Fragmentos de un recorrido poético

De su cofrecito sagrado de recuerdos, su memoria, Gloria va hilando pequeñas experiencias de su vida.

De su cofrecito sagrado de recuerdos, su memoria, Gloria va hilando pequeñas experiencias de su vida que nos invitan a trasladarnos a un mundo mágico. Nos acerca a su Paraná, aquel que ella transitó de niña en donde los músicos, plásticos y poetas se reunían para compartir su espíritu frente al río; donde las casas y los sitios que muchos frecuentamos en la ciudad, van tomando otros aromas y colores al oír sus relatos. La primera frase que pronuncia es: “Desde que yo tengo memoria, mi mundo gira en torno a los talleres de mamá”. Inmediatamente nos transporta al taller 633, en calle Rivadavia donde su madre, Gloria Montoya, trabajaba junto a los artistas Carlos Asiaín, Tati Zapata y Cacho Aldama; al Taller del río en calle Laurencena; o al que estaba en el tercer piso de su casa, por Santiago del Estero.

Su enamoramiento por el arte y su historia se fue vislumbrando desde una edad muy temprana. El estudio de la danza, guitarra y piano -que permitió que alguna vez nos regalara una pieza compuesta por ella-, sumado a una vida rodeada de artistas, entre libros y frecuentando las exposiciones en la Galería Fénix, guardando catálogos y notas, motivaron su deseo por sumergirse en el mundo del arte. “Amaba la danza”, dice a AIM y nos comparte el recuerdo de su paso por la música clásica y el folclore: “Todos cantábamos. Papá (Oscar Daneri) agarraba la guitarra y mamá también. Cantábamos en las reuniones familiares, en las fiestas de fin de año, en los viajes en la renoleta. Mi casa tenía algo hermoso: entrabas y en la planta baja estaba la escribanía de papá. Tenía un equipo de música, al lado un bombo y al costado la guitarra. Subías al primer piso donde mamá tenía sus libros, el material de clases de la escuela de artes y donde empezó a trabajar. Lo hermoso era cuando uno y otro se cruzaban: papá subía o mamá bajaba con un mate y ambos convivían con el mundo del otro. Ninguno perdía su esencia pero ambos disfrutaban de la esencia del otro”, nos comparte.

Gloria Montoya, trabajaba junto a los artistas Carlos Asiaín, Tati Zapata y Cacho Aldama.

A la edad de 5 años, en el año 68, llega el televisor a sus vidas. Por más entusiasmo que demostraba su familia y el esfuerzo por llamar la atención de Gloria, no lograban captar su interés: “Yo estaba instalada en el taller viendo todo lo que hacían. Era feliz ahí”, rememora. El atelier se encontraba instalado en la casa de su abuela, Celia Ortiz de Montoya, a la que Gloria amaba profundamente. Por el espacio transitaban artistas que visitaban el taller 633, lectores que recurrían a la biblioteca abierta de la casa y había un extenso jardín con plátanos, papiros, nísperos y glicinas, lugar de excelencia para las reuniones familiares. En el taller del Río, espacio de reuniones y actividades culturales gestionado por su madre, Gloria se acercaba a tomar mates mientras escuchaba y miraba cómo trabajaban los estudiantes. Allí comienza a tomar sus primeras lecciones de figura humana con modelo vivo. De la experiencia recuerda: “Mamá era muy rigurosa en la enseñanza. Señalaba la importancia en la observación como primer instrumento para poder expresar posteriormente. Hacíamos trabajos de naturalezas muertas, aunque siempre digo que son naturalezas vivas y, como tenía una biblioteca enorme, compartíamos obras todo el tiempo”. Insiste en que su mundo se encontraba muy cercano al de su madre, a sus lecciones y a sus paseos por el campo captando las emociones de los pájaros y árboles por medio de su cámara fotográfica.

Motivada por estas experiencias y su encanto con el mundo del arte, comienza a sus 17 años la formación académica. Recuerda que, caminando por calle Rivadavia, le expresa a su madre su duda entre arquitectura o la historia del arte y ella, apoyándola en su decisión, le dice: “Lo que vos decidas va a estar bien. Considerá, Glorita, que la arquitectura está dentro de la historia el arte así que nunca vas a estar lejos de la historia y vas a tener una nueva perspectiva”. Su recorrido por la carrera comenzó en Concepción del Uruguay, luego en la Universidad Católica de Santa Fe y, tras una huelga de hambre de alumnos y el acompañamiento de los docentes, termina su formación en la recién creada Universidad Nacional del Litoral. “Pasaron muchas cosas”, explica; durante su recorrido académico contrae matrimonio, sus compañeros terminan de cursar y comienza a trabajar como arquitecta. Lo que siempre se percibe en Gloria es su entusiasmo por lo que hace, por lo que transmite, por lo que logra; y así, también, era su profesión de arquitecta en el terreno inmobiliario: “Era maravilloso porque cuando llegaba hacía un estudio casi antropológico del cliente. Me enamoraba, estudiaba la situación, la conformación familiar, los procesos por la que la persona estaba pasando, la edad de los niños, lo que pensaba que el cliente estaba necesitando. Iba primero a la arquitectura. Fue increíble porque estuve siempre más cerca de ese trabajo que de la arquitectura misma. Ser arquitecto independiente en Argentina es una tarea titánica, así lo vi siempre. Tuve la suerte de que me invitaran a participar de un estudio. Fue una experiencia hermosa pero traumática a la vez porque fue mi despedida como profesional”. En el 2011 comienza la Licenciatura en Artes Visuales en la UNL. De aquella experiencia acentúa su interés por las cátedras impartidas por Carlos María Reinante, Marta Zatonyi, Gastón Breyer, Isabel Molina, Claudio Guerri, Nidia Maidana, Eduardo Grüner, entre tantos otros. “Para mí fue magistral y habiendo estudiado arquitectura la pregnancia era otra. Era un placer y sentía la certeza que estaba en el lugar correcto”, nos manifiesta. El trabajo que realiza sobre la obra de Abel Monasterolo le abre las puertas a las carreras de arte en la Universidad Autónoma de Entre Ríos,  concretando “el sueño de su vida”. Ingresar como docente, primero, y como investigadora en artes, después, la aproxima a aquel espacio que siempre sintió como parte de su hogar. Una extensión de su casa, con el encanto propio de la escuela de artes, donde su madre, durante 22 años, trabajó como directora, dando clases y donde ella concurría a los talleres infantiles.

Su trabajo plástico comienza en los años 80, en el Taller del Río, con el uso de materiales como la carbonilla y el grafito. En los 90 comienza a tomar clases con Raúl González, generando un cambio significativo en su producción y en su búsqueda matérica. Explora la pintura y profundiza en los aspectos del valor, color, luz y forma por medio de la mancha. Luego toma clases de grabado con Guillermo Hennekens y es en el 2007 cuando su compromiso con la producción le exige firmar con su nombre los trabajos.

“Todos cantábamos. Papá (Oscar Daneri) agarraba la guitarra y mamá también.

Su primera exposición se realiza en A tempo, en el 2006, donde presenta trabajos con brea y papel satinado. Una búsqueda formal y expresiva, fundamentalmente. El lugar recurrente para exhibir sus trabajos, soltarse y compartir era la feria ubicada sobre Salta y Nogoyá, en donde expuso en 7 ocasiones. Nos comparte que una persona significativa en su vida fue Carlos Asiaín, quien siempre le brindó su apoyo incondicional y lo transmite de esta manera: “Él me ayudó en la obra de mamá pero siempre me marcó la diferencia y la necesidad de definir mi rumbo, fue tan bondadoso. Cuando vivía en el puerto él me escribía cartas todos los días y me las pasaba por debajo de la puerta. Nos reencontramos en otros espacios, en otros tiempos. Tocaban la puerta y era Carlos, o era una carta, o un sobre con flores y hojas adentro, lo que fuera. Su presencia fue muy importante para mí y por eso lo siento como un gran maestro. Su amorocidad era en todas las dimensiones, tanto que también te exigía y si veía que no comprendías el mensaje, buscaba la metáfora o un cuento para volcarme algo que no podías ver”.

Durante su búsqueda por nuevos lenguajes, la transformación en la imagen e incorporación del color, la experiencia en Parientes Taller constituyó un antes y un después en su proceso.

Significó para ella salir de la clandestinidad, de la soledad y poder compartir los procesos creativos. Sus palabras nos resuenan cuando expresa que el lugar le permitía encontrarse con el otro, de vibrar cuando alguien abre su corazón y expone sus incertidumbres y procesos. Un espacio sagrado del que nunca se quiso ir y que le permitió expresar con palabras algo de lo que acontece en sus obras. De ello, compartimos este pequeño fragmento:

“(…) En todo mi cuerpo sigue palpitando ese espíritu, y soy parte de ello.

Mis más íntimas imágenes, todos mis sentidos me remiten a esa búsqueda incesante,

y hacen nido.

Intento poner foco, en este camino que no es otra cosa que hacer, investigar, jugar, y

decidir qué hacer con todo ello,

porque no se llega a ninguna parte,

la sorpresa, la búsqueda de una estructura,

el pulso,

el ritmo,

el color,

la forma…”

 

Además, agrega:

“(…) Y mi cuerpo no es mi cuerpo, es mi brazo, es mi mano es mi tacto,  que se desliza y se transforma

con un trapo de algodón

frotando colores sobre una superficie blanca, casi etérea, y busco ese pincel o espátula  que me acompañen en el gesto,

o el punto exacto de la brea que chorrea y genera una posible forma.

Y mis ojos palpitan colores que hacen como si seleccionaran una paleta, que a veces encuentro, y otras no…”

 

Por: Valentina Bolcatto, AIM.

[*] Valentina Bolcatto, Licenciada en Artes Visuales.

Contacto: valentinabolcatto@gmail.com