Ser o no ser

El zen es una variante del budismo, que se desarrolló en el Japón a partir de orígenes chinos hace más de un milenio. El mismo budismo, muy anterior, puede considerarse una heterodoxia respecto del hinduismo, del Vedanta. O una rebelión de la casta guerrera contra la sapiencial, que no deja de tener algún paralelo con el cristianismo, ya que Jesús pertenecía a la tribu guerrera de Judá, cuyo emblema era un león.

El zen es una variante del budismo, que se desarrolló en el Japón a partir de orígenes chinos hace más de un milenio.

Los budistas negaron los textos védicos y declararon inútil discutir cuestiones que luego se llamarían “metafísicas”, que en Oriente se engloban como “conocimiento”. Paradójicamente, terminaron construyendo una de las teologías más elaboradas del oriente.

Buda no negaba el conocimiento puro o “jñana”, pero declaraba que discutirlo distraía de la meta, que era suprimir el sufrimiento.

El zen, como cualquier doctrina oriental, no se puede entender con los elementos que ofrece la filosofía occidental desarrollada a partir de los griegos clásicos.

Marca la distancia entre “filo-sofos” y “sofos”. Explicar el zen con la filosofía sería como repetir la experiencia de ciertos teólogos protestantes que les informaban a los brahmanes del “verdadero sentido” de los “mitos” en que creían….

El coreano Byung Chul Han, instruido en filosofía occidental y radicado en Alemania, trata en cambio de “rodear” los textos zen con el modo propio de argumentar de los filósofos, no de extraer de ellos una filosofía que no contienen.

Queda claro qué no es el zen y cómo han golpeado el aire los que quisieron “entenderlo”, es decir, los que quisieron encerrarlo en alguna jaula particular de conceptos.

Porque no caben en estructuras derivadas de la actividad mental basados en la memoria los hechos de experiencia inmediata, presente, de conocimiento directo, que resplandecen cuando la mente cesa su actividad.

Hun intenta hacer saltar una chispa del roce, choque o encuentro entre doctrinas, con la intención iluminar la comprensión de algo que nos parece extraño, no solo porque escapa a nuestra forma mental, sino porque también escapa a nuestra mente misma, y eso nos desorienta, ya que solemos considerar a la mente como un maximum insuperable.

Pero no es posible sacar chispas del roce de algo contra nada; ni siquiera en el plano más físico, de cuerpos de naturaleza muy diferente: vidrio contra goma, por ejemplo.

Más aproximado a sus intenciones es el método del Vedanta: ir separando los sedimentos colocados desde bebés sobre nuestro Ser por la memoria, capa sobre capa, hasta crearnos una costra de convicciones, prejuicios, conceptos, en general apelaciones al pasado muerto como guía del presente vivo.

Quitando esa costra, al final, si nos atrevemos a llegar al final, aparecerá radiante el testigo de nuestra actividad física y mental, el que subsiste cuando la mente se detiene aunque sea un instante, el que impera en la felicidad sin nubes del sueño profundo.

Al negar sistemáticamente todo aquello con que estamos identificados, a lo que estamos habituados, advertimos que hay algo que permanece. ¿Quién se mantiene como testigo invariable de todas las vicisitudes y temores, quién nos da la unidad que hace que sepamos que el que dormía sin soñar, totalmente ajeno a toda sensación o idea, es el mismo que está bailando en la confitería o siente el agobio de las deudas?

Ese testigo de nuestra búsqueda permanece y parece estar ahí desde siempre y para siempre, innombrable, inabarcable.

Además, cada uno que emprenda una búsqueda similar a la nuestra desde su propio “aquí y ahora” deberá desechar un nombre diferente, quizá un idioma diferente, una posición social diferente, un sexo, una edad, un color de ojos, una estatura, una cultura diferentes. Y al final, dejando de lado todo eso, el fondo que permite abandonar todo pero no es posible retirar, queda y es uno y el mismo para todos.

Hay un diálogo célebre en el zen, ya que de él hablamos:

Discípulo: -¿En qué estado mental debo buscar la verdad

Maestro: -No hay mente, así que no puedes ponerla en ningún estado; y no hay verdad, así que no puedes buscarla.

D: -Si no hay mente y no hay verdad, ¿porqué se reúnen todos estos estudiantes contigo?

M: -No veo a nadie

D: -Entonces ¿a quién estás enseñando

M: -No tengo lengua, de modo que ¿cómo voy a enseñar?

D: -No te sigo, no comprendo.

  1. -Yo tampoco comprendo.

Osho, sabio hindú, explica: El primer entendimiento del sabio es que no se puede comprender la vida. Solo se puede comprender que la comprensión es imposible.

El sabio dice “Yo tampoco comprendo”; pero los eruditos darán muchas explicaciones y sentarán doctrinas que pueden llevarlos hasta la guerra.

Rainer María Rilke, poeta de habla alemana, dice: “Tú no debes comprender la vida, entonces todo será como una fiesta”. Cuando fracasen todos los intentos por comprender la vida, se te abrirán las puertas del misterio y serás invitado a la fiesta.

Empezando por el principio del diálogo entre maestro y discípulo: La mente es la ilusión, no existe pero parece, y tanto parece que pensamos que somos la mente. La mente es una burbuja al sol: brilla irisada, pero tan pronto algo la roza, se rompe y desaparece. Dentro estaba nuestro vacío, afuera del vacío infinito. Los dos son uno.

Si no hay mente, ¿de qué estado habla el discípulo? Se ha identificado con algo que no existe. La mente está hecha de pensamientos, que son como nubes en el cielo azul. Disipadas las nubes, el cielo azul permanece. A ese cielo que siempre está, aunque a veces tapado por nubes, el Vedanta lo denomina “Atma”.

Cuando le preguntan a un buda ¿hay Dios? la respuesta es “no”. Si dijera “sí”, de inmediato generaría un buscador, despertaría la mente, la inquietaría, le haría surgir pensamientos, crearía otra ilusión.

Hay individuos porque hay mentes individuales. Si las mentes desaparecen, aparece la conciencia infinita. Las burbujas aparecen en el aire, si todos estallan, el aire permanece.

Por eso el maestro dijo “No veo a nadie” porque ese es el punto de vista de la No mente, donde ya no hay ilusiones. Sin embargo, cualquiera que estuviera allí daría razón al discípulo, no al maestro, porque todos, como nosotros, percibimos y hablamos desde la mente y vemos objetos separados.

Finamente la última respuesta: “Yo tampoco comprendo”. El maestro sigue enseñando a pesar de que no hay nada que enseñar. Es una tarea sin fin que se expande en el vacío.

A un maestro de esta índole, en occidente nadie lo seguiría. Se espera de un maestro que sea seguro, que imparta conocimientos, que en síntesis esté anclado en la mente y refuerce la mente de sus alumnos.

Todos vivimos rodeados por el océano de la verdad. No es necesario que nadie nos la enseñe, y menos los que, cargados con sus corazas, tapados en libros, no la conocen.

Una visión oriental del mundo actual lo ve así: “La intelectualidad occidental está harta de la vida, de hay resistencia real contra las armas nucleares. Parece que la mente occidental espera que suceda pronto (la tercera guerra mundial) porque la vida no tiene sentido.

En vez de pensar en suicidarte, si los políticos pueden arreglarse para destruir al mundo, será más fácil. No estarás sumido en el dilema de ser o no ser”.

De la Redacción de AIM.