Mujeres contra las cuerdas

Las mujeres, las raras veces que  no alcanzan acuerdo en paz  conversando, suelen pasar a otro plano y atacarse físicamente ante todo tomándose con fuerza de los cabellos, que la costumbre de llevarlos largos los convierte  en un blanco fácil, muy a mano. 

Dionicius aplica un jab de izquierda a su adversaria, Gabriela Bouvier.

El tironeo tiende a derribar al piso a la rival aplicando para eso el peso del cuerpo. Pero cuando cae una, suele arrastrar a la otra. La pelea sigue entonces a patadas en el suelo, sin soltar el pelo, trofeo preciado pero poco útil para decidir  la lucha.

Con los puños

Siempre hubo mujeres que supieron hacer valer sus puños, hay referencias a ellas en distintas épocas; pero boxeo femenino como deporte reconocido y con reglamento no hubo antes de mediados del siglo XIX.

En los Estados Unidos, a principios del siglo XX, una boxeadora extraordinaria no tenía rivales entre las mujeres y noqueaba varones. Su caso no se repitió, los muchachos agradecidos.

Cuando el boxeo femenino entró en circuitos comerciales, en medio de la resistencia de los viejos adeptos al deporte masculino, se vio a las mujeres luchar con un encarnizamiento y una pasión   poco común entre los varones.

Se quiso explicar el hecho por diferencias propias de los sexos; como si dijéramos: “las mujeres son así”. Pero contra esta explicación simplista y poco comprometida milita un hecho conocido: los varones aficionados, los que no saben pelear, los que carecen de técnica, los principiantes, tienden a mostrar la misma conducta.

La diferencia no era como se la explicaba; no se trataba de diferencias temperamentales relacionadas con el  sexo, sino de una especie de compensación con fuerza y condición aguerrida de la falta de técnica y recursos estilísticos.

Cuando el boxeo se popularizó entre las mujeres, cuando tuvieron más posibilidades de combatir con variedad de contrincantes y la profesión de boxeadoras fue mejor recompensada, mejoró la técnica y la idea empezó a suplir al entusiasmo sin riendas.

Una pelea entre la campeona “Tigresa” Acuña, que sigue en carrera con más de 40 años, y  la jujeña Alejandra Oliveras, fue anticipada por la campeona: “triunfará la inteligencia”. En efecto, Oliveras fue toda pasión y energía, fuerza ciega, impulso. Y Acuña, más experimentada y con mejores fundamentos técnicos, se ciñó a  un plan trazado en el rincón y se impuso con claridad. Ganó la inteligencia.

Por lo pronto, ante la falta de mujeres boxeadoras en cantidad suficiente, sigue siendo habitual que las boxeadoras profesionales se entrenen con varones en el gimnasio.

Golpes por la igualdad

De  hace alrededor de tres siglos son las primeras noticias de una academia de boxeo femenino, en Londres. El boxeo de  esos tiempos era a puño limpio, y las peleas eran sangrientas. Las boxeadoras debían golpearse hasta que una caía o se rendía.

De entonces es la primera campeona conocida, Isabel Wilkinson, que en dos o tres vueltas terminaba con cualquier contrincante.

Después de un largo ostracismo provocado por la difusión de la  moral victoriana, expandida como peste por el mundo,  las mujeres volvieron al ring. Por primera vez el boxeo femenino fue admitido en la olimpíada de 1904 en los Estados Unidos, aunque no de modo competitivo sino de exhibición.

La resistencia a admitir mujeres en el ring, no para mostrar carteles publicitarios sino para pegar sin dejarse pegar, no cesó con la reina Victoria y el declive de su imperio. La campeona Bárbara Buttrick, en la década de  1930, debió sufrir los puñetazos de los rivales, la engorrosa discusión de contratos y  que los críticos del deporte la consideraran degradante y monstruosa.

Se retiró en  1960 con 31 peleas ganadas y una sola perdida, mencionando entre sus recuerdos haber compartido el gimnasio con Casius Clay, Mohamed  Alí. A su iniciativa se debe la   Federación Mundial de Boxeo Femenino.

En marzo de 1996 pelearon en Estados Unidos el campeón mundial pesado, Myke Tyson, y Frank Bruno, grandes figuras de entonces. Como prelimilar se enfrentaron dos mujeres:  Christy Martin y Deirdre Gogarty. Pusieron tanta garra, tanto temperamento,  que el público norteamericano quedó impactado y el boxeo femenino terminó de instalarse.

Alejandra Oliveros es una jujeña que se confesó mujer golpeada por su marido, lo que la decidió por el deporte, y luchadora por los derechos de las mujeres. En particular se hizo notar al rechazar la bolsa que le ofrecían por algunas peleas con rivales de otros países porque era inferior a la que en las mismas condiciones obtenían los varones.

Oliveros tiene un temperamento desbordante, una contracción al gimnasio ejemplar, una musculatura impresionante para una mujer y una zurda demoledora.

Nuestro país ha dado un conjunto  muy interesante de boxeadoras, al punto que están consideradas las mejores del mundo, entre ellas ocho campeónas ecuménicas:   “La Tigresa” Acuña, Jéssica Bopp, Carolina  Gutiérrez, Mónica  Acosta,  Erica Farías, Yésica Patricia Marcos, Fernanda  Alegre, y Carolina  Duer.

La estrella de Entre Ríos es  Débora Dionicius, de Villaguay, una boxeadora de gran estilo, serena y precisa, de presencia dominante en el cuadrilátero.  Fue campeona mundial supermosca desde 2012 hasta hace poco. La Federación Internacional de Boxeo la reconoció en 2018 como “la mejor boxeadora del año” en todo el mundo.

De la Redacción de AIM.