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Microplásticos en pingüinos de la Antártida

La contaminación por microplásticos es un problema global porque ya se pueden encontrar en cualquier rincón del planeta, hasta las zonas más remotas donde no han asentamientos humanos cercanos.

Hace un par de años se encontraron por primera vez partículas concentradas en muestras de hielo en el Ártico. Ahora un nuevo estudio ha demostrado que la Antártida tampoco se salva.

Un equipo internacional, donde han participado investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (Mncn-Csic), ha analizado las heces de tres especies de pingüinos antárticos: Adelia (Pygoscelis adeliae), el barbijo (Pygoscelis antarcticus) y el papúa (Pygoscelis papua). Lamentablemente han encontrado grandes cantidades de microplásticos, como poliéster, polietileno y otras partículas de origen no natural en las heces de las tres especies.

El estudio, publicado en la revista Science of the Total Environment, tenía como objetivo analizar la presencia de microplásticos en la península antártica y en el mar de Scotia, al sureste de Argentina. Hábitats con gran importancia ecológica.

“Los pingüinos se utilizan para muchos estudios porque su biología y ecología son bien conocidas y el hecho de que sean depredadores les convierten en buenos indicadores de la salud de los ecosistemas en los que viven”, explica Andrés Barbosa, científico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (Mncn-Csic) y autor del trabajo.

El estudio, que ha contado con investigadores de Portugal, Reino Unido y España, incide sobre la necesidad de conocer los efectos de estas partículas en la fauna antártica y de establecer medidas más efectivas para controlar la contaminación por plásticos y otras partículas de origen humano en el continente helado.

¿Cómo llegan los microplásticos hasta ahí?
Los microplásticos son diminutas partículas de plástico que miden menos de cinco milímetros. Pueden llegar a perdurar más de 50 años y acumularse en la cadena trófica.

“Estos contaminantes llegan a mares y océanos principalmente a través de la basura y los desechos procedentes de las actividades antrópicas”, explica Barbosa.
Según estudios científicos recientes, cada año se producen en todo el mundo más de 400 millones de toneladas de plástico, ocho de los cuales se vierten en el océano a un ritmo aproximado de 200 kilos de plástico por segundo. Una vez en el agua, esta cantidad ingente de plástico es transportada por las corrientes, los procesos de convección y las tormentas, entre otros, hasta lugares remotos.

“Dada la baja presencia humana en el océano antártico y en la Antártida, cabría esperar una baja contaminación por microplásticos en estas áreas. Sin embargo, las estaciones de investigación, los barcos pesqueros y turísticos y las corrientes marinas hacen que estas partículas lleguen a estos hábitats, pudiendo provocar una alta concentración a nivel local”, comenta José Xavier, investigador de la Universidad de Coímbra (Portugal).

Plásticos que campan a sus anchas por todas partes
Los resultados muestran que la dieta de las tres especies está compuesta por distintas proporciones de krill antártico, en un 85 por ciento en el caso del pingüino de Adelia; un 66 por ciento en el del barbijo y, finalmente, un 54 por ciento en el papúa.

“Se encontraron microplásticos en un 15, 28 y 29 por ciento de las muestras, respectivamente, en las tres especies estudiadas”, detalla Joana Fragão, de la Universidad de Coímbra.

La frecuencia de aparición de estas sustancias fue similar en todas las colonias, lo que nos induce a pensar que no hay un punto de origen concreto de contaminación dentro del mar de Scotia.

“Es necesario seguir estudiando en esta línea para comprender mejor la dinámica de estas sustancias y sus efectos en estos ecosistemas para guiar nuevas políticas de gestión en el continente antártico”, concluye Filipa Bessa, de la Universidad de Coímbra y autoras del estudio.
Fuente: La Vanguardia

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