Los muchachos de la barra

Las barras brava como instrumento político ya ayudaron a “bajar” un gobierno, que de todos modos se caía solo: El de la Alianza de Fernando de la Rúa y Chacho Alvarez, que si tuvo un acto de altura fue huir en helicóptero por encima de los techos.

Las barras brava como instrumento político ya ayudaron a “bajar” el gobierno de la Alianza, en 2001.

La barras de Chacarita invadieron encapuchados y armados con palos la plaza de Mayo para que la policía intentara solamente defender del linchamiento al mortecino presidente y sus funcionarios, mientras preparaban el helicóptero.

Este uso que ya casi parece natural de los “muchachos” como fuerzas de choque  para reemplazar o acompañar para “algunas tareas” al poder legal del Estado, estuvo en el inicio del fascismo  y del nazismo.

La cosa se complicó entre nosotros porque mientras la Alianza tenía fuerzas policiales que le respondieron hasta el final para ir matando gente en la plaza de Mayo, los gobiernos provinciales se vieron a la deriva ante la sedición policial en diciembre pasado, acompasada con saqueos, que obligó a varios de ellos a firmar bajo presión aumentos salariales que  luego repudiaron.

Pero el repudio fue tal que los gobernadores admitieron implícita o explícitamente que sufrieron extorsiones de una fuerza armada que no controlaban y que les sacó concesiones de otra manera imposibles.

Cuando un estado provincial se ve reducido a esta condición, cuando confiesan sus autoridades que han perdido el monopolio de la fuerza, que pasó a manos de sediciosos con pistola al cinto, la situación es suficientemente grave para justificar la intervención federal, de la que no se habló para nada pero se vio como un fantasma mudo.

La triste historia de la república alemana  de Weimar  ilustra bien las etapas de un proceso de disolución con consecuencias fascistas. Pero acá es diferente por ahora: los hilos siguen en las manos de los políticos, que ya están jugando con fuego  y pueden provocar un incendio.

Cuando los “muchachos” tomen suficiente fuerza y no se crean con necesidad de rendir cuentas a nadie, cuando vean qué débil es el  poder y qué madura está la fruta, vendrán otros tiempos.

Como en Colombia o México hoy en día, o como en la antigua Roma cuando la guardia del emperador lo derrocaba porque no cobraba sus salarios y elegía entre sus filas un emperador nuevo.

El entonces gobernador Jorge Busti amenazaba a los revoltosos del “Chelo” Lima en  Concordia con  mandarle “los muchachos” y no la policía. Luego un mal cálculo con los muchachos dejó con las manos vacías a Eduardo  Duhalde.

En estas condiciones de equilibrio metaestable o volvemos a la legalidad o salimos definitivamente de ella. Como nadie quiere la legalidad sino para los otros, no para sí mismo, el colapso total de la legalidad parece ser el futuro a la vista.

El proceso de degradación continúa sin pausa y cada vez más de prisa. Pero no hay casi nada que hacer y poco por qué preocuparse, aunque parezca mentira.

El proceso está descrito al detalle para el fin del ciclo  en libros que tienen 3000 años y nadie sabe cuántos de tradición oral anterior. En el año 1350, más o menos, el monje alemán Suso (Heinrich Seuss, discípulo de Meister Eckhardt) expuso con claridad los hechos que vendrían, los hechos actuales. No era un profeta, sólo un conocedor de los ritmos a que están sujetas todas las cosas, incluso la sociedad humana.

De la Redacción de AIM.