Femicidios en alza

La violencia contra las mujeres, según las Naciones Unidas, es  una pandemia que afecta a la mitad de la población mundial. Sus datos indican que hasta el 70 por ciento  de las mujeres son víctimas de violencia en algún momento de sus vidas.

La violencia contra las mujeres, según las Naciones Unidas, es  una pandemia que afecta a la mitad de la población mundial.

La definición de las Naciones  Unidas es: “todo acto de violencia de que resulte o pueda resultar un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.

Los datos que ha recogido la organización mundial son claros respecto de la importancia del problema, poco visible debido a los prejuicios connaturales al  patriarcalismo, que tienden a considerar natural lo que no lo es.

El 38 por ciento de los asesinatos de mujeres cometidos en el mundo son cometidos por sus parejas. Es en el  ámbito familiar y de pareja donde se produce el mayor número de casos de violencia contra la mujer, ya sea física, sexual o psicológica: el 50 por ciento de los asesinatos de mujeres en el mundo son cometidos por un familiar o compañero sentimental y el 35 por ciento de las mujeres habrían sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja.

Unos 120 millones de niñas de todo el mundo, más de una de cada 10, han sufrido en algún momento violación u otro tipo de relaciones sexuales forzadas.

La trata de personas es  una trampa para mujeres y niñas que son objeto de la explotación sexual (4,5 millones de personas en el mundo).

Más de 133 millones de niñas y mujeres han sufrido algún tipo de mutilación genital.

Ser niña es un factor de riesgo, junto con pertenecer a una clase desfavorecida o a una minoría. 250 millones de niñas en el mundo son casadas con menos de 15 años. Son  las más vulnerables a la violencia ejercida por el esposo.

El problema es muy antiguo, entronca con las relaciones  históricas de poder entre varones y mujeres, en el patriarcalismo que determina una estructura social que implica el dominio del hombre y la minoridad perpetua de las mujeres.

En todo tiempo hubo mujeres con fuerza suficiente para romper las ataduras sociales y familiares. Dice la historia que Agripina, madre de Nerón, quiso instalar en Roma las costumbres germanas que permitían a las mujeres ser reinas y gobernar, y  como sacerdotisas decidir sobre la paz y la guerra y provocar la muerte ritual de los guerreros. El propósito de Agripina era convertirse en emperadora de Roma, lo que finalmente no consiguió porque antes la venció la locura.

Cuando el capitalismo vio la necesidad y la conveniencia de incorporar a mujeres y niños a la producción, muchas veces los pequeños encadenados a las máquinas en Inglaterra, se despertó la idea de reivindicar derechos,  ya que quien produce en condiciones de mercado necesariamente debe recibir algo a cambio. Hasta ese momento, las mujeres trabajaban, pero dentro de sus casas, como animales domésticos,  de manera invisible, sin salario ni reconocimiento. Cuando fueron obreras y empleadas, el cambio de condiciones provocó también un cambio de mentalidad.

Aparecieron los feminismos modernos,  que desde  el siglo XIX y durante el siglo XX pusieron a la luz la situación subalterna de la mujer, que era ampliamente explotada por el capitalismo, tanto como explota los recursos naturales del tercer mundo sin dar nada a cambio de su pérdida irremediable. Por ejemplo, paga la soja según su precio en el mercado sin incluir en el precio la degradación irreversible del suelo. Cuando gracias a la complicidad de los gobiernos consiga extraer hidrocarburos mediante el fracking para llevarlos al primer mundo, no pagará el envenenamiento del agua ni la transformación en desiertos de zonas hoy fértiles.

De la misma manera, el trabajo de las mujeres, aunque rinda igual o más que el de los varones, no se paga igual por razones ajenas a la economía, vinculadas con su milenaria subordinación, que producen al empleador un “plus” al que no quiere renunciar pero crea en las mujeres la conciencia de que están siendo explotadas y necesitan corregir la situación.

La violencia contra las mujeres, sobre todo la doméstica, era una cuestión privada que no se veía aunque estuviera ante los ojos y en la que no había que meterse sin vulnerar costumbres ancestrales.

Hoy la violencia no ha cesado, pero la conciencia ha aumentado de modo que parece cada vez menos tolerable.

Urge tomar medidas de protección que sin embargo no dan  todos los resultados esperados porque los encargados de hacerlas cumplir siguen tributarios de la mentalidad patriarcal. Aunque no parezca, en este punto las mujeres son parte del problema  porque son las encargadas tradicionales en el patriarcalismo de transmitir a la descendencia los valores sociales fundamentales, los valores patriarcales.

El cambio de ambiente se evidencia por ahora con declaraciones que a la larga pueden tener el efecto de arrinconar en la ilegalidad la violencia contra las mujeres. En 1993 las Naciones Unidas  ratificaron la declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. Esta declaración  afirma que esta violencia es un grave atentado contra los derechos humanos de la mujer y de la niña y reconoce «la urgente necesidad de una aplicación universal a la mujer de los derechos y principios relativos a la igualdad, seguridad, libertad, integridad y dignidad de todos los seres humanos»

Desde que el asunto se mira con otros ojos, las leyes que van apareciendo  parten de que la violencia contra la mujer es una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre los sexos, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales fundamentales por los que se fuerza a la mujer a una situación de subordinación respecto del hombre.

Aparecieron los feminismos modernos,  que desde  el siglo XIX y durante el siglo XX evidenciaron la situación subalterna de la mujer, que era ampliamente explotada por el capitalismo, tanto como explota los recursos naturales del tercer mundo sin dar nada a cambio de su pérdida irremediable. Por ejemplo, paga la soja según su precio en el mercado sin pagar  la degradación irreversible del suelo. Cuando consiga gracias a la complicidad de malos gobiernos extraer hidrocarburos mediante el fracking para llevarlos al primer mundo, no pagará el envenenamiento del agua ni la transformación  en desiertos de zonas  fértiles.

De la misma manera, el trabajo de las mujeres, aunque rinda igual o más que el de los varones, no se paga igual por razones ajenas a la economía, vinculadas con su milenaria subordinación, que producían al empleador un “plus” al que no quiere renunciar pero crea en las mujeres la conciencia de que están siendo explotadas y necesitan corregir la situación.

La violencia contra las mujeres, sobre todo la doméstica, era una cuestión privada que no se veía aunque estuviera ante los ojos y en la que no  había que meterse sin vulnerar costumbres ancestrales.

Hoy la violencia no ha cesado, pero la conciencia ha aumentado de modo que parece cada vez menos tolerable y urge tomar medidas de protección que sin embargo no dan  todos los resultados esperados porque los encargados de hacerlas cumplir siguen tributarios de la mentalidad patriarcal, aunque no parezca sobre todo las mismas mujeres, que son las encargadas en el patriarcalismo de transmitir a la descendencia los valores sociales fundamentales.

El cambio de clima se evidencia por ahora con declaraciones que a la larga pueden tener el efecto de arrinconar en la ilegalidad la violencia contra las mujeres. En 1993 las Naciones Unidas  ratificaron la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. Esta declaración  afirma que esta violencia es un grave atentado contra los derechos humanos de la mujer y de la niña y reconoce «la urgente necesidad de una aplicación universal a la mujer de los derechos y principios relativos a la igualdad, seguridad, libertad, integridad y dignidad de todos los seres humanos»

Desde que el asunto se mira con otros ojos, las leyes que van apareciendo  parten de que la violencia contra la mujer es  una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales fundamentales por los que se fuerza a la mujer a una situación de subordinación respecto del hombre.

Hace unos 40.000 años, según conjeturas, la familia humana estaba constituida, como la de los osos, por la madre y sus hijos. La incorporación del padre se debió posiblemente a la necesidad de defensa, sobre todo de la prole. No obstante, la familia natural sigue siendo la madre con sus hijos, y ésta se está volviendo cada vez más numerosa, pero no por un regreso a la naturaleza que está cada vez más lejos, sino por la disolución creciente de las relaciones patriarcales, que se instauraron cuando el padre tomó la conducción de la familia.

La familia patriarcal puede parecer en ruinas pero de una u otra manera subsiste, como arquetipo en la mente de mucha gente que de la boca para afuera la repudia.

Dentro de la familia patriarcal, la mujer era un  objeto propiedad del hombre, cosa que aparece una y otra vez en los  frecuentes asesinatos de mujeres a manos de sus parejas, que dicen o piensan en el momento del crimen: “serás mía o de nadie”, para poner de relieve una enfermedad paroxística de celis pero también un arquetipo de familia que tiene decenas de miles de años de antigüedad y reaparece en los momentos de reducción de las estructuras mentales al primitivismo.

En la antigüedad clásica griega y romana al patriarca pertenecían los bienes materiales de la familia y sus miembros. La mujer, uno de esos bienes,   pasaba de las manos del padre a las manos del esposo, y en algunos casos a las de sus hijos varones. Los hombres tenían toda la autoridad sobre ella;  podían decidir, incluso, sobre su vida. La mujer estaba excluida de la sociedad porque integraba al patrimonio familiar, en que su tarea era reproductora y doméstica.

El paterfamilias, según el derecho romano,  tenía sobre sus hijos derecho a vida y muerte; podía venderlos como esclavos en territorio extranjero, abandonarlos al nacer o entregarlos a manos de los familiares de sus víctimas si habían cometido algún delito; desposarlos y pactar o disolver sus matrimonios. Pero los varones pasaban a ser paterfamilias cuando moría el padre, pero las mujeres permanecían de por vida subordinadas al poder masculino, sea el padre, el suegro o el marido.

Este esquema patriarcal puro fue atemperado en tiempos posteriores, dentro de Roma.  Se acabó el derecho sobre la vida de las mujeres. Se la podía ajusticiar, pero no el marido sino la comunidad. Un ejemplo de esta estructura es la mujer adúltera del evangelio, que fue traída a la presencia de Jesús con el fin de tenderle a éste una trampa, para que objetara la ley patriarcal judía. Le dijeron que había sido sorprendida en adulterio y por eso debía ser lapidada, es decir, ajusticiada a pedradas por la comunidad. Pero como ésta tenía ese derecho, Jesús lo admitió con la sola condición de que arrojara la primera piedra quien estuviera libre de pecado. Nadie quiso mostrarse libre de pecado frente  a los demás, lo que le podría reportar otra clase de problemas y se fueron retirando de a uno. A la pregunta de Jesús, dirigida a la mujer, de dónde están los que la condenaban, ella le dijo que se habían ido todos. “Ellos no te condenaron,  yo tampoco te condeno”. No enfrentó la ley ni la cumplió.

En Roma la mujer consiguió el derecho al divorcio en  igualdad con el hombre, ya no se mostraba como abnegada y sumisa, sobre todo en las clases altas, donde incluso algunas mujeres ricas se inscribieron como pupilas en los prostíbulos para tener libertades sexuales.

Finalmente, el libertinaje de las clases altas fue proverbial y ejemplar hasta ahora. El caso de la célebre Mesalina, esposa del emperador Claudio que ejercía el poder con más autoridad que él, hubiera sido imposible siglos antes. Su nombre propio se hizo común como sinónimo de prostituta.

Pero la decadencia y ruina de Roma borró todo esto y puso en su lugar el predominio de la iglesia católica, cada vez más fuerte e indiscutido, y con él el regreso de las estructuras patriarcales como remedio más a mano contra la disolución, que además tenía pleno aval de la Biblia.

Las mujeres  pobres fueron reproductoras y mano de obra para trabajar en el hogar y también en el campo. Se rehacía en cierto modo algo que había producido en el Neolítico, miles de años antes, la invención de la agricultura por las mujeres, posiblemente autoras de la mayor revolución que conozca la humanidad, pero en condiciones muy diferentes. Aquellas mujeres prehistóricas se aplicaron a labrar la tierra mientras sus hombres iban de caza, en una división del trabajo que no implicaba necesariamente subordinación ni esclavitud.

La violencia contra las mujeres es muy antigua y está muy extendida. Se la conoce en todas las sociedades de las que hay registro seguro. Es posible que en los remotísimos tiempos de la Gran Diosa  haya existido un matriarcado donde Dios era mujer  y las mujeres dominaban a los hombres y tenían su sumisión y respeto. Pero en las sociedades históricas, salvo excepciones, la norma es el dominio del varón.

En el Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres en Bruselas en 1976, se tipificaron como crímenes diferentes tipos de violencia cometidos contra las mujeres. Se creó la  Red Feminista Internacional con programas de apoyo y solidaridad. Como consecuencia, en 1979, la Asamblea de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer. Llegaron desde entonces    medidas legislativas y modificaciones de códigos penales que en los diferentes países En 1993 las Naciones Unidas ratificaban la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer y en 1995, en Belem do Pará (Brasil), se adoptó la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer.

A pesar de todo, la violencia contra la mujer sigue siendo alta, una presencia constante muy difícil de erradicar. Pero     en parte se debe a la visibilidad actual del problema, que antes no existía, debido a la evolución que se ha venido produciendo desde hace más de un siglo en todo el mundo.

Todavía la violencia contra la mujer se ejerce ante todo en su familia y en la infancia. Las niñas padecen la ablación genital, costumbre ancestral de algunas comunidades, pero también el  comercio sexual que comienza con la venta por sus familiares, o el infanticidio  y los abusos sexuales.

Más del 80 por ciento  de las violaciones las perpetran miembros de la familia de la víctima, y mayoritariamente a edades muy tempranas.

De la Redacción de AIM.