La inconcebible caída del muro de Berlín

Hace ahora 30 años, en Berlín ocurrió lo inconcebible. El muro que dividía la ciudad, un obstáculo fortificado y temible, erigido por la Alemania comunista en 1961 para impedir a sus ciudadanos el libre tránsito hacia el mundo occidental, cesó en su ominosa función. Convertido en símbolo de la guerra fría, el muro de Berlín cayó hacia las 23 horas del 9 de noviembre de 1989.

La inconcebible caída del muro de Berlín

 

Ocurrió casi inopinadamente, cuando la guardia de fronteras germanoriental, desbordada por miles de alemanes del este que querían cruzar el puente de Bornholmer Strasse para entrar en Berlín Oeste, decidió por su cuenta levantar las barreras. La multitud se había enterado por televisión de las nuevas –y confusas– disposiciones de la República Democrática Alemana (RDA) sobre viajes al exterior, y exigía acogerse a ellas de inmediato.

 

Así, de modo desordenado y emocionante, se derrumbó el poder de una barrera que había partido Berlín durante 28 años, dos meses y 27 días; y que había provocado grandes sufrimientos. El muro medía 155 kilómetros: 43 dividiendo la ciudad, y 112 entre Berlín Oeste y el resto de la RDA. La tropa de frontera germanoriental tenía permiso para disparar a quien intentara cruzar, “si no hay otra manera de proceder al arresto”, según norma del Ministerio de Defensa. Pero en la práctica, el permiso se convirtió en orden. Según las últimas investigaciones, entre 1961 y 1989 al menos 140 personas murieron en el Muro, la mayoría por disparos pero también por accidentes en la fuga, o por disparos y percances sin que trataran de huir, tanto alemanes del este como del oeste. Esa cifra incluye a ocho soldados germanorientales.

 

La regla de disparar no fue revocada hasta abril de 1989, siete meses antes de la caída del Muro, con un último fugitivo muerto a tiros el 5 de febrero, y otro fallecido al intentar cruzar en globo el 8 de marzo.

 

En ese 1989, el presidente soviético, Mijaíl Gorbachov, que tenía 58 años, llevaba tiempo embarcado en la perestroika. Mientras, el régimen de la RDA que encabezaba Erich Honecker, de 77 años, desfallecía. Pero era aún capaz de dar fieros zarpazos, así que la desaparición del muro de Berlín era impensable.

 

El 19 de enero de ese mismo 1989, Honecker había proclamado: “El Muro permanecerá 50 años, e incluso 100 años, mientras no se eliminen las razones que lo hacen necesario”. Que eran, en su más cínica versión oficial, la protección contra el capitalismo y el fascismo. En realidad, los motivos eran mucho más prosaicos. Tras fundarse en 1949 las dos Alemanias, Berlín –ciudad dividida pero aún sin muralla física, e incrustada dentro de la RDA– se había convertido en un coladero.

 

Entre 1949 y 1961, unos 2,5 millones de alemanes del este huyeron a la Alemania occidental, la mayoría a través de Berlín Oeste. Casi todos eran obreros cualificados, profesionales e intelectuales, y su marcha infligía gran daño a la economía de la RDA, sometida además a un auténtico expolio por parte de la Urss. La sangría demográfica era también mala propaganda para la causa comunista. Por todo ello, a instancias de la Urss, el 13 de agosto de 1961 la RDA empezó a levantar, primero con alambrada y luego con ladrillos, el muro de Berlín.

 

Más de 28 años después, en otoño de 1989, y pese a que se habían producido algunos hechos reveladores, nadie pensaba que esa barrera pudiera llegar a caer. Tanto es así que el canciller de la República Federal de Alemania (RFA), Helmut Kohl, emprendió el 9 de noviembre un viaje oficial a Varsovia, del que tuvo que regresar apresuradamente ante la magnitud de los hechos.

 

En realidad, la merma de poder de la Urss respecto a sus países satélites y los acontecimientos que se producían en la sociedad de la RDA desde el verano indicaban la proximidad de un vuelco, pero en aquel momento era muy difícil verlo. “Estaba claro hacía meses que la gente del este queríamos cambios, pero no sabíamos bien en qué dirección; que el muro de Berlín pudiera caer no se hallaba en nuestros sueños, ni siquiera lo pensábamos”, recuerda Marianne Birthler, de 71 años, política ecologista entonces líder activa en las movilizaciones, y que tras la reunificación de Alemania de 1990 se convertiría en comisionada federal de los Archivos de la Stasi, la policía secreta germanoriental. Desempeñó ese puesto del 2000 al 2011.

 

En Berlín Este, uno de los núcleos de movilización fue la iglesia evangélica de Getsemaní, en el barrio de Prenzlauer Berg. En el interior del templo lucen estos días tres palabras a gran tamaño: fe, amor, revolución. “Esta iglesia era uno de los lugares donde la gente podía reunirse; en el otoño de 1989 venían hasta dos mil personas a las seis de la tarde para las vigilias de oración por la libertad y los derechos humanos, todos sentados por el suelo; aquello era una mezcla de servicio religioso y reunión política”, rememoraba Birthler en el templo durante una reciente presentación de los actos del 30º aniversario, que Berlín celebrará por todo lo alto durante toda la próxima semana.

 

Junto a otros grupos de oposición al régimen, Marianne Birthler organizó un teléfono de contacto para noticias y avisos, que halló cobijo en la iglesia de Getsemaní desde inicios de 1989, y que se reveló fundamental. “En octubre se atendía el teléfono por turno las 24 horas; así supimos con alegría que en la manifestación de Leipzig la policía no había disparado; entonces pensamos que sí, que podíamos lograrlo”, recuerda la entonces activista.

 

En efecto, el 9 de octubre hubo en Leipzig una marcha de 70.000 personas que clamaban Wir sind das Volk! (nosotros somos el pueblo) y pedían libertades. Fue la llamada revolución pacífica. Dos días antes, el 7 de octubre, se había celebrado en Berlín Este el 40.º aniversario de la fundación de la RDA con un desfile al que asistió Gorbachov. El presidente soviético dio a Honecker un consejo: “La vida castiga a quien llega tarde”. El 18 de octubre, el hierático Honecker tuvo que dimitir. Le sucedió el efímero Egon Krenz.

 

Otras ciudades germanorientales se sumaron con marchas a la revolución pacífica –algunas fueron reprimidas con violencia–, hasta que el grito llegó a Berlín Este. El 4 de noviembre, centenares de miles de personas se congregaron en Alexanderplatz reclamando elecciones libres, poder viajar al extranjero y reformas democráticas.

 

El 9 de noviembre por la tarde, en una tumultuosa rueda de prensa, el portavoz del comité central del SED, Günter Schabowski, explicaba la decisión de la RDA de autorizar las salidas del país. Un periodista extranjero preguntó cuándo entraría en vigor la nueva norma. Schabowski, azorado, consultó sus papeles y dijo: “Si mis informaciones son correctas, hasta donde llega mi conocimiento, inmediatamente”. La noticia corrió como la pólvora, y la muchedumbre se plantó ante el paso fronterizo de Bornholmer ­Strasse. El Muro cayó esa noche.

 

Con el tiempo, fue pasto de la piqueta y de la ira. “Cuando se produjo la reunificación de Alemania en octubre de 1990, ya casi no quedaban restos del Muro en pie, la mayoría había desaparecido, a martillazos o demolido por empresas; simplemente los berlineses no querían verlo más, se habían sentido como en una prisión”, analiza el historiador Axel Klausmeier, director del Memorial del Muro de Berlín, ubicado en Bernauer Strasse, una calle que fue frontera y donde quedan restos del Muro, acondicionados para su mejor comprensión.

 

“Los trozos que se salvaron, como los de Bernauer Strasse, fue por iniciativa ciudadana; Berlín quería olvidar la pena, la división, quería ser una gran capital como Londres o París, y sus ciudadanos en 1989 no veían el muro como un legado histórico que mereciera preservarse –prosigue Klausmeier–. Cuando diez años después, se dieron cuenta de que sí era necesario, ya no quedaba muro que recuperar”.

 

El fragmento conservado en Bernauer Strasse permite comprender cuán infranqueable era el Muro. Lo que en 1961 empezó siendo una alambrada y una pared de ladrillo, evolucionó hasta convertirse en una muralla imponente, formada en realidad por dos muros, con una zona de seguridad intermedia (la llamada franja de la muerte), torres de vigilancia y altos focos.

 

La historia ajustició al Muro hace 30 años. “Es importante recordar que fue una cadena; sin el 9 de octubre en Leipzig, no habría habido un 9 de noviembre en Berlín, no se habría elegido el primer Parlamento libre de la RDA en marzo de 1990, no habría habido reunificación en octubre de 1990, y no habríamos tenido después una canciller del este, Angela Merkel”, recitó Marianne Birthler en la iglesia de Getsemaní. La debilidad de la Urss, desde luego, también influyó.