La animalización de la historia

Con el espiral hinflacionario, el billete del yaguareté (500 pesos) perdió, desde su creación, el 43 por ciento de su valor. Desde hace varios meses, la máxima expresión del valor de nuestro peso argentino, en efectivo, es el hornero (1000 pesos). Pero al deterioro económico se le suma la apuesta del Gobierno a reemplazar los referentes históricos por animales, cerrando un debate donde la posibilidad de rescribir la historiad desde otros ángulos pierde un espacio significativo.

Más allá de las históricas grietas de la historia argentina, la presencia de Eva Perón en los billetes de 100, o del gaucho Antonio Rivero en los de 50, llevaron a muchos a bucear un poco más profundo en los distintos niveles de nuestro pasado político.

Las nuevas estampas que comenzaron a convivir junto a Domingo Faustino Sarmiento o Julio Argentino Roca, no conformaron a todos, pero abrieron un debate que resusta insoslayable para nuestra conciencia política. Así como la nomenclatura de calles transmite las raíces de un pueblo, la aparición de Juana Azurduy en el dorso de los billetes de 10, nos sugirieron que otra historia o, mejor dicho, otras historias, se reescribían a la par de las influencias mitristas sobre nuestro pasado. De hecho, la inflación obligó a Bartolomé a despedirse del billete de dos pesos, un lugar que había ocupado históricamente desde el inicio de la convertibilidad.

Pensar nuestro pasado a través de los billetes que usamos todos los días nunca dejaba de ser interesante. Pero junto con el papel moneda de mayor denominación, a partir de la necesidad práctica de ajustarse a la inflación en el uso de efectivo, aparecieron los animalitos, y justamente en las denominaciones de mayor valor.

La nueva familia de billetes que se mudó a nuestro sistema financiero tiene como protagonista a la fauna autóctona argentina de diversas regiones del país, según el Gobierno para resaltar la naturaleza argentina y enfatizar la importancia de preservar el medioambiente.

Así, el cóndor pasó a convivir con el gaucho Rivero y el guanaco con Rosas. Los billetes de mayor denominación sólo tienen animales en sus estampas. La primera y más insólita explicación de esta decisión la había dado el año pasado Marcos Peña, asegurando que el cambio fue “una de las cosas chiquitas pero simbólicas más lindas” que realizó el macrismo, y dijo que “es la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en nuestra moneda nacional”, lo cual es falso, ya que en los australes en monedas, durante el gobierno de Alfonsín se acuñaron ñanduces y pumas.

Pero lo más interesante fue que, para el jefe de gabinete del macrismo era una oportunidad de dejar ” la muerte atrás, que la muerte esté tranquila, que descanse en paz y vivamos nuestra vida”.

Quizá, Peña no se dio cuenta de que la historia, que es a la vez conciencia cívica, pasado político y reflexión política sobre nuestro presente está, fundamentalmente, compuesto de muertos que, cuando vivían (porque no somos eternos), construyeron nuestra realidad argentina. Nos permitieron pensarnos, valorarnos, amarnos, odiarnos y cuestionarnos. Pero, por sobre todas las cosas, nos instaron a seguir construyendo nuestro destino político.

Atrás quedó la más remota posibilidad de hacer algo que, al menos, se parezca a una consulta popular para que seamos todos los argentinos los que tengamos la posibilidad de elegir qué queremos rescatar de nuestro pasado, pudiendo ampliar las opciones a otros campos como el de la cultura, la ciencia o la labor social.

Pero seguramente, aquellas personas que al observar un billete con la figura de Antonio Rivero se decidieron aunque sea a googlearlo, hoy piensen que el arribo de los animales a las estampas de los billetes cierran una exquisita nave que teníamos para explorar y replantear nuestra historia, y debatir sobre las cosas que nuestro pasado nos dejó y en la que subyacen muchas otras de valor que forman parte de nuestro ADN y ni siquiera han sido escritas en los libros.

 

De la redacción de AIM.