Tradición y folklore

Las relaciones entre tradición y folklore están oscurecidas y desvirtuadas  por el  pensamiento moderno, que meramente ignora  uno de los términos o lo  interpreta a su gusto.

Los románticos primero y los políticos luego han insistido en la valoración del “pueblo” como creador de tradiciones.

El “pueblo” fue una categoría importante para el  pensamiento romántico, que vacilaba indeciso entre lo individual y lo colectivo, entre lo medieval y lo moderno, entre lo genial y lo anónimo. Los románticos atribuían al pueblo una capacidad creadora colectiva misteriosa,  casi instintiva, natural y espontánea.

Interviene la política 

Esa idea fue recogida luego por los políticos, que la usaron interesadamente para su propio medro profesional atribuyendo al pueblo  la capacidad fabulosa  de no  equivocarse  nunca,  como si le fuera dado  ubicarse infaliblemente y  de una vez en la verdad.

Los románticos primero y los políticos luego han insistido en la valoración del “pueblo” como creador de tradiciones, las que confunden  con el folklore porque desde hace siglos el occidente no sólo perdió su tradición propia sino ni siquiera sabe qué fue.

Lejos de ser popular, el saber tradicional es para el hinduismo, por ejemplo,   “aparusheia”, es decir, de origen “no humano” porque el ámbito del que proviene no es el de la individualidad popular ni impopular  ni de la colectividad humana, sino de un estado del ser superior a la  colectividad y al individuo, aunque tampoco revelación divina.

Las doctrinas tradicionales eran conservadas en las sociedades que ellas informaban por grupos especiales, como los brahmanes en la India o los sacerdotes egipcios, los druidas o los que los españoles llamaron “brujos” entre los pueblos originarios de América (Abya yala).

Cuando alguna de estas sociedades terminaba su existencia y desaparecía, como aconteció con tantas de Abya yala ante la barbarie europea,  podía acontecer que los encargados de preservar la doctrina depositaran algunos de sus principios en la memoria colectiva, “popular”.

El pueblo como tal no estaba en condiciones de entender esas ideas y mucho menos de crearlas, pero sí podía conservarlas, y ese es el origen de numerosas costumbres “tradicionales”, leyendas y “mitos” que se transmiten de generación en generación.

Se trata de principios expresados en símbolos o ritos, no de cualquier costumbre o técnica propia de las poblaciones que los etnólogos llamaron “folk”, a veces  primitivas,  otras veces campesinas, luego extendidas a las ciudades.

Si no es conocimiento, es superstición

Carl Gustav Jung narra que interrogó a un negro africano, integrante de una tribu de la selva, sobre ciertas costumbres ancestrales. El negro le contestó algo que evidenciaba completo desconocimiento de la materia sobre la que lo interrogaban. Al repetir la pregunta a otros miembros de la tribu, obtuvo respuestas similares en cuanto al conocimiento, pero diferentes en detalles. El psicólogo suizo llegó a la conclusión de que a pesar del saber implícito que evidenciaban las costumbres en cuestión, los miembros de la tribu no sabían qué significaban y él agregaba “ni lo habían sabido nunca”.

Posiblemente el propio Jung, que tendía a considerar que esos contenidos provenían del  “inconciente colectivo”, fruto de una experiencia incluso infrahumana, anterior a la humanización de nuestra especie, no admitiría que se tratara de los restos de una tradición, es decir, de un saber superior que los nativos no estaban  en condiciones de entender una vez muerta la civilización de que eran restos.

En las costas del alto Amazonas hay ciertos tramos de tierra fértil de distinto color y textura que el resto, que las tribus actuales usan para conseguir buenas cosechas. Saben que deben sembrar ahí porque la diferencia con de los otros terrenos es marcada.

Algunos antropólogos llegaron a la conclusión de que en esos lugares, hace milenios, había prosperado una civilización, que era la que había preparado esos terrenos fértiles mediante técnicas que hoy en día no se pueden reproducir. Los indígenas actuales meramente los usan pero no saben de dónde provienen ni pueden hacer nada parecido.

Las buenas intenciones

En   una situación similar está el “pueblo” respecto de las tradiciones que expresa en el “folklore”.  Los defensores de buena fe  del pueblo son sobre todo  reformadores que están interesados ante todo en la redención social y la promoción de las clases inferiores de la sociedad.

Semejantes propósitos, contrarios a la evolución de los hechos según las doctrinas cíclicas, están inficionados del pensamiento moderno, que considera que se deben aumentar cantidades: producción, escuelas, caminos, y muchas otras cosas para mejorar la calidad de vida.

Cuando este proyecto fracasa, como es previsible, vuelven a la carga con otras iniciativas igualmente cuantitativas, como la  conocida de que los problemas de la democracia “se resuelven con más democracia”, por no decir los políticos con más política. En síntesis:  con más de lo mismo  saldremos del pantano donde nos metió lo mismo. Pero lo que se consigue con más barro y más agua es más pantano. No se puede aclarar el agua chapaleando el barro.

Según  las doctrinas tradicionales, el pueblo tiene una  memoria colectiva. Pero el folklore no crea las tradiciones, sino al revés. La mentalidad colectiva es solamente una memoria, y tiene una función puramente conservadora, no creadora. No puede crear, sino transmitir, y sobre todo no puede crear nada de orden trascendente, somo son las doctrinas tradicionales que lejos de ser “populares” están restringidas por  naturaleza a los que están calificados.

La teoría científica de la “supervivencia”, que los especialistas descartaron hace mucho aunque algunos folkloristas ingleses siguen apegados a ella, proponía que los bienes culturales de antaño se mantenían como “superviviencias” en el pueblo actual. La mencionamos porque parece tener una similitud con el origen de los datos tradicionales en el pueblo. Pero entre ella y la del origen tradicional hay una diferencia esencial: en la “superviviencia” se trata de un mantenimiento sin finalidad aparente de bienes que pueden no tener valor  tradicional; en cambio, la conservación en la mentalidad colectiva del pueblo de datos tradicionales es intencional en el inicio, aunque no tengan idea de ello los que los conservan, y sólo se refiere a principios universales que deben perdurar, no a costumbres de escasa significación ni a técnicas puramente operativas.

Sokolov consiente

En cuanto a la suerte histórica de las distintas teorías folklóricas, vale apuntar como ejemplo la antigua Unión  Soviética. Los dirigentes comunistas se dieron cuenta del valor del folklore para la propaganda, porque los valores involucrados estaban en poder de los campesinos y obreros de las fábricas y no de élites  intelectuales. Por eso promovieron los estudios folklóricos hasta que en 1947, la conducción stalinista de la revolución rusa cayó en la cuenta de que estaban fomentando doctrinas “reaccionarias”.

Porque los folkoristas rusos habían elaborado una doctrina, tomada de las ideas de “Obersicht” y “Untersicht” del teórico alemán Hans  Naumann, que implicaba que los contenidos folklóricos, por ejemplo las viejas leyendas rusas,  “bajaban” de la intelligentzia (Obersicht, visión superior)  a los aldeanos (Untersicht, visión llana) y se depositaban  en ellos a modo de una sustancia precipitada en el fondo de un vaso.

Rápidamente “corrigieron” esta situación y por decreto decidieron que el folklore expresaba la creatividad del pueblo, recayendo en un tópico romántico sin preocuparse siquiera de si tal creatividad existía; pero salvando la intención política y propagandística que los animaba.

Poco después el académico Yuri Sokolov, autor de una obra fundamental sobre el folklore ruso,  que dependía del partido para trabajar  y vivir, reconoció la falencia, mostró simpatía por las “producciones del folk”,  presentó en su obra citas de Marx, Engels y sobre todo Stalin y recordó que Lenin declaró que el folklore debía considerarse como una ayuda para comprender las expectativas y esperanzas de las masas en el pasado.

Pero fueron los nazis los que primero vieron las posibilidades propagandísticas del folklore. Desde Johann von Herder, que había llamado la atención sobre el “Volk” envuelto ya en cierta aura, hasta Naumann, los estudiosos alemanes habían lanzado ideas que  podían ser útiles a sus fines.

Pero la transformación del “Volk” en “Herrenvolk” o “pueblo de señores” no era posible siguiendo las ideas de Naumann, porque el “Volk” nazi era una entidad pseudomística, algo misterioso a la vez espiritual e impregnado de sangre,  uno para todos los alemanes, sin “Ober” ni “Unter”.

Finalmente, los teóricos elevaron a Hitler a la condición de árbitro de la cultura folk germánica, pero pasando por alto por ejemplo a los hermanos Grimm y a muchos otros precursores. E hicieron del Volk el estado mismo, como el Führer quería,  dentro del concepto de nuevo “Führerschicht” (liderago) que parecía formulado para uso exclusivo de Hitler, ya que lo convertía en personificación del Estado.

Las sugerencias de que Hitler estaba en conocimiento de las doctrinas tradicionales, pero las había “desviado” en dirección infernal son absurdas. En el siglo XX nadie en occidente podía vincularse con ninguna tradición propia, retirada desde hacía 600 años.

Es cierto que Hitler perteneció a algunas organizaciones ocultistas, o que éstas pretendieron usarlo, pero se trataba de formaciones  totalmente modernas sin ninguna base tradicional (la Thule Gesellschaft, el Alba Dorada), cuyas finalidades eran políticas y oportunistas ya que pretendían  “pescar” en el río revuelto de la confusión reinante entonces como ahora.

Estas organizaciones, sociedades secretas que pululaban por entonces,  presentaban una masa confusa de mitos de distintos origen reunidos sin método ni cuidado y presentados como “revelaciones” a  la masa de incautos o desesperados de un mundo en descomposición.

Si hubo desviaciones, si se pudo hablar de “conspiración de las tinieblas”, se produjeron en la mente de personajes como  Dietrich Eckart, Alfred Rosenberg, Houston Stewart Chamberlain o Guido von List, que tuvieron un éxito impensado e inmerecido que cabe poner en la cuenta de las condiciones en que el tratado de Versalles puso a Alemania.

De la Redacción de AIM.