El niño lector… ¿Una especie en extinción?

“El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”… Claro que siempre se puede intentar. Adelante: “¡Ámame!” “¡Sueña!” “¡Lee!” “¡Lee! ¡Pero lee de una vez, te ordeno que leas, caramba!” -¡Sube a tu cuarto y lee! ¿Resultado? Ninguno.

Se ha dormido sobre el libro. La ventana, de repente, se le ha antojado inmensamente abierta sobre algo deseable. Y es por ahí por donde ha huido para escapar del libro. Pero es un sueño vigilante: el libro sigue abierto delante de él. Por poco que abramos la puerta de su habitación le encontraremos sentado ante su mesa, formalmente ocupado en leer. Aunque hayamos subido a hurtadillas, desde la superficie de su sueño nos habrá oído llegar.

-¿Qué, te gusta?

No nos dirá que no, sería un delito de lesa majestad. El libro es sagrado, ¿cómo es posible que a uno no le guste leer?”

“Los chicos no leen” es una expresión que se escucha muy seguido. Y últimamente, la versión actualizada de esa sentencia es “los chicos de ahora no leen”, haciendo referencia a cómo -cuando de atraer la atención de los niños se trata- aparentemente los libros quedan rezagados, detrás el ejército de las nuevas tecnologías y el encantamiento de lo virtual, bajo la forma de juegos y redes sociales.

Y como cada vez que las cosas se plantean en términos absolutos de “blanco o negro”, “o una cosa o la otra”, las alternativas se reducen, y la sensación que aparece es la de estar perdiendo algo en lugar de sumar, integrando lo nuevo.

Afortunadamente, cuando uno puede atravesar la tajante generalización de “los chicos”, se encuentra con ciertos especímenes raros: ¡parece ser que hay chicos de ahora que SÍ leen! Chicos que -además de chatear, clickear “me gusta” o jugar en red- también son capaces de disfrutar de una buena historia, leída o contada.

Pero entonces… ¿qué es lo que hace que un niño desarrolle o no el interés por leer? No se trata de la ausencia de otros estímulos más novedosos, ni de una cuestión de imposición por parte de los adultos, eso está clarísimo.

El gusto por la lectura, por escuchar relatos, por leer solos, por manipular los libros, es algo absolutamente singular. El vínculo que se establece con la literatura es puramente subjetivo, diferente para cada niño, en cada ocasión.

Si bien es cierto que, de acuerdo a la edad, podrán mostrar intereses comunes (cuentos clásicos, de animales, de hadas, fábulas, novelas de misterio, de detectives, de terror, etc.) la verdadera relación con la lectura es individual. Cada uno tendrá sus gustos, sus preferencias, su momento para encontrarse con lo que le depara el relato narrado o escrito. Por eso las grandes dificultades a la hora de intentar instalar la lectura -casi por la fuerza- como algo masivo, obligatorio y curricular.

En su artículo: “¿Es posible leer en la escuela?”, Delia Lerner hace hincapié en la desnaturalización que ha sufrido la lectura en el ámbito educativo, y propone revisar el sentido de la misma, intentando una articulación entre los propósitos didácticos, y los propósitos del alumno:

“Para que la lectura como objeto de enseñanza no se aparte demasiado de la práctica social que se quiere comunicar, es imprescindible “representar” –o “re-presentar” en la escuela los diversos usos que ella tiene en la vida social.

En consecuencia, cada situación de lectura responderá a un doble propósito: por un parte enseñar y aprender algo acerca de la práctica social de la lectura (propósito cuya utilidad, desde el punto de vista del alumno, es mediata); por otra parte cumplir con un objetivo que tenga sentido desde la perspectiva actual del alumno.”

Es decir, sin perder de vista el objetivo didáctico, el desafío está en poder cautivar, interesar a los niños por esta práctica, y esto depende – en gran medida- en la forma en que es transmitida por los adultos, haciendo de la lectura algo significativo para quienes están aprendiendo.

¿“Y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?”-se pregunta Daniel Pennac en su texto “Como una novela”-

En relación a esto, el docente juega un rol fundamental: encarnando los comportamientos típicos del lector, brindándole a sus alumnos la posibilidad de participar en actos de lectura que él mismo está realizando (leer un cuento, buscar información en una enciclopedia, compartir un texto que le gustó, etc.) en definitiva, vinculándose con ellos “de lector a lector”, sin perder de vista el propósito didáctico, ya que, según plantea M.E Dubois en su artículo “Algunos interrogantes sobre la comprensión de la lectura”:

“Se puede hablar de enseñar en dos sentidos: como un ´hacer que alguien aprenda algo´ (…) o como un ´mostrar algo´ (…) La idea de enseñar la lectura en esta última forma (…) sería mostrar al niño la manera en que los adultos utilizamos la lectura, del mismo modo que le mostramos la manera en que utilizamos el lenguaje oral.”

De la misma forma, la transmisión del interés por la lectura -fuera del ámbito escolar, pero intrínsecamente vinculado con éste- tiene su espacio privilegiado en el hogar.

Es importante mencionar que, aunque en algún momento pueda llegar a convertirse en un hábito por demás saludable, la lectura también tiene otra cara, la cara de lo placentero. Donde más que la firme voluntad de repetir un ritual vacío, entran en juego el placer, el interés y el disfrute. Y es justamente en el hogar, donde esta experiencia placentera de la lectura puede comenzar a instalarse desde muy temprana edad.

Si a los adultos les interesa genuinamente la lectura, el leer o escuchar cuentos cada noche, por ejemplo, seguramente se instalará con mucho menos esfuerzo en la rutina familiar, como un momento esperado y disfrutado por los grandes y los chicos.

Otros espacios interesantes que pueden abrirse con los más grandes, -que ya leen solos, y se animan a las novelas e historias más largas- son aquellos en donde puedan intercambiar con los adultos sus impresiones y opiniones sobre lo que van leyendo. Leer “en paralelo” (pero cada uno por su lado) con los hijos algún texto, o alguna novela, no sólo enriquecerá a los adultos, sino que será una oportunidad importante para compartir y conectarse con los púberes y adolescentes desde otro lugar.

Las soluciones mágicas sólo existen, justamente, en los cuentos.

Hacer espacio para que aparezca la curiosidad, el interés por leer, escuchar y hasta inventar historias, para luego crear y sostener el hábito en los más chicos, se verá facilitado si los adultos que los rodean disfrutan y valoran ellos mismos el acto de leer. Eso es mucho más eficaz que cualquier postura que implique “hay que” (hay que leer todos los días, hay que terminar el libro que empezaste, hay que responder las preguntas que te hago a ver si entendiste la historia).

En cambio…

Si los adultos leen, les gusta y se les nota,

Si hay libros, que no sólo están ordenados en la biblioteca, sino que circulan, están en movimiento,

Si los niños tienen sus propios libros y los aprenden a valorar y cuidar,

Si pueden leer cuando tienen ganas, varios libros a la vez, o de a uno,

Si se los estimula a leer “porque sí”, y no sólo “para” (para resolver una tarea escolar, por ejemplo),

Si se les permite que dejen un libro sin terminar, porque no les gustó o dejó de interesarles,

Si hay tiempo para debatir, intercambiar opiniones e ideas sobre una lectura,

Si hay alguien que accede a contarles una y otra vez, miles de veces el mismo cuento favorito, hasta la exageración…

Entonces es muy probable que allí crezcan pequeños lectores, curiosos, creativos e inquietos, que podrán utilizar la lectura como una herramienta sumamente útil para concretar diferentes propósitos: buscar información, realizar una lectura crítica, emitir opiniones, tomar posición respecto de lo que se lee, pero además, podrán recurrir a ella como fuente inagotable de placer.

En definitiva, como propone Pennac: “Leer, leer, y confiar en los ojos que se abren, en las caras que se alegran, en la pregunta que nacerá, y que arrastrará otra pregunta.”

Porque de alguna manera, leer es sumergirse en otros mundos dentro del propio mundo. Es estar dispuestos a abrir la puerta a aquello que nos enriquece y transforma, y nos permite también pensar y transformar lo que nos rodea.

Y poder crear desde sus espacios primarios de pertenencia – el hogar y la escuela- las condiciones para que los niños desde pequeños dispongan de esa capacidad de transformación, implica ampliarles las posibilidades para que puedan armar su propia historia, esa que empieza a escribirse justo después del “colorín colorado”.

Por la Lic. Valeria Prohens para Infancia en Movimiento.-