Sarmiento inmortal

En su exposición del simbolismo del ajedrez, Titus Burckhart dice que el arte regio es gobernar el mundo exterior e interior según las reglas del propio mundo. Conocidas, no impuestas.

El liberalismo concibe al estado como un mal necesario para mantener el mínimo de orden: no el que brota de la naturaleza de las cosas sino el que pueden asegurar por la fuerza el juez y la policía.

Yo no tengo miedo al sufragio universal, la gente votará como se le diga.

Alexis de Tocqueville

El tablero de ajedrez era un vastumandala, un esquema generador de diseños que incluía presencias al modo de fuerzas creadoras, según el que se construían las ciudades. Como figuración del cosmos despliega el cuaternario y del octonario de las direcciones del espacio ( 8×8 y 4x4x4), ambos 64, que es el número de casillas del tablero.

La leyenda dice que un rey quiso recompensar a un extranjero que le enseñó el juego. El extranjero pidió un grano de trigo en una casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta y así hasta la casilla 64. El rey se sorprendió por lo exiguo de la recompensa reclamada; pero fue informado que toda la cosecha de trigo del mundo no alcanzaba para satisfacer el pedido. Es una muestra de las potencialidades ocultas en el juego, que suelen pasar inadvertidas.

El arte del autogobierno supone la sabiduría, el conocimiento de las posibilidades infinitas, que están contenidas sintéticamente en el todo.

El sabio se identifica con la verdad y es libre. Fuera de la verdad solo hay esclavos del destino. Esa es la enseñanza del ajedrez, que se puede extender como advertencia a todos los que esperan algo de fuerzas que no conocen pero que suscitan esperanzas en ellos.

El Estado, la negación del autogobierno, establece el gobierno externo según normas impuestas, y reduce al mínimo el interno, introduce un desequilibrio que la sociedad y cada uno padece a veces como malestar, a veces como tortura.

El Estado es la abdicación del conocimiento de la verdad, el que nos hace libres, a favor de una entidad que asume para sí lo que es de todos, cierra el paso a la liberación y hace una marioneta de cada uno.

Al Estado “sin alma ni caridad” se refirió Domingo Faustino Sarmiento en una intervención en el senado de Buenos Aires, en setiembre de 1859, cuando se discutía la sanción de partidas presupuestarias para la caridad pública:

Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no les debe dar más que de comer”.

El senador Sarmiento había nacido pobre, y por su madre descendía de negros y árabes. Pero ignorante de lo que era, pretendía ser lo que quería ser, se apartaba de la autenticidad, aceptaba una norma que no era la suya, fascinado por otra.

En la cámara legislativa donde recomendó dejar morir a los huérfanos, según él “no ha de verse ni gauchos, ni negros ni pobres”. ¿Por qué? “Porque cuando decimos pueblo entendemos los notables, los activos, inteligentes, clase gobernante. Somos gentes decentes, Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros”.

Y si no somos, queremos ser. La distancia es clara pero Sarmiento pretendía enturbiarla en el mar de ilusiones donde navegaba. En este punto, se ayudaba con la confusión.

Dos años antes, en carta a Domingo de Oro, Sarmiento expuso sus ideas tácticas sobre cómo ganar elecciones, en este caso las del 29 de marzo de 1857. Como siempre, la sinceridad de Sarmiento está lejos de la verdad y cerca de la política, objeto hoy entre nosotros de mucha palabrería, mucha moralina y mucho disimulo: mucha mentira y poco engaño. Aquellos eran tiempos del voto cantado. En este caso, Sarmiento ensalza el “fraude patriótico”, desafinado a todo volumen.

Fue tal el terror que sembramos en toda esa gente con éstos y otros medios que el día 29 triunfamos sin oposición. Establecimos en varios puntos depósitos de armas y municiones, encarcelamos como unos veinte extranjeros complicados en una supuesta conspiración; algunas bandas de soldados armados recorrían de noche las calles de la ciudad acuchillando y persiguiendo a los mazorqueros. Los gauchos que se resistieron a votar por los candidatos del gobierno fueron encarcelados, puestos en el cepo, enviados al ejército para que sirviesen en la frontera con los indios y muchos de ellos perdieron el rancho, sus escasos bienes y la mujer”

Nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror que, empleados hábilmente han dado este resultado admirable e inesperado.
(Carta del 17 de junio de 1857. Consignada en “La era de Mitre” de Milcíades Peña.

Se ve entonces que Sarmiento aceptaba gozoso al Estado como un ente sin alma ni caridad, instrumento de la desaparición de las existencias menores. Entendía que así debía ser y actuaba en consecuencia. Y se advierte con qué intransigencia tiende al desequilibrio y a la desarmonía mediante la mera aniquilación de lo que le parece disvalioso, con el agregado que era quizá lo que quería matar en él mismo, su ser auténtico.

Dejando de lado lo que pueda haber de ostentación vanidosa de brutalidad, a la que Sarmiento parecía proclive, hay un hilo conductor en sus actos y palabras: el concepto liberal básico de egoísmo, la lucha de todos contra todos conocida en los textos económicos con el nombre de “competencia”.

Sarmiento había quedado extasiado escuchando los principios del liberalismo en un viaje a Europa de boca del fabricante y político inglés Richard Cobden, a mediados del siglo XIX.

Cobden estaba de visita en Catalunya y no perdía ocasión de mostrar los beneficios de la libertad de comercio promovida por el imperio británico, de la que él había sido ideólogo fundador. Comparaba el libre comercio con la ley de gravedad en otro intento, tan frecuente entre los ingleses, de medir méritos con Newton.

De Cobden escuchó Sarmiento cuáles eran los vicios del proteccionismo, que permitía robar al vuelo la riqueza creada por los emprendedores, y cuáles los beneficios del libre cambio. Coincidió con la necesidad de abrir los mercados de Nuestra América a las manufacturas británicas, de modo que en un beneficioso intercambio, los ingleses salieran enriquecidos y nosotros, civilizados. Como el mismo Sarmiento definió, por “civilización” es el idioma inglés, y “barbarie”, el castellano.

En el fondo era el cambio de oro por Biblias que mencionó Eduardo Galeano: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

Sarmiento se veía por anticipado como lo que aspiraba a ser: un caballero de alta clase injertado en América con la misión de convertirla en una Europa bis. Actuaba como la pastorcita que rompió el cántaro de leche después de soñar negocios en que se enriquecía.

El liberalismo concibe al estado como un mal necesario para mantener el mínimo de orden: no el que brota de la naturaleza de las cosas sino el que pueden asegurar por la fuerza el juez y la policía. Lo demás, debe quedar a cargo de los privados, que harán surgir la armonía general de la lucha de sus egoísmos particulares. Extremando un poco las cosas, los nuevos “anarcocapitalistas” buscan como los anarquistas la destrucción del Estado y de la política, que es su gobierno; pero manteniendo aquel mínimo que es la policía para controlar a los “rencorosos”.

Es de raíz liberal la afirmación de Sarmiento de que el Estado no tiene caridad ni alma. Es consecuente con el modo liberal de pensar cuando quiere deja morir a los huérfanos porque un Estado sin alma no debe atenderlos. Se transparenta la intención de justificar con el Estado el dominio de la clase “patricia” a la que Sarmiento decía pertenecer, sobre las demás, consideradas más o menos como desechos.

El egoísmo creador del “hombre tal cual es” de la doctrina liberal, es el que pinta Ayn Rand en sus escritos. Por algo ella es la filósofa de Wall Street.

Toma cuerpo por ejemplo en el “tratamiento” psiquiátrico de los trabajadores en algunos países orientales, advenedizos del capitalismo. En las factorías, los psiquiatras no deben mejorar las condiciones mentales de los trabajadores, sino detectar a los insatisfechos para hacerles probar la fría dureza de la calle y poner en su lugar a otros, ya que por cada uno que consigue empleo hay 10 que lo están buscando. Una vez puesto el descontento en la calle, se suicidará ya sin contrato laboral y no implicará gastos de seguro social para la empresa.

Sin embargo, a diferencia de la frialdad del racionalismo y racismo sajones, producto de la declinación acelerada desde el Renacimiento que lleva a una crisis civilizatoria, Sarmiento no podía prescindir de justificaciones morales, y condena a los huérfanos no por ser hijos de padres muertos, sino viciosos, como los supone gratuitamente.

Deslumbrado más que alumbrado por Europa, no toma en cuenta errores groseros, como comparar a los pobres y mendigos con insectos y decir que recogen desperdicios “como las hormigas”.

El liberal es un estado mínimo fundado en el egoísmo, que efectivamente no tiene alma ni caridad y justifica la explotación.

La mano invisible citada solo tres veces por Adam Smith en toda su obra, pero mucho más por sus seguidores, se encargará de crear armonía general a partir de las luchas individuales, una paradojaque la experiencia no confirma.

Pero Sarmiento, además de muchas otras en su vida, padecía una contradicción interna en su liberalismo criollo: nunca fue ganadero, a diferencia de la oligarquía, en la que era un advenedizo tolerado. Jamás tuvo estancia, su única experiencia de trabajo directo de la tierra fue plantar vides en San Juan. Por eso quería leyes que limitaran la voracidad de los estancieros, los héroes de la “Pampa pastora”. Así Rand, posiblemente acertando más de lo que cree, dice que los empresarios capitalistas son los “héroes modernos”.

Pero Sarmiento no tuvo éxito ni tantas fuerzas como las que aplicó a los guaraníes en el Paraguay, a los mapuches o a los gauchos en las guerras mitristas de policía contra el Interior argentino.

Sarmiento está en la base del Estado argentino que se impuso después de Pavón, con una ciudad dominando sobre un desierto. Su visceral sinceridad permite mucho mejor que en otros de sus mismas ideas, conocer las funciones que asume y los intereses que defiende.

Sin embargo, en nuestro continente y en el resto del mundo hubo y hay comunidades que vivieron sin Estado, de gente que trabajaba cantando y decidía acordando libremente con sus vecinos.

Ese modo de vida, centrado en una vida autogobernada, refleja a nivel social la armonía universal y fue prolijamente destruido por la modernidad.

No es imposible recuperarlo si se derrumba el mundo que aparece todavía, meneado por la propaganda, como único posible. Lo que surja de los escombros dependerá de nosotros, que seremos entonces la semilla del porvenir. Y acá recuperará todo su sentido la frase “por sus frutos los conoceréis”.

La ruina provocada del estado de bienestar después del estrangulamiento de la Unión Soviética con la baja de los precios del petróleo fue resultado de la confianza en que sin adversarios poderosos a la vista, el Estado imperial podría hacer su programa sin obstáculos.

No vieron venir a China, que en 20 años se convirtió en primera potencia económica mundial ni previeron la recuperación militar de Rusia,cuando la tenían como un país subdesarrollado fácil de dominar.

El estado de bienestar no puede ser el modelo a recuperar. Ahora que los dueños del poder retiraron lo que debieron conceder, cabe pensar en la autogestión sin Estado, es decir, en el autogobierno de cada uno y en la la armonía de todos.

Más sencillamente: o somos adultos y gestionamos nuestra vida o seguimos esperando todo de una institución que imaginamos “arriba” y que esperamos que nos proteja, nos defienda y establezca mediante una maraña de leyes qué debemos hacer y qué no.

El Estado es una máquina burocrática construida para dominar, que no puede tener sustancia ética. La “Sittlichkeit” (eticidad) en que Hegel pretendió fundarlo no fue más que una noción nebulosa que nunca tocó tierra.

Lo que sí tenemos es la destrucción de los organismos que se había dado la propia sociedad cuando eran considerados contrarios a la “razón”, que buscaba con disfraz de universalidad el dominio de una clase sobre las otras.

Esa institución de instituciones, llamada Estado, es un conjunto de organizaciones dañinas: el ministerio de Salud ante todo recomienda a favor de los mercaderes del ramo, que explotan la industria más rentable del mundo. El ministerio de Educación es una oficina de adoctrinamiento que en casos sensibles, deforma y oculta los hechos.

Todo está confundido o es ignorado; por ejemplo las culturas que sobreviven en el mismo terreno que pisamos. La cultura se transmite entre generaciones. Pero el Estado entre nosotros entiende en el mejor de los casos que cultura son festivales a cargo de los contribuyentes y educación es deformar cabezas con contenidos europeos. La educación depende de la cultura y no al revés, a pesar de los organigramas oficiales.

El conocimiento se puede autogestionar. La sociedad debe tomarlo a cargo y no el estado con sus expertos profesionales, catedráticos que son funcionarios del Estado, como los policías. Este debe mantener el orden como pretende el grupo dominante, el catedrático debe decidir que se debe aprender y qué se debe enseñar también según criterios dominantes.

Ahora que los sistemas políticos están en crisis, los educadores defienden lo que les permite conservar sus cargos. No abren el juego a la autogestión educativa, que borre una educación que nació estatista, clasista y disciplinaria.

En América y en Europa las asambleas populares de larguísima tradición, los concejos abiertos, eran habituales y lo son todavía. Pero contra ellos están los ministerios y los departamentos del Estado.

Sarmiento pasa por ser el padre de la educación argentina. Recogió las novedades que vio en los Estados Unidos. Esas novedades eran en parte resultado de la educación prusiana. Después de las guerras napoleónicas, bajo la inspiración de Bismarck, Prusia se propuso hacer ciudadanos disciplinados, obedientes al Estado, que todo lo esperaran de él y entendieran que librados a sí mismos no eran nada.

No son esas las ideas que subsisten ocultas y perseguidas en América, donde sin Estado o contra él, quien no acepta las ideologías europeas, bien o mal potencia su autonomía en la comunidad.

Sarmiento será inmortal si sobrevive al cambio civilizatorio que parece inminente, en todo caso, necesario. De lo contrario, será un espécimen curioso que una edad oscura ofrece al interés paleontológico.

De la Redacción de AIM.