Dugin, ¿el Rasputín de Putín?

Rusia se  ha levantado imprevistamente como un obstáculo  militar, y también  ideológico, en el camino de la creación del imperio mundial único. Intelectuales y voceros del establishment estadounidense se apresuraron a mostrar que detrás del presidente Vladimir Putin está Alexander Dugin, al que consideran como   una inspiración tenebrosa y peligrosa, comparable  con Rasputín, el monje sanador que influyó en los tiempos finales de la dinastía de los Romanoff.

Alexander Dugin, filósofo, sociólogo y geopolítico ruso que es asesor de  Putin.

Putin, maestro de yudo que recuerda  cómo cazaba ratas en su triste infancia, fue luego agente de la KGB, tan exitoso como espía y tan implacable en sus métodos que llegó a presidir la agencia de inteligencia de la ex Unión Soviética.

Putin se anotó un éxito  muy significativo en la guerra de Siria, donde cortó la marcha triunfal de Estados  Unidos y de su aliado, el Estado sionista, sobre los Estados árabes del Medio Oriente y frustró por ahora el plan de voltearlos uno a uno hasta llegar a las barbas de Rusia.

Delito de desobediencia

Algunos de esos estados habían cometido una imprudencia fatal: cuando en 1971 el presidente Nixon abolió el respaldo oro del dólar a pesar del acuerdo de Bretton Woods, buscó otro respaldo que mantuviera la confianza en su moneda y evitara un colapso.  En una operación de aspecto mafioso, ofreció protección a Arabia Saudita, y quizá la amenazó,  a cambio de vender su petróleo solo aceptando dólares como pago. Nació el «petrodólar». Pero Iraq primero y luego Libia se rebelaron  años después y aceptaron euros por petróleo. El castigo no se hizo esperar y fue  demoledor para los imprudentes  y ejemplificador para los otros.

El presidente ruso, Vladímir Putin.

Para estorbar el plan estadounidense, Putin se alió con China, la India y otras potencias menores. La intención es dar  golpes decisivos al imperio norteamericano, del que sospecha entró en fase involutiva.

Trump es el fin de la hegemonía occidental

Esa podría ser la razón para favorecer la candidatura de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, ya que la candidata demócrata era la del establisment financiero. Los  banqueros que controlan la Reserva Federal duplicaron desde la crisis de 2008 la deuda norteamericana; es decir, crearon mediante emisión en 10 años tanta deuda como el país acumuló en más de dos siglos. Ahora   se proponen romper la gran burbuja  y culpar a Trump del desastre  que ellos mismos prepararon.

El derrumbe del dólar, consecuencia del colosal endeudamiento,    sería neutralizado por las potencias emergentes, que lo esperan y estimulan, con alternativas basadas en petroyuanes combinados con dinero virtual. Ya han establecido un circuito comercial libre de  pago en dólares. China, que posee enormes cantidades de bonos del tesoro de los Estados Unidos, ya se  desprendió del 10 por ciento de ellos;  es decir, está transfiriendo  deuda norteamericana   a los Estados Unidos. Rusia vendió la mitad de sus bonos en dólares. Y ambas potencias están produciendo y acumulando oro para garantizar los petroyuanes, hacerlos canjeables por oro.

Estados Unidos vuelve ahora a su viejo proteccionismo. Cuando un diplomático inglés de principios del siglo XIX le explicó al presidente de los Estados Unidos las ventajas del librecambio, el presidente le dijo que compartía y admiraba el sistema inglés, tanto que dentro de 200 años, cuando Estados Unidos estuviera  al  nivel inglés en materia industrial,  lo adoptaría. Mientras tanto,  usaría el proteccionismo para lograrlo.  Luego el economista alemán Federico List sostendría  una doctrina similar para arropar el propósito de una Alemania todavía agraria de convertirse en potencia industrial y militar.

Con Trump, que posiblemente tenga en mente decidir -con consecuencias impredecibles -posiblemente catastróficas-  no pagar la  impagable deuda de su país,   han retomado el  proteccionismo después de un período de librecambio agresivo,  que fue celebrado como el advenimiento de una nueva era por los neoliberales.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América.

Y vuelve porque el imperio potente, rudo y despótico, el «país de hierro» de Rubén Darío, transvestido de democracia y humanitarismo, está en la etapa irreversible de «bajo imperio» para tomar una analogía con Roma. Se siente viejo, gruñe al desarrollo de las potencias emergentes, apela cada vez más a la fuerza pero teme el momento en que su economía declinante lo sostenga como la cuerda sostiene al ahorcado.

La vuelta de Rasputín

En este momento aparece en el firmamento de las ideas Alexander Dugin, un filósofo, sociólogo y geopolítico ruso que es asesor de  Putin. No por nada los ideólogos norteamericanos, que consideraron a Noam Chomksy «una mente enferma», tratan a Dugin como «el filósofo más peligroso y sombrío del mundo» y lo acusan de imperialista y fascista, entre otras cosas. El tratamiento que recibe Dugin de sus comentaristas occidentales es «el Rasputín de Putin».  La similitud no va muy lejos. Podemos considerar a Putin sucesor de los zares, como se dijo también de Stalin. Pero Rasputín era un chamán siberiano anormalmente dotado, poseedor de  un magnetismo personal desconcertante, que hechizó a la zarina preocupada por la salud de su hijo hemofílico. Dugin es un profesor de sociología   de  la  universidad de Moscú, que se funda en Heidegger  para trazar los lineamientos geopolíticos de Rusia.

En realidad, Dugin está apegado a un pensamiento europeo que la modernidad considera heterodoxo o anticuado -y que apenas conoce-,  y toma inspiración en estructuras desaparecidas hace milenios. En este punto  recuerda a Dante, que pronosticó que no habría paz en el mundo hasta que el Imperio Romano fuera restablecido. Pero acá también el paralelo es  limitado. Se trata de derribar un imperio que amenaza ahogar el mundo en el «pantano liberal» o detener su avance, no de restablecer  uno muerto. Y si se piensa en restauraciones, es la de una mentalidad que sigue viva en muchas partes del mundo, incluida nuestra América, donde parece resurgir ahora sin ninguna necesidad de Heidegger.

Las cuatro políticas
El planteo de Dugin sobre el mundo moderno,  muy esquematizado y simplificado,  vinculado al viejo paneslavismo ruso y a los narodni, a la tradición y a Heidegger,  es  que desde la ilustración han habido tres teorías políticas fundamentales: el liberalismo, el comunismo y el fascismo. Estados Unidos llevó la voz cantante del liberalismo, que tuvo la pretensión usuraria de apoderarse de la libertad como de cosa propia. En la segunda guerra mundial el liberalismo acabó con el fascismo como forma de gobierno, pero no como mentalidad ni guía de acción, porque las aplica ampliamente en la política práctica. En la guerra fría también superó al comunismo, o a lo que había llegado a ser en la Unión Soviética.

Después de la  caída del muro de Berlín el estado de bienestar ya no fue necesario porque era un obstáculo para sostener la declinante tasa de ganancia capitalista. Se produjo entonces una rápida concentración de la riqueza y expansión de la miseria. El  liberalismo se sintió dueño único de todo el campo y  eliminó el estado de bienestar; pero entonces, cuando las campanas de la victoria echaron a volar, se presentó la crisis a anunciar la derrota.

Las consecuencias del liberalismo

El liberalismo,  desde Jeremías Bentham a Ayn Rand y los «libertarios» actuales,  parte del egoísmo como base de la libertad y de la fe en la mítica  «mano invisible del mercado» para establecer la armonía preestablecida a partir de la lucha de todos contra todos.

El punto de partida desde el individualismo y el egoísmo no deja subsistir ninguna comunidad. Los neoliberales vigilan  que nadie se tiente por utopías solidarias, consideradas perversas y arrimadas al demonio socialista.

Dugin sostiene que el liberalismo comenzó a alejar a las personas de cualquier forma de identidad colectiva, primero la identidad nacional, luego la religiosa y ahora la de género.

Publicó un libro en que presenta su punto de vista, «Cuarta teoría política», que  según él debe seguir al liberalismo, al socialismo y al fascismo. Retoma algunas ideas de los «narodnik» rusos de las décadas de los 60 y 70 del siglo XIX, llamados «populistas» porque su nombre deriva de «pueblo»

Dugin se aparta del individualismo liberal, pero también de las ideas de raza o nacionalidad, es decir, del racismo y del nacionalismo. Toma de Heidegger el concepto de   Dasein y encuentra un fundamento en el ser, que  el filósofo alemán consideraba olvidado por la mentalidad occidental desde la antigua Grecia y reemplazado desde Descartes por el ente fundado en la subjetividad.

En el campo geopolítico entiende necesaria una  división multipolar y no un país que extienda su poder sobre los demás como  Estados Unidos. Antes de que se comenzara a hablar de multipolaridad, cuando empezaron a surgir potencias que disputaban la hegemonía norteamericana, Dugin entendía que el  mundo multipolar devolvería a las personas el sentido de identidad y ese parece ser el camino político de Putin.

De la Urss a Eurasia

Dugin procura instalar la idea del  eurasianismo, que consiste en la   unión de Rusia con otros países  que se oponen al dominio mundial de los  Estados Unidos. Sospechosamente la  Eurasia que menciona Dugin tiene el mismo territorio que tuvo la Unión Soviética.

La Cuarta política apareció en   2009. En el libro, Dugin  reivindica los grandes espacios unidos por lazos lingüísticos, étnicos, culturales o religiosos. Contrapone este punto de vista con el liberal,  que según él abandonó la razón y la sociedad  tras una quimera posmoderna y nihilista.

Lo que vendrá

La Cuarta teoría tiene centro en el Dasein de Heidegger, en la existencia humana como   sujeto abierto al Ser, a lo que es en sustancia y se  debe reconocer en la búsqueda de un propósito, de la raíz de la existencia.

Para Dugin, el individuo centrado en sí mismo egoístamente, desvinculado de la comunidad en que se reconoce, es alienación. El Ser existe y sobre él se puede construir.  La Cuarta Teoría política critica  la deshumanización del mundo, producto de la  globalización, el multiculturalismo,  y el cosmopolitismo tecnológico. Todos ellos mantienen al hombre falsamente centrado en su egoísmo y lo hacen perder la ligazón con el Ser.

Antonio Machado dijo que la tradición no es lo muerto que se recuerda de tanto en tanto sino lo permanentemente vivo, respondiendo a una crítica al trabajo de su padre de recuperación del folklore andaluz. Las doctrinas orientales regresan con  una afirmación sencilla: la transmisión del saber esencial no contiene recetas del pasado ni para el futuro; apunta a la realidad total contenida en la eternidad, es decir, en  un punto sin duración en la medida en que es expresable con medios temporales.

Dugin, en línea aparente  con este punto de vista, está mucho más preocupado por las tácticas del presente y el uso de las armas de todo tipo de que cada uno dispone. Entiende a la modernidad  como lucha de lo pasajero contra lo eterno. El saber auténtico  no idolatra el pasado porque el pasado no puede volver y existe solo en la memoria. Tampoco idolatra el futuro  porque existe solo en la imaginación. Toda la realidad está contenida en el presente.

Arremete contra el imperialismo y el unipolarismo, encarnado en la hegemonía norteamericana, y defiende un modelo multipolar que garantice la existencia de múltiples civilizaciones caracterizadas por sus  logos, esto es, estructuradas en torno a diferentes comunidades. En una de estas civilizaciones, Eurasia, se integraría Rusia.
Por ahora, sus puntos de vista son aceptados en Europa por partidos de derecha, porque son los que se oponen en nombre de los viejos nacionalismos a la Unión Europea, una dictadura de Maastrich que dispone normas inapelables que no puede discutir el parlamento europeo y condena a la miseria a países enteros, como Grecia o Italia.
Dugin ve en Trump el signo del fin de la hegemonía norteamericana, subrayado por el Brexit inglés y por la creciente rebeldía ante los dictados norteamericanos de los países europeos. Las palabras de Angela Merkel,»los Estados Unidos dejaron de ser confiables» son un síntoma del cuestionamiento de una hegemonía.

Los europeos adictos a las formas derivadas de la Segunda Guerra Mundial y al Nuevo Orden, entienden a  Europa todavía como la garante de las libertades humanas. Pero admiten que quedan pocas libertades que defender y hay ataques desde todos los flancos, mientras los europeos, ensimismados en no  perder el bienestar material, no los advierten.

La finalidad declarada de Dugin es  una integración política, económica y cultural entre los países del espacio postsoviético, y   un orden mundial multipolar no  liberal occidental,  que responda a  la posmodernidad vista como el totalitarismo del siglo XXI.

La Cuarta Teoría Política es  antiliberal porque identifica en el liberalismo la esencia de la modernidad, que no se definió políticamente antes de la victoria total  sobre las otras versiones de la política moderna.

El sujeto cartesiano descentrado por el posmodernismo

El  comunismo, la segunda  teoría política, y la tercera: el fascismo  eran ideologías  basadas en el   «sujeto» cartesiano. Las  aplicaciones de este «sujeto» han creado las tres formas generales de la filosofía política: el sujeto, como individuo, es el centro ideológico del liberalismo; el sujeto, como clase, es el centro del marxismo y el socialismo; finalmente como Estado o nación, fue  la esencia del fascismo.

El liberalismo se impuso por ser la ideología que mejor expresa a la modernidad en desarrollo desde el Renacimiento europeo. En el siglo XX chocaron tres ideologías. Después de 1991, el liberalismo venció y se impuso como la única ideología posible. Por eso hoy el mundo es liberal en economía,  pero también en política y en cultura. Ese es el sentido del «fin de la historia» de Fukuyama: «no hay alternativa», el mundo es posmoderno y totalitario.

El liberalismo propone dentro de su totalitarismo propio la emancipación del individuo de todos los vínculos con la comunidad y con su propia identidad. Ese es el sentido de la superación de las naciones, del género sexual y finalmente de la misma condición humana, que es la propuesta del transhumanismo  posmoderno y también del feminismo radical. La «deconstrucción» del individuo prosigue por ejemplo en el transhumanismo con el reemplazo de órganos hasta lograr un ser en parte humano, en parte máquina, idea que Osho consideraba que tarde o temprano se haría realidad, y con la intención de retirar la conciencia humana del cuerpo biológico y transferirla a una base tecnológica, cibernética.

Lo que resultaría ya no sería propiamente un ser humano sino el producto  de la deconstrucción del individuo, por ahora utópica y dependiente de «avances» tecnológicos. El triunfo ideológico liberal se manifiesta como ausencia de toda transcendencia, como  manipulación sin límites, como cierre definitivo de un mundo sobre sí mismo.

Dugin no acepta la inevitabilidad del destino liberal, o al menos no su condición de estado final insuperable. No acepta tampoco la individualidad porque sobre ella se construyó históricamente el liberalismo. Reconoce la victoria liberal en todos los  órdenes y le opone algo más allá de la modernidad, que es la mentalidad anterior a la desviación  individualista; pero adaptada a las condiciones actuales.  No se trata para él entonces de un retorno reaccionario al pasado sino a principios perennes que mantienen actualidad.

Niega que la Cuarta Teoría sea   conservadurismo; la considera al contrario  «una llamada a la eternidad, en cuyo contexto podemos encontrar la dimensión del hombre presente y futuro».

Ese pensamiento es negado por la modernidad ilustrada, que ha llegado a sostener con Umberto Eco, por ejemplo,  que la tradición -por la que parece entender sólo las diversas expresiones del gnosticismo-  es un producto de los tiempos revueltos del helenismo y de la formación del Imperio Romano. Eco limita así su horizonte a su propia tradición cultural y deja afuera a todas las demás.

Por eso Dugin busca apoyo en la crítica de  Heidegger al  logos occidental, y reclama un retorno a lo sagrado   concebido   como un nuevo comienzo en el Ser. Retoma la idea heideggeriana del olvido del Ser en occidente después de su manifestación en Grecia, en retiro hasta convertirse para el hombre moderno en una reserva para la técnica. Para la mitología moderna  la técnica es la nueva magia; las dos abren las puertas de la posibilidad infinita.

Revolución no es revisión

Entiende que en el depósito de pensamiento a que acude  hay un potencial revolucionario explosivo, que justifica que algunos de sus expositores hayan sido considerados muy peligrosos. Se trata en ellos de una revolución espiritual, social, política y económica que implicaría una renovación total de nuestro estado de cosas y no de un reacomodo ni de poner abajo lo que está arriba y arriba lo que está abajo.

La idea de la cuarta política implica una solidaridad entre tradiciones diferentes porque todas están sometidas a la misma presión de la modernidad: entre ellas están las  autóctonas de América, donde subsiste una valoración de la comunidad y un concepto de propiedad muy alejado del liberalismo.

«Los liberales, sin embargo, con su manera totalitaria de actuar, imponen la modernidad no como una opción sino como un destino: no se puede no ser moderno», dice recordando el «no hay alternativa» de Margaret Thatcher al referirse a las medidas neoliberales de su gobierno y el de Ronald Reagan.

Populismo, rebelión de las tripas

Dugin explica el populismo como la expresión visceral de la resistencia de la población contra las elites liberales que dictan la política.

Compara el populismo con la reacción de un organismo vivo contra una amenaza directa, la reacción de la sociedad -en la medida que todavía vive- contra el liberalismo que tiende a matarla, a reducirla a una suma de individuos que cuestiona incluso la integridad individual.  Invita a entender al populismo como la  oposición  a la metafísica de la modernidad, contra los conceptos liberales del individuo y de la sociedad civil.

De la Redacción de AIM.