Un paso al frente al borde del abismo

Hay dos grandes realidades insoslayables: la naturaleza y la sociedad; Sobre ellas han crecido como parásitos  la religión y el Estado, sostenía Miguel Bakunin. La religión con la iglesia y la moral como consecuencias, y el Estado acompañado siempre del gobierno, la ley y la coacción, desde las dictaduras criminales hasta las democracias populares.

Los ciudadanos al votar no entregan  una opinión fundada -que no tienen- sino que se limitan a confiar en sus representantes que pertenecen a su facción.

Bakunin partía de una especie de “puntillismo” individual: cada uno era autónomo y celoso de su autonomía. Pero a diferencia de los liberales -que hoy se pretenden “libertarios”-   él no se fundaba  en el egoísmo que separa  sino  en la solidaridad que une.

Tanto la naturaleza como la sociedad se deben aceptar  sin condiciones, hay que  intentar conocerlas y extraer de ellas lo que  se avenga  mejor  a nuestras necesidades. Pero de la religión y del Estado es preciso liberarse, mediante la crítica en un caso y la revolución en el otro.

Las consecuencias fatales del Estado son la ley, el gobierno y la coacción, que deben ser rechazadas tanto como debe ser aceptada la sociedad. En su momento, religión y Estado sirvieron a la humanidad para aglutinarse y  progresar, pero en el presente Bakunin  no ve en ellos más que instrumentos de opresión agregados sin beneficio a la naturaleza y la sociedad.

El programa  de demolición, demolido

Bakunin ofreció un programa de acción que atrae todavía, aunque fue ineficaz y parezca ser viejo de 1000 años debido a la aceleración de los acontecimientos. Además, está ya  disuelto en la hipnosis consumista, en la presunta inexorabilidad del destino neoliberal y en las mezquinas y acomodaticias propuestas revisionistas y reformistas,  inconmensurables con la hegemonía que el sistema económico ha impuesto, llegado a su etapa de dominio mundial.

Estado  y religión se entienden y se interpenetran. Son aspectos de la misma falsedad. Proponer separarlos es ver la ola e ignorar el  mar, dar uno por bueno y otra por mala para elegir entre imposturas. En la invasión de América – Abya Yala ambas se complementaron perfectamente mediante la colaboración armoniosa de la cruz y la espada. El resultado fue la expoliación de un continente que dijeron haber “descubierto” aunque sus habitantes originarios no eran ciegos ni ignoraban dónde vivían. Si hubo entonces un descubrimiento, fue el que los originarios de Abya yala hicieron de los europeos y no al revés.

Abolidos la religión y el Estado, Bakunin  sostiene que el hombre podrá reorganizarse libremente en la forma que la naturaleza le aconseje y exija y del modo más beneficioso para la colectividad y para el individuo. En síntesis: la utopía iba en sentido contrario al desarrollo real que tomaron los acontecimientos. Consideraba un mundo sin leyes, sin autoridades, sin monopolios ni contribuciones, sin políticos que luchen por el poder y  lo usen en detrimento de los gobernados. Con o sin utopía, los que consagran su vida a luchar por el poder  están tratando de ubicarse por encima  de donde se sienten, lo que revela que se sienten abajo, y el ego lastimado las impulsa sin descanso a un crecimiento compensatorio.

El pulso de los políticos

El filósofo español Gustavo Bueno se define como materialista estoico. No tiene relación con  el materialismo utópico  pero sí cierta nostalgia remanente del imperio hispano. Analiza los fundamentos de la política, en su versión democrática, y hace un paralelo estructural con la religión judeocristiana.

Según él, la pregunta ¿qué es la democracia? suele ser respondida: el gobierno del pueblo; o del pueblo, por el pueblo y para el pueblo; o el sistema político en que gobierna la voluntad popular.

De la misma manera, la pregunta ¿qué es la religión? merece casi siempre  de los creyentes la respuesta: las relaciones del hombre con dios o alguna otra equivalente, más o menos elaborada.

Estas respuestas olvidan  lo  que tanto los ciudadanos de un estado como los fieles de una religión conocen mejor: los aspectos técnicos tanto de la democracia como de la religión. Todos saben cómo funciona la democracia: urnas, elecciones, listas, padrones, representantes, candidatos, alternancia, campañas, propaganda. Y el caso de la religión todos saben que consiste en ir al templo, escuchar la prédica, arrodillarse, rezar, militar,  hacer contribuciones, etc.

Las definiciones ideológicas que mencionan al pueblo y a dios, dejan satisfechos a los demócratas y a los creyentes, pero también dejan  en la oscuridad al  pueblo y a dios.

Sobre dios los creyentes tendrán mucho o poco que decir, y se hará cada uno la idea o la imagen que pueda según su capacidad o la hondura de su indagación. Sobre el pueblo se investiga menos; pero todos entienden saber qué es e incluso se embanderan y apasionan con él, aunque no es sencillo definirlo y cada cual defiende su “verdad”.

Cuando se trata de decidir en  una asamblea de pocos miembros, es fácil acordar que “pueblo” son los miembros de la asamblea. Pero en un país moderno con millones de habitantes, se producen mediaciones que oscurecen el concepto hasta volverlo oscuro y confuso, como el de dios.

Curas  y políticos

Así como en el cristianismo los sacramentos son los canales instituidos que permiten a los creyentes comunicarse con dios o recibir su gracia, administrada por los sacerdotes,  en la democracia los canales son los partidos  y los  políticos son los administradores.

A Gustavo Bueno pertenece el análisis siguiente, muy resumido: Los partidos, como su nombre lo indica, parten al pueblo y lo dividen en partes. Los ciudadanos al votar no entregan  una opinión fundada -que no tienen- sino que se limitan a confiar en sus representantes que pertenecen a su facción. Ya no es el  pueblo entonces  sino la asamblea de sus representantes. Pero estos representantes pueden no conocer tampoco ellos a fondo los programas: votan por razones partidistas, por alineamiento partidario, incluso por obediencia. Esa asamblea ha mediado tanto la representación que ya no se puede decir que sea el pueblo el que gobierna. Y las leyes no son tampoco expresión de la asamblea porque las mayorías necesarias para aprobarlas  se obtienen con frecuencia mediante coaliciones que se sobreañaden a las representaciones ordinarias. La transformación del pueblo en asamblea  y de la asamblea en leyes termina siendo un proceso tan oscuro o  misterioso como la transformación del supuesto mensaje divino en su paso  a través de la tradición  y los libros sagrados hasta llegar a los fieles.

2500 años es mucho 

La democracia alcanzó su punto culminante  hace 25 siglos, en Atenas. En la “Historia de la guerra del Peloponeso”, Tucídides expone el elogio de la democracia que hizo Pericles al honrar a los muertos en combate.

El tema central del alegato de Pericles,  regidor de Atenas, es según Tucídides la exposición de cómo la polis alcanzó semejante poder,   “con qué régimen político y con qué modos de comportamiento este poder se ha hecho grande”. Para Pericles, el modo de conducirse de los atenienses, que no deben a nadie porque es obra de ellos,  es el modelo a seguir para el resto de polis griegas y también para los extranjeros o bárbaros.

Según Pericles, en la democracia los asuntos del gobierno no dependen de unos pocos, como en las aristocracias, sino de la mayoría.

En ella, además,  la ley otorga a todos los particulares los mismos derechos, políticos y civiles. Para el individuo, la igualdad supone la supresión de los privilegios ligados al nacimiento y la riqueza, antaño vinculados a la jerarquización social.  El ideal de igualdad de la nobleza, que procuraba evitar que un noble se hiciera con todo el poder, se ha extendido en la democracia a  todos los ciudadanos, la Diké (justicia) ha dejado de ser una pena impuesta por las deidades al quebrantamiento del orden natural para convertirse en un principio resultante de la deliberación  entre iguales.

Pericles expone una idea que hoy suena nueva porque han vuelto  a ella los neoliberales; la meritocracia, que   mantiene el principio de igualdad pero otorga los cargos públicos en función de las capacidades personales. Las diferencias sociales ya no se ven como naturales, sino a la inversa:  las diferencias naturales son las únicas válidas para la ley.

En el alegato de Pericles, la democracia hace compatible el trabajo privado con la dedicación en la vida pública.  Todos los ciudadanos tienen derecho a atender sus asuntos particulares, pero la extensión de la igualdad obliga a todos a prestar servicio al Estado, cosa que antaño sólo incumbía a la nobleza. Es necesaria, por tanto, la supresión del criterio de pobreza si se quiere convertir a todos los atenienses en ciudadanos efectivos, pues esa es la raíz de toda idea democrática.

Quizá el máximo elogio de Pericles a los  atenienses sea éste:   “amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación”, una afirmación del equilibrio que los diferencia ante todo del enemigo espartano, al que ve  dedicado exclusivamente  a la guerra, pero también de los  egipcios y persas,  que entienden encontrar la felicidad en la ostentación del lujo exagerado. Además, los atenienses  buscan el saber no para jactarse sino para obtener utilidad, en un anticipo de la “razón instrumental”, que no se afirmaría hasta la modernidad. El fin de la razón para Pericles no es la verdad sino la eficacia, los resultados adecuados   a las circunstancias y dirigidos a salvar la polis  y asegurar el bienestar de sus habitantes. En suma, el demócrata supedita la verdad a la política y es el máximo estadio de la evolución humana, cosa que tantas veces se ha afirmado  y tantas se ha negado.

“Nuestra ciudad es, en su conjunto, un ejemplo para Grecia”.   “No necesitamos de ningún Homero que nos haga el elogio ni de ningún poeta que nos deleite de momento con sus versos (…) nos bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y con haber dejado en todas partes monumentos eternos en recuerdo de males y bienes”.

En la Ilíada, Homero dice que la hazaña más reciente (de las bandas de piratas que destruyeron Troya) trae el elogio más alto, con lo que revela cuál es la  utilidad de la épica. Pericles es consciente de que aquella época terminó y ahora la organización social debe ser menos errática y más consciente. Sus  ideas, bajo las que palpita el poder y el sometimiento tanto como en la modernidad,  prendieron lejos, en la revolución estadounidense  y en la francesa. En los Estados Unidos, hoy mismo, hay mucha gente dedicada a considerar a qué época del imperio romano responde la civilización estadounidense. Por ejemplo, si Obama se puede comparar con el  emperador Claudio o a quién sería proporcional Donald Trump. Lo que generalmente se da por descontado es que los Estados Unidos son la Roma actual, un imperio cuyo fin es poner el resto del mundo a sus pies y dictarle normas.

Mientras Roma, cuando se sintió declinar, ofreció a los bárbaros la ciudadanía romana como anzuelo para atraerlos; los Estados Unidos ofrecen su  democracia a los bárbaros modernos, que si la rechazan, solo confirman su condición bárbara.

En el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx hace notar que la revolución francesa hizo y deshizo para limpiar el camino de la burguesía  disfrazada de romanos,  comparando sus hombres e instituciones con las de Roma y citando de continuo  políticos y literatos de la antigüedad latina. De modo que cuando el ascenso de Luis Bonaparte al poder, lo que años antes fue tragedia se repitió como comedia.

La crítica  intestina

Sin embargo,  la historia de las ideas ha recogido poco que los grandes filósofos griegos hicieron las primeras críticas acerbas de la democracia.  Quizá por descuido o inadvertencia o porque no parece conveniente enfrentar con argumentos tan tempranos una idea prestigiosa que se viene sosteniendo por dos milenios y medio. Era una idea propagandística de Pericles a favor de la polis que gobernaba, como ahora es una idea propagandística a favor de la plutocracia que nos gobierna,  que sabe enviar a los críticos, como fueron en su momento Platón y Aristóteles, en penitencia al rincón de los niños malos.

A Sócrates lo condenó a muerte el gobierno democrático de Atenas y Platón no perdonó el crimen. Los  jueces que lo juzgaron por impiedad y por corromper a los jóvenes llamaron a un jurado integrado por 500 miembros de la polis. Sócrates fue condenado por el 52 por ciento de los votos contra el 48 por ciento: 281 miembros de la boulé  en contra ; 275 a favor.

Platón incluye en el Protágoras un cuestionamiento a la democracia que atribuye a  Sócrates, y que mantiene su validez porque cuestiona la raíz del problema: la autoridad acordada a la cantidad, síntoma ya entonces de una declinación que hoy toma la forma más grave, por más avanzada, de crisis civilizatoria.

Su argumento es que cuando alguien quiere construir un barco llama a un especialista a quien confiar su dinero en la convicción de que solo quien sabe puede construirlo. Lo mismo cuando se trata de un edificio: se llama entonces a un arquitecto para que opine y diseñe y no  a un zapatero ni a un alfarero. Pero cuando se trata de gobernar un país, algo en realidad mucho más difícil y delicado, se acepta la opinión todos, y si está dividida, la de la mayoría, como si el mero número de gentes que opinan sobre lo que conocen poco o nada fuera suficiente.

Otra opinión contraria a la democracia, más sutil,  fue expuesta por Aristóteles. Ya Platón entendía que si la asamblea había votado por la muerte de Sócrates, no había  mérito para la democracia. Aristóteles hablaba de República como  uno de los  modos rectos de gobierno, y de democracia como desviación de la república. Luego estas palabras cambiaron sentido  y lo que se llamaba república se llamó democracia y lo que se llamaba democracia, demagogia.

La democracia griega estaba restringida a los hombres libres, uno de cada cuatro en Atenas porque los otros eran esclavos. Mientras los miembros de la boulé discutían en el ágora cuántos esclavos les correspondía a cada uno, los esclavos sudaban y morían en las minas de plata próximas a la ciudad. No participaban de la asamblea los metecos o extranjeros entre los que contaba, por ejemplo, Aristóteles. Tampoco participaban las mujeres, excluidas de derechos políticos y recluidas  al  gineceo.

Nosotros o los otros

Pero aquella democracia restringida, que votaba según los barrios o demos de Atenas, no hablaba en nombre de la humanidad sino solo en nombre de Atenas. Participaban pobres y ricos, gentes de distintas profesiones e intereses, pero todos contra alguien: contra los espartanos, contra los persas. Y a favor del interés particular de los atenienses. No había universalidad en aquella democracia sino solo interés local. Así lo vio y lo hizo notar Aristóteles.

Y así siguió siendo a pesar de que la sociedad occidental moderna se siente heredera de -Grecia más que por verdad histórica por herencia de los humanistas primero y de los románticos alemanes después.

La revolución francesa mantuvo la esclavitud en Haití cuando sus principios chocaron con  la renta de las plantaciones de azúcar. Y los padres fundadores estadounidenses, que siempre hablaron de república y nunca de democracia, mantuvieron la esclavitud porque sin esclavos eran inútiles las plantaciones de algodón. Los padres de la patria norteamericana se declaraban contrarios a la esclavitud pero tenían esclavos y no los liberaron. Sus descendientes actuales elogian la república como la proclama  la constitución adoptada en Filadelfia e incluyen en la democracia tanto al socialismo como al fascismo y al populismo.

La separación de la iglesia del estado, que parece una meta de la actualidad, mantiene tanto al cura como al político y sus consecuencias: el juez, el gobernante, el legislador, el policía.

Los Estados Unidos se proponen como el faro que alumbra el camino de la democracia a todo el resto del mundo. Como dijo Rubén Darío “alumbrando el camino de la fácil conquista, la libertad levanta su antorcha en Nueva York”. Están siempre dispuestos a castigar a los pueblos que no acepten la luz, como Atenas a los espartanos y a los persas, ya que son herederos de Grecia y de Roma. Su constitución comienza. “Nosotros, el pueblo, decidimos”. Pero es seguro  que la mayoría del “pueblo” no sabía  qué estaba decidiendo; y hoy en día sabe mucho menos y ya no decide nada, pero sufre más. Sin embargo, la ficción se mantiene porque puede dar algo de leche todavía.

El bipartidismo que parece la expresión natural  de la política estadounidense es visto con desconfianza al menos por James Madison, uno de los padres de la patria, cuarto presidente de los Estados Unidos. En el artículo 10 de “El Federalista” Madison se despacha con fuerza contra el espíritu de facción -conocido allá entonces y muchísimo más acá ahora- que define como la tendencia de los políticos a abusar del poder público en provecho propio. Madison tenía en vista la  polis griega y quería neutralizar el riesgo faccioso en una escala mayor, como eran las 13 repúblicas norteamericanas.

Entre las muchas prevenciones contra las asambleas y la entrega de la representación a facciones partidarias, Madison escribe: “este examen del problema permite concluir que una democracia pura, por la que entiendo una sociedad integrada por un reducido número de ciudadanos que se reúnen y administran personalmente el gobierno, no puede evitar los peligros del espíritu sectario”.

Para seguir ordeñando, el espíritu sectario que tiene la consigna “nosotros o el abismo”, debe mantener la fantasía deliberativa o representativa  de la que participaría el “pueblo” y proponer  cosas que no piensa ni puede cumplir.

La distancia entre lo que la gente quiere -si fuera posible conocerlo- y lo que los políticos hacen, es mayor a medida que es mayor la complejidad de la civilización y más próximo el colapso.  Por ahora, la democracia es la mejor forma de sostener el sistema, y como mejor la recomienda la propaganda. Pero es  cada vez más costosa tanto para los dominados como para los dominadores, y es un obstáculo para  la necesidad de ganancias.

La religión ha perdido en buena parte la función  que tuvo cuando ejercía una dictadura espiritual sin oposición ni alternativa.  Si hay templo ha de  ser la naturaleza, como  saben todos los pueblos originarios de nuestro continente.   Los  políticos abandonarían de inmediato aquél que  Borges consideraba el oficio más triste de un ser humano  si debieran dejar de inflar ilusiones  hasta el punto  de creer a veces en ellas. La medida de su valor es por una parte su incapacidad de  manejar su propia vida mientras se atribuyen capacidad para manejar el mundo y por otra la distancia insalvable que los separa de la sabiduría.

De la Redacción de AIM.