Escalada de xenofobia en Alemania

Es el lunes 27 de agosto en Chemnitz. La patota neonazi domina las calles de la ex Ciudad Carlos Marx, la tercera en habitantes del estado federado de Sajonia, en la antigua Alemania del Este. Los monoblocks de arquitectura socialista aun dibujan el paisaje, como una metáfora de la sensación difusa de muchos de sus 250 mil habitantes de que todavía son ciudadanos de segunda, convidados de piedra en la democracia liberal de la Alemania unificada en 1990. 

Manifestantes de la ultraderecha marchan este sábado en la ciudad alemana de Chemnitz contra la llegada de inmigrantes. /AFP

“¿Cómo puede ser que el gobernador diga que está afectado por lo que vio? Él es el jefe de gobierno”, se indigna una mujer ante las cámaras de televisión. “Los políticos no saben lo que le pasa a la gente, desconocen sus problemas”, agrega en una suerte de “que se vayan todos”.

Aunque en Chemnitz y otras ciudades de Sajonia hubo oleadas de manifestaciones xenófobas en las últimas dos décadas, no se recuerdan tan virulentas ni agresivas. En una marcha convocada por redes sociales el domingo, los neonazis salieron a la “caza del inmigrante” a plena luz del día. El lunes, otros hicieron el saludo hitleriano (un delito en Alemania) sin ningún pudor, delante de una policía que parecía desbordada e impotente. Los xenófobos no estaban solos. Junto a ellos, miles de ciudadanos “comunes” se sintieron llamados a denunciar a la “prensa mentirosa”, un término utilizado por la propaganda nacionalista.

“El problema no son los neonazis”, tituló el diario Die Zeit, en referencia a esa parte de la opinión pública que (sobre todo en el Este de Alemania) da credibilidad a las mentiras, medias verdades y noticias falsas que difunde la extrema derecha. Los inmigrantes, en particular los refugiados de países musulmanes, son el chivo expiatorio para toda una serie de temores sobre el futuro, tengan o no fundamento. Lo mismo parece indicar el que muchos de los ataques xenófobos ocurridos en los últimos tres años fueran perpetrados por personas sin antecedentes penales ni afiliación a organizaciones extremistas.

“Hay una parte de la sociedad con un pensamiento de homogeneidad étnico-nacionalista que teme que si no actúa ahora, en 15 o 25 años el pueblo alemán va a desaparecer”, explica el profesor Fabian Virchow, de la Universidad de Düsseldorf, en un dossier de la oficina alemana de formación política. Esa ideología dio lugar a movimientos como Pegida, acrónimo en alemán de “patriotas europeos en contra de la islamización de Occidente”, y se exacerbó desde 2015, cuando la canciller Angela Merkel decidió no cerrar las fronteras para evitar una catástrofe humanitaria con los miles de migrantes varados en la Hungría de Viktor Orban. Alemania acogió desde entonces a más de un millón de refugiados. En paralelo, sufrió una serie de atentados perpetrados por peticionarios de asilo, como el atropello de diciembre de 2016 en Berlín que costó la vida a 12 personas.

A este miedo al cambio forzoso de la composición étnica de la población que propaga la extrema derecha y al temor al terrorismo se suman nuevas inseguridades económicas y sociales. En la Alemania motor de la Unión Europea, con superávit y récord de empleo, las viejas certezas vienen desapareciendo al ritmo de la concentración de la riqueza: las jubilaciones ya no rinden para una vejez tranquila, el trabajo se vuelve precario y la vivienda dejó de ser un derecho para convertirse en una inversión lucrativa de fondos radicados en paraísos fiscales. Los alquileres se disparan, el descontento crece. Los crímenes cometidos por inmigrantes (como los abusos sexuales masivos en la fiesta de año nuevo en Colonia en 2016 y los asesinatos de mujeres jóvenes en Freiburg y Kandel) abonan la rabia transformándola en xenofobia.

“La derecha en Europa simplifica el discurso político con el marco conceptual de la amenaza latente, mantiene constantemente la sensación de que estamos en peligro“, explica el politólogo Franco Delle Donne. “Le da a los hechos delictivos una dimensión que se construye desde la política. Si aumentó o no la criminalidad es un falso dilema. Lo que hace la derecha es relacionar dos campos semánticos”, delito e inmigración, agrega.

La muerte del alemán de origen cubano Daniel Hillig, apuñalado en Chemnitz por un refugiado iraquí y un cómplice sirio, fue la válvula de escape para una nueva espiral antiinmigración en momentos en que las expresiones racistas llegaron al centro neurálgico de la democracia parlamentaria alemana, el Bundestag. Allí, los líderes del principal partido de oposición, la Alternativa para Alemania (AfD), insultan a los refugiados de guerra con frases hechas equiparables a “los parásitos judíos” de los que hablaban los nazis. Después de los sucesos de Chemnitz, la diputada Alice Weidel volvió a referirse a los solicitantes de asilo como “portadores de cuchillos y otros inútiles mantenidos”.

“La AfD corrió los límites de lo políticamente correcto y generó un discurso que legitima lo que pasó en Chemnitz” (con los neonazis), explica Franco Delle Donne, coautor del libro “Factor AfD”. Para el consultor político argentino, este partido representa “una revolución contracultural que busca romper consensos que eran ampliamente aceptados. Y en eso coincide con otros partidos ultraderechistas en Europa“.

Este sábado en Chemnitz, la AfD llamó a una “marcha de luto” junto a otras manifestaciones convocadas por Pegida y asociaciones neonazis como ProChemnitz.

A la vez, hubo manifestaciones en contra de la violencia xenófoba y a favor de la convivencia pacífica con los inmigrantes.

Hasta ahora dispersada en grupos sin estructura, la extrema derecha alemana habla de un punto de inflexión que debe aprovechar para lograr su objetivo: derrocar al gobierno de Angela Merkel y a todo un sistema político que cree que no la representa ni defiende.

Clarin