Razón y razón de Estado

Juan de Mairena, el profesor de gimnasia y retórica que ocultaba y expresaba a Antonio Machado, opinaba que el diablo expone razones, que no le faltan; pero no Razón, porque no la tiene. “El más frío de los monstruos fríos”, el Estado, también abunda en razones, como es inevitable ver y oír multiplicadas en estos tiempos preelectorales,    y además pretende tener una razón más que suficiente; la Razón de Estado. En ella  conviene detenerse un poco.

El Estado también abunda en razones, como es inevitable ver y oír multiplicadas en estos tiempos preelectorales.

Razones

En su discurso de febrero de 1794 sobre los principios de la moral pública,  173 días  antes de su turno en la guillotina, Maximilien de Robespierre negó que los principios de la revolución francesa, a los que atribuyó una virtud que linda con el milagro, estén en las obras latinas de Tácito o en las renacentistas de Maquiavelo.

Quiso reservarlos para la revolución, que pretendía fundar en  una doctrina totalmente nueva. Sin embargo, afirmó que la finalidad del gobierno constitucional es conservar la república, la idea de Maquiavelo sobre la finalidad del poder en el  Estado.

Los principios revolucionarios de 1789 estaban, si no en Tácito, al menos en las sociedades creadas desde algunas décadas antes en Francia para divulgar las ideas librecambistas inglesas, sobre todo las de Locke, que  discutían con entusiasmo  los intelectuales y los que presumían de serlo, entre ellos el mismo Robespierre.

El   “Incorruptible” habia visto que  la virtud,  que reputaba posible solo en democracia, necesitaba de un complemento: el terror. “Si  el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución son, al mismo tiempo, la virtud y el terror; la virtud sin la cual el terror es mortal; el terror sin el cual la virtud es impotente”

La justificación del terror de Estado vuelve a consideración cuando los grandes Estados imperiales emplean el terror a gran escala contra sus adversarios, y simultáneamente emprenden una  lucha contra el “terrorismo” cuando es usado como arma contra ellos por  otros Estados o por privados.

La ilustración europea se atribuyó casi todo,  desde la creación de la ciencia a la del Estado; convencida de que antes de ella existió sólo  el desierto, y en el desierto la  ignorancia.

Pero ciencia hubo desde tiempo inmemorial y Estado desde el comienzo de la civilización, aunque el nombre sea relativamente reciente.

Nacen definiciones

Para Maquiavelo, la política es retórica del poder para seducir al vulgo. En el  inicio de la modernidad, la definición implicó una síntesis difícil de acomodar mejor a la mentalidad que surgió con ella, y  ha sido llevada a la práctica con los recursos técnicos actuales para dirigir a las masas en la dirección conveniente al poder y para quitarles autonomía.

Los nombres “Estado”, y sobre todo  “Razón de Estado”, no nacieron con Maquiavelo, pero en su mente brotó la idea. Ya antes, desde el siglo XIV se usaba “status”  para indicar la relación del gobernante con sus gobernados. Los príncipes recibían   consejos   para sostener el “estado” principesco en una época turbulenta, cuando trastabillar en las alturas era frecuente y la consecuencia era perder el poder, a veces junto con la cabeza.

Desde el renacimiento  el sentido de “status” se desplazó de los consejos a los príncipes para mantenerse arriba al mantenimiento del aparato en que el poder se expresa, el “Estado” moderno.

En el siglo XX las crisis políticas y las guerras, junto con la dolorosa hipertrofia fascista, llevaron en nombre de la cientificidad más exigente a reemplazar “Estado” por gobierno o sistema político. La academia buscaba en la superficie precisión científica y un poco más abajo algo para conjurar el miedo.

La autoridad de lo dado

Fue Maquiavelo el autor de la idea con que arranca la modernidad política. Según Francis Bacon hay que agradecer al gran florentino  que diga sin disimulo lo que los hombres hacen, no lo que deberían hacer de acuerdo con alguna norma ética o de otra índole. Sin esta capacidad de ver sin ilusiones lo que hay  no existe ciencia; pero es la causa del estruendo creado alrededor del concepto de  “maquiavelismo”, que con tanta facilidad suscita el estrépito de los moralistas.

La tesis maquiavélica es que la  política no tiene relación con la moralidad, como muestra  la observación de los hechos. Su finalidad es el poder del Estado,  que puede ser moral, inmoral o amoral según convenga a su conservación o al aumento de su fuerza.

Maquiavelo se ciñe a la observación cuando dice que el gobernante  puede romper los pactos y dejar de cumplir promesas.  También nota que la religión -cristiana o pagana-  sirve para apaciguar los espíritus y dominar mejor  las masas. Es efectivamente el opio del pueblo si cimenta el edificio social. Según él, el cristianismo ha hecho al hombre humilde, afeminado y débil; pero más que un reproche al estilo de Nietzsche, es una condición valiosa, que hace útil a la religión como instrumento de dominio.

Considera  que el genocidio puede ser un medio en ciertas circunstancias. Es lo que estaba pasando ante sus narices en su tiempo, y lo que pasa  ahora con más amplitud y virulencia.

Cuando expone los fines de “El Príncipe” dice con su claridad acostumbrada:  «Mi intención es escribir cosas útiles a quien las entienda. Por eso me pareció más conveniente ir derecho a la verdad efectiva de las cosas antes que a la imaginación sobre ellas”

Tres cerebros 

Sobre la capacidad de entender que menciona de entrada, hace una  distinción esclarecedora, prescindiendo de  cualquier dificultad teórica para definir la inteligencia.  “Hay tres clases de cerebros: uno entiende por sí, otro discierne lo que otro entiende y el tercero no entiende ni por sí ni por otro. El primero es excelentísimo; el segundo es excelente  y el tercero, inútil”.

Maquiavelo pone al Estado en la cima de la sociedad, capaz de  subordinar todo en ella, y al político como su instrumento.  Sin embargo, la declinación que venimos padeciendo ha hecho que los políticos pierdan de vista el poder del Estado y se centren en su poder  partidario, sectario o personal.

La política

Maquiavelo considera la política como retórica del poder para seducir al vulgo. La definición es una síntesis difícil de mejorar desde el punto de vista en que se ubica, del que no se apartan mucho los modernos. Ha sido elaborada en la actualidad  con medios científicos para dirigir a las masas en la dirección que quieren los políticos, sin permitir al “vulgo”  opinión propia ni autonomía y al mismo tiempo, hacerle creer que  las tiene.

No importa si los medios de torcer la opinión son buenos o malos, pero deben parecer buenos. Maquiavelo adelanta una explicación:   siempre habrá quien quiera ser engañado y es posible hacer que los que quieren ser engañados sean mayoría.

En la división de  los cerebros o inteligencias que da Maquiavelo, a la masa le corresponde el tercero, por eso  la finalidad del gobernante es mantenerla en el engaño a que tiende naturalmente.

En la distinción platónica entre doxa y episteme, al vulgo le corresponde la doxa, la creencia de todos. Ante el vulgo, el gobernante deberá parecer antes que ser. El vulgo no conoce la verdad de las cosas y si llega a entreverla  prefiere el engaño que  promete felicidad.

Comentando y ampliando hace un siglo a Maquiavelo, el filósofo alemán  Friedrich  Meinecke define  la razón de Estado: Es la máxima del obrar político, la ley motora del Estado. Le dice al político lo que tiene que hacer, a fin de mantener al Estado sano y robusto. Y como el Estado es un organismo, cuya fuerza no se mantiene plenamente más que si le es posible desenvolverse y crecer, la razón de Estado indica también los caminos y las metas de este crecimiento.

La virtud de Maquiavelo permanecía en la esfera personal del  gobernante y allí no era ajena al terror.   Es  la capacidad de tomar las decisiones convenientes en el momento apropiado; es energía, potencia, poder  y está  más allá del bien  y del mal, no conoce escrúpulos. Con Maquiavelo y con la fórmula jacobina que combina el terror con  la virtud, la política se desprende de la ética en la  teoría, porque en la práctica  nunca estuvo unida.

Maquiavelo dice que un príncipe que se ha hecho con  un  Estado  poco antes no puede observar todo lo que los  hombres tienen por  bueno; porque para  mantener el Estado necesita a  veces obrar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión. En resumidas cuentas, el príncipe  no se apartará del bien si puede, pero no dudará en adentrarse en el mal si  lo ve necesario.

Recomienda, sin embargo, que no salga de su boca nada que no sea piedad, fe,  religión. La razón es que los  hombres juzgan más por lo que ven -y oyen- que por lo que tocan;  ” ya que todos ven pero pocos tocan”.

Razón

El psiquiatra paranaense Eduardo Barbagelata, muerto hace algunos años, reclamó: “El hombre, sus sueños, su vigilia, lo que hace, lo que piensa y lo que reprime consciente o inconscientemente, deben restituir su unidad”.  Y esto al inicio de su libro “Los otros mundo del hombre”, que tiene el acápite “Sé tú mismo cualquiera sea tu singularidad, y serás también infinito, lo inexpresable”.

Por supuesto, ser uno mismo es algo muy sencillo, basta con ser sin hacer,  pero que solo puede cumplirlo un ser que no haya perdido su unidad o la haya restituido.

Cuando comenzó la modernidad y los hechos dados tuvieron la explicación  que les dio  entre otros Maquiavelo, el hombre ya no tenía unidad.  Sus facultades se volvieron una contra la otra: la razón discursiva contra la emoción,  la sensibilidad contra la voluntad, la verdad cedió paso a la conveniencia y al final el hombre ya no fue uno sino varios en lucha intestina: corroído, temoroso, violento, ambicioso, cada vez ,más cerrado sobre sí mismo, menos solidario y más desconfiado. La consecuencia fue que el hombre no vio el medio como la condición amable de su vida y  su felicidad sino  como el ámbito de su lucha. La naturaleza dejó de ser la madre que había sido  y apareció como un adversario a vencer, como  no fue nunca ni es para los pueblos tradicionales.

Hasta entonces la contemplación había tenido prioridad, por lo menos los contemplativos tenían prestigio y lugares donde vivir en tranquilidad, al abrigo de la violencia de los hombres de acción.

En adelante, el fin de la vida ya no sería la contemplación   sino la acción, que tuvo siglos después su punto por ahora máximo en el  fascismo. Hoy en día, en el mundo que postula la razón de Estado como norma política suprema, las formas inferiores de la  contemplación -basadas en la razón discursiva, porque la intuitiva es negada- están al servicio de la acción, como se ve en la servidumbre a que está sometida la ciencia.

La sociedad humana, cuya crisis es objeto de incesantes,  elaboradísimos y contradictorios estudios y propuestas de corrección, emparchamiento o renovación súbita, lenta o lentísima, es buena según tales elaboraciones  si la acción de sus miembros sirve al progreso material que se supone acompañado del avance ético y cultural.

El camino de la crisis final está abierto y los hombres de acción no saben evitarlo sino con más acción. Como dijo una notable representante de las sabidurías ancestrales de Abya yala (América): “nosotros somos personificación de la luz, somo la copla que la vida canta,  los ojos con que la vida que se mira, el paso con que la vida avanza.  Nosotros somos seres afines de la Tierra  y ella ser afín del sol. La desintegración que los señores de la guerra – los hombres de acción en ejercicio del poder- prometen mediante explosiones nucleares produce desintegración; pero lo único que puede seguir a una desintegración es una reintegración. La reintegración se da por afinidades y los señores de la guerra no tienen  afinidad para reintegrarse a la vida”.

De la Redacción de AIM.