Liberales y populistas

El liberalismo, según Antonio Machado, tiene la pretensión usuraria de identificarse con la libertad. La palabra “usuraria” viene bien porque ha terminado identificándose con la usura. Y ha establecido sobre el mundo una dictadura blanda y  fría, que parece sin salida y amenaza acabar con todo y primero que todo con la democracia.

El liberalismo, según Antonio Machado, tiene la pretensión usuraria de identificarse con la libertad.

Un mundo que ha perdido su sentido anterior, que parecía firme, nada parece tener ya significado seguro, es  una mina por explotar, y los explotadores son capaces de fingirse llenos de sentidos tan vacíos como el vacío que pretendían llenar.

Sobre el telón de fondo del “vacío” es posible dibujar cualquier  espectro, a los que es menester castigar creando contra ellos una unidad que  no  les reconozca nada. “A los enemigos, ni justicia”,  fue una síntesis de cómo remover  obstáculos y tratar a los antagonistas.

Para el filósofo Ernesto Laclau, autor de amplias explicaciones sobre el populismo latinoamericano,   las demandas colectivas derivan en una identidad que se sostiene frente a  un adversario y contra él construye hegemonía en una tarea interminable. La confusión  reaparece porque el adversario puede ser una oligarquía o un grupo étnico o racial. En un caso, habrá populismo de izquierda, en el otro de derecha. Como Laclau identifica el adversario en Nuestra América en las oligarquías nativas, gerentes de todos imperios que se han turnado por acá, resulta que su populismo es de izquierda. Pero si el adversario fuera  un grupo extranjero,  como son los migrantes para Trump y para buena parte de la clase media argentina, sería de derecha con la  misma base teórica.

Siempre debe haber, según Laclau, un gobernante carismático, un líder que satisfaga las demandas colectivas y que no esté estorbado por instituciones.

Para Laclau el concepto de pueblo es claro  y no ofrece dudas. Y por cierto, tampoco puede el pueblo equivocarse. Como presupuesto necesario de un modo de pensar dirigido a convertirse en un modo de gobernar, el único modo de gobernar, es demasiado. El pueblo es un concepto colectivo, es decir, por naturaleza contiene solo lo individual y no puede superarlo, ya que en el fondo resulta de una suma indefinida de individualidades que comienza a mistificarse cuando se le acuerda una personalidad colectiva. En otras palabras, el pueblo es una idea vacía y una supervivencia del romanticismo, está lejos de ser un  concepto universal, del que sí podrían deducirse consecuencias particulares.

De la infabilidad del pueblo deriva la infabilidad del líder, que no debe tener ningún obstáculo válido hacia la construcción de hegemonía  Porque al final, pueblo y gobierno son lo mismo y la voz del pueblo, que otrora fue la voz de dios,  termina siendo la voz del gobierno, una sola voz, como si el pueblo tuviera un solo pensamiento y no pudiera tener más que un representante que resumiera en sí todos sus anhelos y no mereciera ninguna duda ni ningún reproche.

De la ambigüedad esencial, que encubre entre otras cosas una distancia que puede ser abismal entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se revela  y lo que se esconde, entre lo que se sabe y lo que se ignora, el populismo pasa a certezas absolutas, que son el objeto del “relato” y con frecuencia suelen ser la cobertura de vacilaciones y traiciones, que parecen justificables mientras dura la identidad forzada de pueblo y líder.

De la Redacción de AIM.