José Artigas, prócer de nuestra América

Se cumplirán mañana 255 años del nacimiento entonces cerca de Montevideo, hoy dentro de la ciudad,  de José Gervasio Artigas, uno de los más preclaros impulsores de la causa de la que José Martí llamó “Nuestra América”, de México a Tierra del Fuego.

El 19 de junio nació el héroe de la independencia americana, José Artigas.

Artigas proyectó con firmeza y respaldo popular inimaginable en las condiciones de gangrena política actual, un programa político que todavía espera cumplimiento.

Por un claro designio de la historia, Artigas sigue inspirando a las generaciones jóvenes y ocupando con pasión el interés de los intelectuales y políticos sudamericanos, al tiempo que quienes lo traicionaron primero y lo trataron de “sepultar” históricamente después, no tienen ya casi seguidores y se sostienen sólo en el poder económico al que sirven  y del que reciben su ración.

No obstante, esperan de todos modos, a pesar de manifestarse “alineados incondicionales” del poder unitario centrado en Buenos Aires, beneficiarse en su turbia oscuridad con algo de la luz que emana de la figura del prócer, que lejos de apagarse se intensifica cada día no obstante las tergiversaciones y las torcidas intenciones.

Tras su largo exilio forzoso  en el Paraguay, donde dijo “ya no tengo patria” cuando se enteró de la pérfida obra inglesa que fue la segregación del Uruguay, fue presentado como un “charrúa”, designación que se pretendía injuriosa pero que él aceptaba con orgullo pese a su origen español.

También como un ladrón de ganado porque los charrúas que integraban su ejército le quitaron 2700 caballos en perfecto silencio y con gran habilidad una noche al porteño Manuel Sarratea frente a las murallas de Montevideo sitiada, y como un “anarquista” por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López.

Su idea era realizar la patria grande americana con toda la la libertad posible para todos, indios, negros, gauchos, zambos, criollos, y para eso repartió tierras entre ellos. Tenía tal ascendiente que derrotado por Ramírez, en fuga hacia el norte, cuando nadie pensaba ya que pudiera rehacerse, al paso por Misiones salían los guaraníes a pedirle la bendición y lo seguían dejando sus mujeres, su ganado, sus sembrados, todo.

Si Ramírez, tras el enfrentamiento inspirado tras el tratado del Pilar por Sarratea, gobernador de Buenos Aires, no le dio tregua después de Las Tunas un solo instante fue porque como lo  confesó sabía del “ascendiente que el general Artigas tiene en esta provincia” y que si le daba un instante de respiro Artigas levantaba un ejército contra él en el propio suelo entrerriano.

Guillermo Font informa que en el primer padrón de los pobladores de Montevideo, de 1726, aparece el nombre del abuelo de Artigas, Juan Antonio, de treinta años de edad, natural de Zaragoza, España, con su esposa Ignacia Javiera Carrasco, de 25 años, y sus cuatro pequeñas hijas.

En 1730, el gobernador de Buenos Aires,  Bruno Zabala, puso a  Juan Antonio al frente de las milicias de la plaza montevideana como capitán. Martín José Artigas, el padre del prócer, fue capitán de milicias y miembro del cabildo de Montevideo, se casó con Francisca Antonia Pascual Rodríguez. José Artigas fue el tercer hijo de los seis que tuvieron sus padres. Nació el 19 de junio de 1764.

En su casa montevideana compartió con negros esclavos relatos y recuerdos del Africa y aprendió cantos  y danzas que jamás olvidavía  luego.

Estudió dos años en la escuela  del convento de San Bernardino de los franciscanos, en  Montevideo.

A la edad de 14 años fue enviado por sus padres a uno de sus establecimiento de campo, su verdadera escuela. Allí conoció  al hombre típico del país y desde entonces sólo halló placer en las ocupaciones tumultuosas de la estancia: enlazar, bolear, correr en el rodeo y en el campo, domar potros, tirar el cuchillo, atravesar a nado los arroyos, presentando cada día un nuevo combate a la naturaleza. Tales fueron los ejercicios que lo ocuparon por algunos años, ejercicio que más tarde le dieron nombre en la historia de su país. Su agilidad y destreza en el manejo de las armas y el caballo, su actividad en los trabajos de campo unidas a su fuerza corporal, le dieron un gran ascendiente sobre sus peones y compañeros.

El historiador uruguayo Carlos Maggi asegura que integró la tribu charrúa durante muchos años y que su relación fraternal con los indios viene de sus épocas juveniles.

En 1797 dejó la tribu charrúa y entró en el cuerpo de Blandengues como soldado, luego fue capitán de milicias.

Dice Font que Artigas era un criollo que conocía muy bien la campaña y sus habitantes por ser él uno más. Tenía muchos amigos en las tolderías y, por lo menos, un hijo. Hablaba el guaraní

en forma fluida y se sentía más a gusto al aire libre o en una humilde toldería o enramada. Conocía de plantas y curaciones, tocaba la guitarra y cantaba.

Su sencillez no era pobreza, era una expresión de su cultura adquirida en su juventud entre los gauchos, los guaraníes y los charrúas.

Cuando Tomás de Rocamora emprendió una campaña de exterminio contra los charrúas,  Artigas, que era oficial de blandengues, actuó para que fracase en los campos de Areunguá, donde luego se haría donar más de 100.000 hectáreas para que los indios levanten en ellas sus tolderías. El 23 de diciembre de 1805 se casó con su prima  Rosalia Villagrán.

En 1811, tras ponerse al servicio de la revolución de Mayo, lanzó una  proclama en Mercedes: “A la empresa caros compatriotas, que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra cifra; y tíemblen los tiranos de haber exitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del sur están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor, que a vivir con ignominia en afrontuoso cautiverio”

Después de la “Redota” conocida luego como éxodo oriental, debida a las maniobras intrigantes  de Sarratea, Artigas dominó con su ejército de  indios, negros y gauchos la campaña oriental, desde donde enfrentó al centralismo porteño, que unió sus fuerzas con los  portugueses para derrotarlo.

Tras reconocer a la asamblea de año XIII, envió a sus delegados con las famosas instrucciones:

  1. a) independencia absoluta
  2. b) un gobierno republicano y federal y una confederación de provincias
  3. c) libertad civil y religiosa en toda su extención imaginable
  4. d) igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y pueblos
  5. e) instauración de los tres poderes del Estado con independencia entre sí
  6. f) trabas constitucionales para prevenir y combatir el despotismo militar
  7. g) La capital en cualquier ciudad menos en Buenos Aires.

 

En enero de 1815 levantó por primera vez su bandera, la argentina con una franja roja en diagonal, en su campamento de Arerunguá, en el norte del actual territorio uruguayo. Luego formó la liga federal, de la que recibió el título de “protector de los pueblos libres” formada por Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Misiones y la Banda Oriental.

En setiembre de ese año promulgó el reglamento provisorio para el fomento de la campaña, que implicaba una reforma agraria todavía hoy pendiente, con reparto de tierras a los que  la trabajaban con la aclaración de que “los más infelices sean los más privilegiados”.

Artigas protegió y se hermanó con los indios pero también con los negros. En su ejército peleaba una división de pardos. El estado mayor de Artigas estaba compuesto por Joaquín Lencina, “Ansina”, negro oriental, y otro líder negro llamado Manuel Antonio Ledesma, uno de los pocos que lo acompañó al exilio en el Paraguay. Estos negros eran conocidos como del Cambá Cuá y eran los “Artigas Cué”, o pueblo de Artigas.

Tras una larga y penosa lucha, muy desigual, los portugueses lo derrotaron definitivamente en Tacuarembó con fuerzas muy superiores en número y armas a las suyas y además con apoyo de los  porteños. El mismo reprochó a Pueyrredón que apoyara a los portugueses, pero la política de  Buenos Aires era entonces muy similar a la de ahora porque sus intereses fundamentales han cambiado poco.

Tras la derrota de Tacuarembó se firmó el tratado del Pilar, consecuencia del triunfo de Ramírez y López en Cepeda contra Buenos Aires. El tratado desconocía la autoridad de Artigas  y preparaba la traición que siguió y la ruina de los caudillos del Litoral. , cuando Sarratea dejó exhausto el tesoro porteño para pagar las seis piezas de artillería  con 320 soldados al mando de  Lucio Mansilla que entregó a Ramírez, y que fueron decisivos en la batalla de Las Tunas.

El artiguismo fue derrotado por un Portugal militarista con colaboración de Buenos Aires, que le dio la espalda.

Artigas ni en la derrota renunció a su proyecto americano, multicultural y multiétnico. Ansina dijo en un poema: “Pronto nos verán regresar… Volverá a enrojecer… Nuestro ceibo notable… ¡Será la hora de volver!

Sin posibilidades militares, acompañado de 100 soldados, sin más bienes que la ropa puesta, Artigas le mandó su espada y le pidió asilo al gobernante paraguayo Gaspar Rodríguez  de Francia. Este se lo concedió con la condición de que no lo acompañen más de 25 hombres. Antes Artigas había rechazado una oferta de asilarse en el Brasil, sin moverse de Río de Janeiro, y otra para trasladarse a los Estados Unidos.

Gaspar de Francia lo mantuvo un tiempo recluido dentro de un convento y luego lo mandó a San Isidro del labrador de Curuguati, un pueblo muy alejado donde pudo practicar la agricultura pero nunca tomar contacto con el exterior del Paraguay ni volver a la Banda Oriental.

Recibió del gobierno paraguayo un rancho, tierras y una pensión de 32 pesos mensuales que repartió entre los pobres porque pronto se autoabasteció con su trabajo y nunca tuvo grandes necesidades personales.

En 1820 Rivera, que 10 años después exterminaría a los charrúas en Salsipuedes, había ofrecido sus servicios a Ramírez para matar a Artigas. Antes, Sarratea le había sugerido al coronel Otorgués que lo mate a cambio de unas pistolas y oro. Cuando en 1841 Rivera invitó a Artigas a volver, ni siquiera abrió el rollo del mensaje.

Tras la muerte de Francia, Carlos Antonio López, nuevo gobernante del Paraguay, hizo trasladar a Artigas a la quinta de Ibibay, cerca de Asunción. Allí lo visitó uno de sus hijos, José María, quien no pudo convencerlo de regresar al Uruguay. Más adelante, con los orientales divididos y en guerra, con el territorio ocupado por las grandes potencias europeas y el ejército porteño, se negó a volver. Murió el 23 de setiembre de 1850 a los 86 años, acompañado de un perro fiel que se llamaba “Charrúa”.