Así como es arriba, es abajo

¿Es la Tierra objeto de sometimiento y dominio por el hombre, como dice la Biblia? ¿Es su madre, a la que debe respeto, consideración y cuidado como creen los pueblos tradicionales? ¿Es recurso natural, objeto de la actividad económica según la práctica capitalista?

La hipótesis Gaia implica que los seres vivos, desde que surgieron son responsables de los cambios que sufrió la superficie de la Tierra .

Cada uno responderá según la idea que se haya hecho, que suele provenir del medio en que se desenvuelve y ser expresada sin mucha reflexión. El estado de las relaciones del hombre con la naturaleza incide en la respuesta, que hoy en día ha llegado a ser cuestión de máxima importancia.

El investigador inglés Jaime Lovelock consideró a los seres vivos responsables de mantener invariable la atmósfera, porque constituirían un sistema cibernético que los envuelve a todos en un organismo de orden superior.

La investigadora norteamericana Lynn Margulis avanzó en la idea y propuso que la Tierra es un superorganismo que regula las condiciones que hacen posible la vida. Es decir: la vida modifica el ambiente para adecuarlo a sus necesidades.

Algunos biólogos, que podríamos llamar «fundamentalistas del evolucionismo», como Richard Dawkins, rechazaron la hipótesis Gaia porque contraría las convicciones darwinianas. Objetaron que es el medio ambiente el que selecciona los seres vivos y no los seres vivos los que modifican el medio ambiente para favorecer su adaptación.

Sin embargo, hay en la naturaleza ejemplos que parecen corroborar la hipótesis Gaia de Lovelock: las bacterias y las algas, mediante lo que la cibernética llama «bucles de retroalimentación negativa» mantendrían la temperatura de la superficie terrestre y regularían la salinidad del mar.

El procedimiento es similar, aunque más complejo, al que mantiene constante por ejemplo la temperatura de una heladera. Un sensor (termostato) «detecta» un aumento de temperatura gracias a diferencias en el coeficiente de dilatación de dos metales diferentes y provoca el arranque del motor.

El funcionamiento del equipo refrigerador disminuye entonces la temperatura, el termostato detecta la disminución y apaga el motor. El ciclo se repite las veces que sea necesario, de modo de mantener la temperatura constante dentro de límites estrechos.

El mundo de las margaritas

Lovelock propuso a favor de su hipótesis un modelo matemático muy simplificado, ya que la complejidad no mitigada de lo real no permitiría el análisis. El «mundo de las margaritas» trata de hacer ver cómo un campo sembrado con dos clases de flores: blancas y negras, por sí solo varía la cantidad de flores de cada color de modo de obtener el medio ambiente más favorable. La idea es contraria en algún punto a la evolución darwiniana porque implica que los organismos modifican el medio ambiente al que debieran adaptarse.

El sol se refleja en el campo de margaritas. La proporción de luz incidente que es reflejada se llama «albedo» en astronomía. La luna refleja menos del 10% de la luz solar que recibe y Venus más del 80%. Debido a su color, las margaritas blancas reflejan más luz que el suelo sin margaritas y su temperatura por eso es inferior. También por su color, las margaritas negras reflejan menos luz y por eso su temperatura es superior.

Un análisis matemático emplea ecuaciones diferenciales, que hacen intervenir cambios tan pequeños como se quiera de variables como la superficie, la temperatura y la tasa de mortalidad de las margaritas. La conclusión es que cualquier descenso de temperatura del planeta es contrarrestado por un aumento de la superficie de margaritas negras y cualquier aumento de temperatura provoca el aumento de la superficie con margaritas blancas. Los puntos extremos son un planeta totalmente cubierto de margaritas o un planeta muerto, con suelo pelado.

La autorregulación de sistemas físicos o químicos no es exclusiva de la vida. Un caso bien conocido es el de las soluciones químicas llamadas «tampon» o «buffer», fundamental para la vida de las células, en que la acidez se regula de manera que apenas varía cuando se agregan sustancias ácidas o alcalinas.

La Gran Madre

Gaia, o Gea, es la diosa madre de los antiguos griegos, la «Tellus Mater» de los romanos. Sería la forma como llegó a la Hélade la «Gran Madre» del preindoeuropeo, diosa de la vida y la muerte generosa y pavorosa según Marija Gimbutas, venerada desde el Neolítico en el Mediterráneo.

En 1979 Lovelock recordó ese nombre para su hipótesis de un gran organismo autorregulado. La hipótesis Gaia propone que los organismos vivos y las materias inorgánicas integran un sistema dinámico que forma la biosfera de la Tierra.

Fuera del ámbito grecolatino, en la India antigua se muestra al hombre atado (ligado) por la ignorancia de su ser auténtico, producida por el ego que lo hace sentir separado y por el deseo que expresa ciegamente la necesidad de unidad. El deseo y la ignorancia generan la actividad mental que despliega ante cada uno el mundo de los fenómenos. Pero es la misma «maya», la ilusión cósmica, bajo la forma de la Madre Devi, la que disuelve el engaño generado por la ignorancia y permite alcanzar la realidad que está más allá de las formas del tiempo, el espacio y la causalidad.

En América la Pachamama de quechuas y aymaras es la Tierra, el ambiente natural, también el principio femenino necesario para dar existencia a los fenómenos. El cosmos en que vive y con el que interactúa el hombre, nunca inerte ni mero objeto, es el Ñuke Mapu de los mapuches, el aspecto femenino inescindible de la realidad total.

El cristianismo mantuvo un resto de la antigua veneración de la Gran Madre en la virgen María. Pero los teólogos la ubicaron como merecedora del culto de hiperdulía, superior al de dulía debido a los santos, pero diferente de la adoración debida a dios. La virgen a pesar de ser muy favorecida no es un ser divino. En «Dios nació mujer» el español Pepe Rodríguez, positivista y feminista acérrimo, destaca por una parte la influencia nociva que el patriarcalismo ha tenido en su criterio en la sustitución de los cultos de las diosas prehistóricas y por otra la rehabilitación parcial y tardía de María dentro del catolicismo.

La vida organiza

La hipótesis Gaia ha sido interpretada más recientemente por Lyndon Larouche, autor de «Cuando los gobiernos se derrumban» en función de las características que asigna a la vida: Estas son, según él: 1) Contra el segundo principio de la termodinámica, que establece que el universo tiende espontáneamente al aumento de la entropía, al desorden y a la homogeneidad final, a la «muerte térmica», la vida es antientrópica. «En otras palabras, a pesar de que en nuestro universo es evidente que el desorden, el caos y la disipación de la energía son tendencias muy claras e inexorables, donde encontremos vida observaremos siempre una violación local de la mencionada tendencia: la vida supone complejidad, uso eficiente de energía y, sobre todo, orden. La vida es, en apariencia, una alta forma de organización de la materia que surge en contra de ciertas intuiciones termodinámicas».

2) La vida resiste y prospera, se adapta a las condiciones de su entorno y se reproduce. 3) La vida influye en su propio entorno, facultad determinante en la hipótesis Gaia. La atmósfera de la Tierra posee una composición que sería totalmente inviable en un planeta inerte (como Marte y Venus).

Larouche llega a hablar del “fraudulento” segundo principio de la termodinámica, que en su forma más simple dice que el trabajo se puede convertir totalmente en calor, pero no a la inversa: “Es imposible la conversión completa de calor en trabajo sin dejar efecto (cambios) en alguna parte”.

De aquí se ha deducido mediante la generalización, más filosófica que científicamente, que todos los procesos naturales espontáneos, irreversibles, implican degradación de la energía, crecimiento del desorden, aumento de entropía. Todo proceso espontáneo que implique la energía, conlleva aumento de entropía, de desorden, y conduce al caos. Pero esto vale para sistemas cerrados, y justamente no sabemos si el Universo es un sistema cerrado o no.

Por supuesto, la vida tiene una tendencia notable a la organización, “antientrópica”, pero al costo de gran uso de energía del medio ambiente, y el resultado final es netamente “entrópico” para el sistema constituido por el ser y su ambiente. Illya Prigogine, físico ruso, demostró que todos los sistemas disipativos, de los que los seres vivos son un caso particular, pueden mantener y aumentar su complejidad, su grado de organización, al precio de hacer pasar por ellos cantidades crecientes de energía. Los seres vivos usan la energía de los alimentos, lo que implica que se devoren unos a otros.

Ya Nietzsche había expuesto objeciones a los que entienden que la Tierra es un ser vivo. Y Lovelock aclara que ningún organismo vivo puede sobrevivir de sus propios residuos ni respirar sus propias excreciones gaseosas. «Sin embargo, la superficie de la Tierra construida en gran medida a base de células que se reproducen, toma sus nutrientes del agua y produce incesantemente residuos. Ambos entran en asociaciones ecológicas, en ocasiones simbióticas, absolutamente necesarias para el reciclado de residuos, lo cual determina que el reino celular se expanda. El resultado consiste en que, con el paso del tiempo, el medio ambiente se vuelve cada vez más organizado, diferenciado y especializado».

La hipótesis Gaia implica que los seres vivos, desde que surgieron son responsables de los cambios que sufrió la superficie de la Tierra y crearon condiciones muy diferentes de las que se observan en otros planetas.

Ya hace mucho se lanzó la idea de que el oxígeno del aire era el resultado de la respiración de trillones de microorganismos que lo liberan a la atmósfera como consecuencia de su actividad vital. A lo largo de los milenios, la proporción de oxígeno habría ido creciendo hasta hacer imposible la vida de los organismos anaeróbicos, que al principio eran los únicos y hoy están relegados a sitios sin aire, como las levaduras que producen la cerveza.

El oxígeno es un gas muy tóxico, que tiene propiedades químicas similares al cloro, gas que se usó como veneno en la guerra. El hecho de que los animales hayan aprendido a vivir respirándolo es posiblemente una muestra terminante de la enorme adaptabilidad de la vida. Sin embargo, el peligro de la “oxidación” celular sigue vigente.

Para la hipótesis Gaia la vida es una totalidad que no permite diferencias claras entre materia orgánica e inorgánica, como subsisten en la enseñanza tradicional de la química, porque una y otra se complementan.

Gaia y Darwin

Las hipótesis de la doctora Margulis referentes a la simbiosis en células de bacterias chocó y choca todavía con el paradigma predomínante del neodarwinismo.

La teoría neodarwiniana de la síntesis evolutiva se tiene por válida junto con su fundamento: que la novedad biológica deriva de los errores genéticos y es fijada por la selección natural.

Los neodarwinianos dicen que no hay indicio de que ninguna de las 10000 especies de aves o de las 4500 especies de mamíferos se haya originado por medio de la simbiogénesis. Sin embargo, la experiencia tampoco permite apuntar un solo caso de una especie que haya surgido como consecuencia de un error genético. Pero en este punto hay silencio. Será preciso demoler el paradigma darwiniano para que se oiga otra voz, a pesar de que Margulis no cuestionó la selección natural sino el papel de las mutaciones. La cuestión es si el genoma determina los organismos y sus cambios o si los organismos determinan el genoma y lo cambian. No es vana, porque tiene importancia en el enfrentamiento de la hipótesis Gaia con el neodarwinismo.

Al final, vuelta al finalismo

El especialista Carlos Castro, defensor de Gaia, propone una ruptura total con el darwinismo y considera que la Tierra es «un organismo evolutivo de pleno derecho, como lo puede ser una colmena o un termitero».

Pero introduce un concepto que la ciencia moderna no puede digerir bien: Gaia es un ser teleológico, es decir, tiene fines propios, tal como una cigüeña cuando recoge ramas para hacer un nido, o como una colmena cuando fabrica jalea real.

El científico George Carlin, muerto en 2008, escribió, distinguiendo «ciencia» (moderna) de «creencias antiguas»: “Si es verdad que todos venimos del centro de una estrella, (del estallido de una supernova), que cada átomo en nosotros viene de una estrella, entonces todos somos la misma cosa. Incluso una máquina de Coca Cola, o una colilla de cigarrillo en la calle en Búfalo están hechas con átomos que vinieron de una estrella. Se han estado reciclando miles de veces, como lo hemos hecho tú y yo. Y por lo tanto, Ahí afuera solo estoy yo. ¿Entonces de qué hay que estar asustado? ¿Qué puede existir que necesite la búsqueda de un consuelo? Nada. No hay nada de que temer porque todo es nosotros. El problema es que hemos sido separados al nacer y dotados de un nombre y una identidad. Y así fuimos individualizados. Hemos sido separados de la unidad y eso es lo que la religión explota. La gente tiene este anhelo de volver a ser parte de un todo. Entonces explotan eso, lo llaman Dios, dicen que tiene reglas, y yo creo que eso es cruel. Yo creo que la unión puede lograrse sin la religión.”

La mención de la religión es posiblemente un emergente de las vicisitudes personales de Carlin. Su punto de vista parece correcto, por mucho que se esfuerce en presentarlo como puramente «materialista». En la India antigua había otro modo de tratar la misma cuestión sin dar ninguna preponderancia en la explicación a «materia», «energía», «espíritu» ni ningún otro ente de definición.

Y Albert Einstein: «Un ser humano es parte de un todo, llamado por nosotros universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto… algo así como una ilusión óptica de su conciencia. Esta falsa ilusión es para nosotros como una prisión que nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto que profesamos a las pocas personas que nos rodean. Nuestra tarea debe ser el liberarnos de esta cárcel ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todas las criaturas vivas y a la naturaleza en conjunto en toda su belleza».

Al respecto, las doctrinas tradicionales consideran que el ser humano y cualquier otro ser, liberado de la ignorancia que lo hace sentir separado, es el todo y no una parte de él. La liberación, como indica Einstein, comienza destruyendo la ilusión del ego y eliminado todos los deseos personales y la limitación a lo próximo. Sin dudas no se trata tanto de compasión, que tiene centro necesariamente en un ego compasivo e ilusorio, como de conocimiento, que cuando es lo que debe ser lleva fuera de lo individual y de lo particular y conduce a lo universal. El conocimiento es unidad del conocedor con lo conocido, de él brota la luz que destruye la ilusión.

De la Redacción de AIM.