Los toltecas, sabios de Abya yala

Los campesinos de Nuestra América siguen emigrando a las ciudades.  Con sus escasas tierras afectadas por la erosión y  corridos por la miseria y la agricultura “industrial” de los transgénicos  y el glifosato,  se refugian en barrios de lata de las urbes más pobladas del mundo, donde es cada vez  mas difícil vivir mientras el campo que abandonaron es un desierto en manos de empresas de agricultura “moderna”.

Con sus escasas tierras afectadas por la erosión y  corridos por la miseria y la agricultura “industrial” de los transgénicos  y el glifosato,  los campesinos de nuestra América se refugian en barrios de lata de las urbes más pobladas del mundo.

En  “Patas arriba”,  Eduardo Galeano hace ver que en las villas miseria, los que vivían en la luz, al aire y el silencio del campo advierten que la luz, el aire y el silencio son  bienes caros y escasos, lujos que se pueden dar solo algunos ricos. Más que ninguna otra cosa, la ciudad moderna es el ámbito más favorable al “mitote” del que hablaban los toltecas hace ya 3000 años.

Hace miles de años los toltecas, antes que una etnia un grupo de sabios que tenían la misión de preservar el saber ancestral en el sur de México, llamaron “mitote” al ruido del mundo, identificado con  un “sueño”, a la multitud de voces que nos inculcan de pequeños y llegan a hablarnos desde adentro, a confundirnos y desviarnos de lo que realmente somos.  El mitote es como una nube, un humo interpuesto entre cada uno de nosotros para no dejarnos ver claro al otro. Es también la  ilusión cósmica,  porque esa nube envuelve a todo el mundo  y afecta a toda la sociedad humana sin excepción.

Para los toltecas cada uno es un espejo, que debería reflejar limpiamente a los demás pero es un espejo humeante y el humo no dejar ver al otro.

Una leyenda ejemplar sobre cómo el mitote afecta a cada uno podemos encontrarla en el libro de Chuang Tse:  Un maestro no supo responder la pregunta de un discípulo y lo mandó a ver la Lao Tse. Cuando llegó tras viajar siete días Lao Tse le pregungó porqué había traído a tanta gente con él. El visitante no vio a nadie y se confundió. Lao Tse le dio algunas explicaciones que apuntaban al equivalente taoista de mitote, del ruido que nos divide, no deja escucharnos y que en los tiempos  modernos ha llegado a ser un estruendo insufrible, Y le dijo: “qué estado lamentable es el tuyo”.

En ese estado lamentable estamos, ahora mucho peor que antes debido a una regresión intelectual que los promocionados avances tecnológicos, que cada vez  más nos atiborran con artefactos que más complican que simplifican, no compensan. Al contrario, contribuyen al mitote, al humo entre espejos que no deja ver la luz que somos esencialmente pero no puede anularla.

Finalmente, cada uno está solo en la gran ciudad rodeado de multitudes a las que casi no ve, porque el humo no se disipa, se densifica  y  acrecienta a soledad

En “La Gran Triada” René Guénon,  el expositor más autorizado en occidente de las doctrinas tradicionales, se refiere a los toltecas y  también a  los pieles rojas.

Según Guénon, los toltecas son una de las tradiciones normales originadas en la tradición primitiva, necesariamente concordantes entre ellas. Dice que la región suprema, sede de la tradición original, tiene el nombre  más antiguo de   Paradêsha: este nombre es el de Tula, de donde los griegos hicieron Thulé.  Tula era también  la capital de los toltecas, y es el nombre dado a regiones muy diversas, puesto que, todavía hoy, se le encuentra tanto en Rusia como en América central; “sin duda se debe pensar que cada una de estas regiones fue, en una época más o menos lejana, la sede de un poder espiritual que era como una emanación del poder espiritual de la Tula primordial. Se sabe que la Tula mexicana debe su origen a los toltecas; éstos, se dice, venían de Aztlan, literalmente «la tierra en medio de las aguas». Guénon relaciona el significado de este nombre, Aztlan,  con el de la  mítica Atlántida que menciona Platón, “no como mito sino como verdad”. Según Guénon, los toltecas habrían  el  nombre de Tula de su país de origen en el centro del océano; el centro al que dieron este nombre debió reemplazar probablemente, en una cierta medida, al centro del continente desaparecido”.

La palabra Tula, en sánscrito, significa «balanza»  El signo ideográfico de Aztlan o de Tula era la garza blanca; la garza y la cigüeña desempeñan en Occidente el mismo papel que el ibis en Oriente, y estos tres pájaros figuran entre los emblemas de Cristo; el ibis era, entre los egipcios, uno de los símbolos del Thoth, es decir, de la Sabiduría.

El punto de vista de Guénon contrasta con el de la ciencia oficial, que como es habitual recae en el relativismo que multiplica las versiones  meramente probables y al final, por inevitable choque entre ellas, no permiten llegar a nada, son más “mitote” y menos luz.

Estas versiones, como es propio de la modernidad, tienden a considerar ante todo al costado social y político, sin descuidar que  los puntos de vista, la ciencia y la sabiduría de los antiguos debe ser etiquetada como “mito” con la finalidad de que la ciencia racional refulga contra su turbiedad.  Una de estas explicaciones modernas nos informa:  “Los pueblos poderosos del periodo Posclásico, justificaron su posición hegemónica al ostentarse como herederos del orden político instaurado por los toltecas, lo que dificulta precisar sus orígenes, así como la ubicación de Tula —como la Tollan legendaria— y la historia del gobernante Quetzalcóatl.

Por la forma en que los supuestos herederos hablaban de la Tollan —una Tula maravillosa— en donde las mazorcas de maíz y las calabazas eran tan grandes que cada una tenía que ser cargada por un hombre; el tamaño de las matas de huauhtli era tan grande que parecían árboles; el algodón de todos colores brotaba de la planta y cruzaban su cielo aves tropicales. Los toltecas eran imaginados como los artistas del pasado, y Quetzalcóatl como el sabio, el descubridor de los grandes secretos del mundo, que vivía en aposentos preciosos decorados con oro, plata, piedras preciosas, conchas marinas y plumas finas.

Estos relatos crearon dudas acerca de la identificación de la Tula histórica y la Tula arqueológica, que se solucionaron cuando algunos accidentes geográficos mencionados en los testimonios históricos fueron identificados en la geografía de la Tula Xicocotitlan, en el estado de Hidalgo. La historia de Tula se cargó de exageraciones y la leyenda de su grandeza se convirtió en el soporte político de los jefes dominantes de épocas posteriores, que decían descender de aquellos viejos toltecas con el linaje noble fundado por Quetzalcóatl, para acceder al poder. En realidad no existió una sola Tula, sino varias, conformadas como centros de poder que en sus momentos de gloria legitimaron a los gobernantes de los pueblos dependientes.

Tula es, entre las ciudades de Mesoamérica, el primer pueblo prehispánico del cual se tienen datos coherentes de su historia y cultura: listas dinásticas, nombres de reyes y gobernantes, relatos de migraciones, la fundación de la ciudad, su desarrollo, sus conquistas y su decadencia.

Se encuentra en el sur del estado de Hidalgo, 60 kilómetros al norte de la cuenca de México y del noreste de la ciudad de Teotihuacan, cerca de la frontera ambiental del norte de Mesoamérica.

Tula y los toltecas se transformaron en símbolos de un pasado idealizado en el que se confundían la historia y el mito. En algunas crónicas se entremezclan eventos y sucesos históricos de la Tollan real con relatos sobre una Tollan mítica habitada por seres excepcionales, a quienes se atribuía la invención de la escritura, la metalurgia y otras artes y ciencias.”

Esta ciencia considera a los  toltecas “politeístas”, según sus categorías, pero los propios toltecas, como todas las tradiciones auténticas, conocen un solo principio supremo  cuyos aspectos, como los conocemos nosotros desde nuestras limitaciones individuales, son los “dioses” del presunto politeísmo. Este, en todo caso, es propio de la degradación del saber que se produjo en Grecia y del que nosotros somos herederos, y que tomó forma al calor de la imaginación desbordada de aquel pueblo como “mitología”, poblada, ella sí, de dioses considerados como individuos.

La ciencia moderna reconoce en los toltecas de todos modos la presencia de  un ser superior,  Tloque Nahuaque, pero también en una divinidad creadora doble entre ellos:   Ometecuhtli y Omecíhuatl,   fuerza inicial y ordenadora de todas las obras de la naturaleza. Es decir, el desdoblamiento del principio en dos polos, esencia y sustancia que constituyen toda la manifestación, los seres que constituyen el cosmos o la existencia universal.

Sobre la tendencia  a ver politeísmo tan pronto se entrevén “dioses” en los pueblos de la antigüedad, es preciso aclarar que el  principio único,  universal, que aparece  en todas las tradiciones auténticas, aparece ante nosotros con una infinidad de atributos que reciben nombres diversos sin ser por esos “dioses” individuales ni seres mitológicos.

Cuando se encontraron con el hinduismo, donde no hay dioses, ni uno,  los orientalistas se perdieron en una selva de “dioses” y sostuvieron que era “una religión profusamente politeista”. Del budismo, que los confundió más todavía, dijeron cometiendo una contradicción evidente, desbalanceándose para el otro lado, que era “una religión sin dios”.

De la Redacción de AIM.