal es la esencia de la civilización moderna: los bienes que permite adquirir el dinero no serán utilizados sino solo deseados, o si entran en la esfera de mi propiedad, pronto perderán encanto y será necesario buscar otros. El hombre moderno baila al son de las monedas, quiera o no quiera, sepa o no sepa y quiere ser feliz de esa manera.

Morir por bienes que son para vivir

La doctrina perenne recomienda ser desprendidos con los bienes materiales, que deben servir como instrumentos para vivir y ser respetados en su dignidad propia y en la medida en que son el resultado del trabajo de otros.

Apegarse a los bienes materiales, considerarlos sin  más como una extensión material de la personalidad propia, es injusticia. “El hombre injusto es el que ansía tener más y se verá afectado por los bienes”, previene Aristóteles. No se trata de tener más para vivir mejor, sino de usar con cuidado lo que hay para vivir bien.

La avaricia no es un vicio censurado, por lo menos si no se la presenta con ese nombre, por la sociedad actual, cuyo interés es  expresar todo en valor monetario, reducir toda calidad a la cantidad.

El dinero y el modo de vida que permite, presentado como el jardín del Edén por la publicidad, es el gancho que usan los medios de comunicación para recomendar el tipo de conducta consumista que buscan, el que permite subsistir a la sociedad de consumo.

El culto al hombre moderno se celebra todos los días en las pantallas de la televisión con la exhibición de empresarios, actrices, famosos de todo origen, semidioses de los que sólo se conoce la cara iluminada.

Nuestra cultura ha llegado a rendir homenaje en sus altares  a tales personalidades sin conocer qué asombro provocaba en los “conquistadores” y “colonizadores” europeos de siglos pasados el advertir  la falta de avidez y la total ignorancia del dinero de los pueblos que encontraron, sobre todo en América.

El hombre Europeo, que comenzó a dudar de todo con Descartes, jamás dudó del valor del dinero y aplicó la misma palabra, “valor”, para el dinero y la ética.

El escritor francés Charles Péguy dice de la situación del hombre europeo de su época, fines del siglo XIX, que con pocas diferencias es la nuestra a este respecto: “El dinero ha  recogido en sí mismo todo cuanto existía de venenoso en lo temporal y ahora es una especie. A causa de una aberración no identificada de un mecanismo, de una alteración de la verdad, de un desorden, de un monstruoso enloquecimiento de la mecánica, aquello que debía servir únicamente para el intercambio ha invadido totalmente el valor intercambiable.

El lúcido autor de “La ciudad socialista” continúa: “No se debe decir solamente, por tanto, que en el mundo moderno la escala de valores se ha invertido. Hay que decir que se ha aniquilado desde el momento que el aparato de medición, de intercambio y de evaluación ha invadido todo valor a medir, intercambiar y evaluar, a lo cual dicho aparato debía servir. El instrumento se ha convertido en la materia, el objeto y el modo”

El avaro revela su debilidad esencial cuando se advierte que acumula con la esperanza de poder disponer como quiera de su propia vida, de que a través del dinero podrá alcanzar una especie de eternidad sacrílega.  Ve su teroro como la prueba de que estará libre de inseguridad y de la dependencia de los demás, inmune a los caprichos de la fortuna y de las calamidades.

Ciego de sí mismo, se vuelve también ciego para todo lo que no sea el dinero y no vive sino para cumplir los designios del dinero, convertido en una fuerza que lo impulsa desde adentro: aumentarlo sin medida. Se convierte en esclavo de un poder material que le envenenó de a poco al corazón.

Un célebre cuadro de Jerónimo Bosch, el Bosco, muestra a la avaricia en los comienzos de la era moderna, cuando se mostró en toda su crueldad: es un juez corrupto, que escucha en aparienca a un campesino que espera su justicia, pero atiende a su mano izquierda, donde recibirá una bolsa de monedas para dar una sentencia adecuada a los deseos del poder. El dinero   hace milagros, como dicen sus panegiristas, pero al revés:  enceguece al que ve, ensordece al que escucha y enmudece al que habla

El avaro espera calmar una sed infinita con bienes finitos: una imposibilidad que salta a la vista, pero que él no está en condiciones de ver.

 

Como antes, pero peor

Antes los avaros guardaban monedas de oro en cajones escondidos en un rincón, que abrían en noches de insomnio -casi todas-  para acariciarlas. Ahora han cambiado los procedimientos, pero su amor por los objetos, el más espurio de todos los amores, sigue siendo el mismo de siempre.

Con el advenimiento de la sociedad industrial la felicidad se  “materializó”. Se abrió el camino del consumismo, que postula que la felicidad es la satisfacción de la suma de necesidades materiales subjetivas. El dinero ya no fue solo un medio de pago o intercambio sino un fin por sí mismo que exigía crecer sin pausa. Se abrió el camino de la actual dictadura del capital parasitario, del que las sucesivas crisis y “burbujas” como la que padeció Europa son ejemplos claros.

De la Redacción de AIM.