Tiempos modernos en América

El filósofo español Antonio García Espada dice: “Si hay algún lugar físico donde los efectos de la ruptura se han hecho sentir con una fuerza más devastadora, ese es sin duda América; todo un continente que fue incorporado al orden mundial bajo la tutela de Europa y precisamente en los momentos fundacionales de la modernidad (el Renacimiento).

Antonio García Espada : “Si hay algún lugar físico donde los efectos de la ruptura se han hecho sentir con una fuerza más devastadora, ese es sin duda América”.

Los dos procesos históricos más relevantes en América, el descubrimiento por parte de los castellanos y la creación de las naciones independientes, tuvieron lugar como consecuencia de las revoluciones que en los siglos XV (el Renacimiento) y XVIII (la Revolución Francesa) impulsaron definitivamente Europa hacia la modernidad. Aparte de otras muchas consideraciones, el traslado e implementación de las ideas modernas europeas a América supuso en ambos casos millones de muertos y fracturas que están aún hoy lejos de haber cicatrizado. Al parecer, más que héroes y mártires, la modernidad requiere víctimas, millones de vidas humanas sacrificadas en los altares de la conquista, la patria y el progreso.

Medio siglo después de instaurado el Renacimiento pleno, la Edad Media había sido olvidada por completo y reducida a una época oscura, supersticiosa y bárbara, como la conocemos hoy. Ese olvido tan rápido no pudo ser casual: hubo fuerzas perfectamente conscientes que lo produjeron. Sobre todo porque desde entonces las tendencias “modernas” no han cesado de crecer arrojando arena a los ojos de la gente cada día, o de lo contrario no se sostienen.

El Renacimiento, para nuestros fines actuales, inventó la modernidad como lo actual enfrentado con lo anterior. Lo moderno es lo funcional, eficaz, la última y por eso mejor manera de atacar los problemas.

Hace siete siglos pensamos “moderno” como superación de un estado de cosas anterior, que a su vez se refería a sí mismo como “moderno” y pensaba haber superado lo anterior. Las edades no se sucedieron ya de manera neutra ni azarosa s ino como un proceso ordenado que llevaba consigo soluciones. De allí deriva nuestra creencia, que no solemos poner en cuestión, de que aplicandonos a un problema, le encontraremos la solución y lo dejaremos atrás, para eso somos “modernos”.

Pero esta idea está fallando frente a la crisis social actual: ningún artefacto político, ninguna corrección inspirada o racional, ofrece solución verdadera. Entonces llega el momento de renegar de las soluciones y optar por el punto de vista pos moderno.

El posmodernismo ya no es diacrónico, es sincrónico, no tiene fines ni principios, orígenes ni objetivos. Es informe y elusivo. El posmodernismo trata de emanciparse de la idea del progreso como elemento unificador y postula la total disgregación, dispersión y fragmentación de la realidad. Es el “todo vale” que reprochaba la revista Río Bravo.

Para los modernos el opuesto necesario para afirmarse (Renacimiento contra Edad Media) era el bárbaro, el negro, el Oriente, la mujer, la religión, el criminal, el terrorista, el analfabeto. El “moderno” David Hume decía que el cerebro de un negro tenía tanta capacidad como el feto de un blanco a los seis meses de gestación.

Pero hay un punto en que modernidad y pos modernidad son lo mismo: su repulsa al pasado, su concepto de que el tiempo actual es sagrado y el de ayer, tenebroso. La ruptura con el pasado es más evidente en los pos modernos que en los modernos. El padre de este punto de vista fue el Renacimiento. Y la ilustración clara es el libro pos moderno “La conspiración de acuario” de la californiana Marylin Ferguson.