La indiferencia del poder frente a los corrales de la modernidad

La historia oficial relaciona modernidad con ciencia, tecnología, pero otros la asocian con genocidio, saqueo, ruptura, fragmentación. El coronavirus nos llama a reflexionar sobre el sistema impuesto. Por Daniel Tirso Fiorotto (*)

El coronavirus nuevo desnuda algunas de nuestras debilidades.

Hemos escuchado tantas hipótesis en torno del coronavirus como personas hemos escuchado. Ya habrá tiempo para analizar los números que entregan las estadísticas con alguna distancia de los poderes del mundo, todos ocupados en salir bien parados de este ventarrón.

Por ahora podemos anticipar que los presidentes Trump y Bolsonaro están facilitando la gobernabilidad de los 200 presidentes restantes, porque al parecer a todos les va mejor que a ellos. Y cada cual mira los números según la conveniencia. Largo sería explayarnos en esta táctica de propaganda, muy usada y útil.

En esta columna intentaremos hurgar en el sistema de poder y de conocimiento que subyace a las prácticas actuales, sin acusar por eso a los gobiernos de turno en el país, las provincias, los municipios (algunos de distintas extracciones partidarias), porque es lo que se acostumbra. Sería como señalar a los poderosos porque suben a un auto o comen un pollo.

Tres rémoras

¿Qué es lo que subyace? La colonialidad. Es la continuidad del colonialismo cuando ya, en apariencia, no manda la metrópolis. Y la colonialidad no se muestra sólo en temas políticos y económicos, sino en la forma de conocer, de interpretar, de argumentar. Lo veremos en el abordaje de la pandemia actual.

Después de 1810, 1815 y 1816, siguieron vigentes numerosas instituciones, relaciones económicas, patrimonios, privilegios, racismo en sus diversas manifestaciones, modos de acceso al conocimiento, aunque gobernaran los llamados “criollos” y no ya los españoles. Mucha revolución, pero la esclavización se mantendría por cuatro largas décadas, y el menosprecio por los pueblos originarios, sus personas, sus saberes, hasta el día de hoy.

La Argentina tiene millones de kilómetros cuadrados en poder británico en el Atlántico Sur, de modo que, a diferencia de la mayoría de los países del mundo, no ha superado el colonialismo siquiera, además de continuar bajo los efectos de la colonialidad como tantos otros hermanos de al lado.

Se agrega en la Argentina un tercer problema: el colonialismo interno, es decir, la presencia invasiva de la heredera del colonialismo, Buenos Aires, sobre el 90 por ciento del país restante, sea por el capital financiero, los medios masivos, los libros, los partidos, los sindicatos, las corporaciones, el comercio, la educación y otros mecanismos de control y a veces opresión.

Colonialismo, colonialidad, colonialismo interno, son tres rémoras de nuestro país, hijas de la modernidad. Y las instituciones más o menos ligadas al estado-nación (también colonial) tratan de ocultar esa realidad porque su puesta en debate pone en cuestión a la vez a esas instituciones. Hay agrupaciones que incluso repudian el capitalismo pero le esquivan a su madre, la modernidad, y su cara oculta, la colonialidad. Tal vez lo hacen porque en verdad responden al capitalismo con armas de esa misma modernidad, con mirada eurocentrada, racionalista, individualista, antropocéntrica, y todo ello les permite ser críticos y al mismo tiempo estar expectantes por los privilegios sectoriales del centralismo, el extractivismo, el antropocentrismo.

1492, la clave

El debate planteado en torno de la modernidad, su comienzo, sus singularidades, sus fuentes, incluye el inicio de esta etapa histórica. Si es del año 1600 en adelante, para resaltar inventos, ciencia, tecnología, callará el origen criminal de los recursos extras de Europa del norte y el cambio histórico que provocó la conquista y colonización del Abya yala, el saqueo de sus bienes, el genocidio, y la esclavización del África. Si es el año 1492, en cambio, la perspectiva será otra.

La compartimentación del conocimiento y la especialización son síntomas de la modernidad. Si un experto cirujano dice “a mí no me hables de historia, yo no sé ni quién era Belgrano”, lo comprenderemos y hasta excusaremos, porque al fin y al cabo, es un experto cirujano… Ese es un síntoma claro de colonialidad, de saberes divididos, escindidos. El resultado será un especialista al servicio del sistema, un siervo.

Hemos naturalizado esa fragmentación, esa desviación, al punto de pensarla como única mirada posible, pero en la historia de la humanidad no es más que una moda larga impuesta por Europa, cuyos poderes se han colocado en el centro, al punto de hacerle creer al mundo que es un continente. Decir que Europa es un continente y que América del Sur o Abya yala del sur es un subcontinente, es el resultado de la colonialidad vigente, que impone incluso lo que deben ver nuestros ojos para que repitamos sus macanas como loros.

Conocer por compartimentos es lo contrario a la mirada integral de la que hablan hoy muchos ambientalistas (“mirada de cuenca”, dice Daniel Verzeñassi). La medicina es víctima, por ejemplo, de la compartimentación. Un especialista recomendará una pastilla, el otro dará otra, y así un paciente tendrá diez pastillas y (a veces,) faltará alguien que mire a la persona en su ámbito, su historia personal, familiar, el conjunto, y la interacción de esas diez pastillas.

Aunque se ha ido perdiendo en favor de los corrales de hoy, la mirada holística, integral, está incluida en modos de conocer de nuestras culturas milenarias del Abya yala (América) y en otras de distintos continentes. De ahí la armonía del ser humano en la biodiversidad, la complementariedad, lo que hasta ayer nomás llamábamos cultura general. Pero la modernidad vino a instituir un modo único, una receta, con menosprecio de las distintas culturas del mundo, para imponer una sola como mejor y dejar lo demás en el abismo, como ha dicho Boaventura de Sousa Santos.

Compartimentos

En la Argentina, los llamados oficialistas u opositores, de modo alterno, menosprecian la mirada holística. Excepciones al margen. Entonces caen en celebrar que tal o cual gobierno tome como tema excluyente la “salud”, la considere una especialidad aislada del resto. Es una mirada compartimentada, occidental. Y tiene como ingrediente principal el antropocentrismo, es decir: el ser humano en la cúspide y todo a su servicio. Otro desvío naturalizado.

La salud está vinculada estrechamente a la cultura, el trabajo, los alimentos, el espacio, la relación comunitaria, el techo, los modos de vida, los árboles, el suelo, el agua, la música, el deporte…

Esa división para conocer y mandar se nota en la educación, y en ámbitos más prácticos lleva a que exista un organismo de Salud que nos enyesa en el hospital, y un organismo de Vialidad que nos quiebra la pierna en la ruta.

En verdad, el viaje en la ruta compete al ministerio de Salud. Pero la velocidad como vicio no está en su horizonte. La mirada circunscripta a los corrales modernos suele llamar salud al ministerio de Morgue y afines.

Hay un organismo de Salud que nos vacuna y un organismo de Producción que promueve los transgénicos con herbicidas e insecticidas. Un organismo de Ambiente que da clases sobre el cuidado de la biodiversidad, y un organismo de Economía que permite la tala rasa de 10.000 hectáreas por año sólo en la provincia. La compartimentación ve al ser humano extirpado de la biodiversidad. La compartimentación es también una buena excusa para esquivar responsabilidades.

Lo mismo: una Universidad premia a Evo Morales, y la misma Universidad ignora en las aulas los principios de la doctrina y las luchas de Evo Morales y los menosprecia. Priorizar las políticas (prácticas) sobre los saberes es otro síntoma de la confusión reinante.

Menospreciar el entorno

Es colonial naturalizar la presencia de las multinacionales copando el comercio, la banca privada sustituyendo al Estado, la organización de la producción en función de las exportadoras y de los proveedores de insumos, todos bien asistidos por el capital imperial. Pero también es colonial el modo de conocimiento y organización estatal eurocentrado, racista, que tiñe muchas de las organizaciones: estados, colegios, partidos, sindicatos, corporaciones, escuelas, medios masivos. Con excepciones, claro. (Racista, llamamos, al sistema que deja a millones de personas bajo la línea de lo humano, las coloca contra la pared. Lo decíamos antes del coronavirus, y el virus lo refrenda).

La colonialidad es tal que sigue menospreciando el entorno. Entonces las metrópolis (la “civilización”) se adjudican el derecho de distribuir prestigio, y los colonizados aceptan esa subordinación. Para los sectores dentro de ese sistema esto es una nota de color, pero para nosotros resulta central. El ninguneo del entorno es el extremo opuesto de la comunidad, y de la soberanía particular de los pueblos, objetivo principal de la revolución federal.

El capitalismo prioriza la ganancia, y no es el único sistema que deja la vida en un segundo plano. Ahora bien: dentro de un sistema perverso puede haber algunos decretos más benevolentes, menos dañinos. Es cierto.

El conocimiento deplora un orden mundial por cualquiera de los canales que pretenda seducirnos, y eso no equivale a ignorar matices. Si estuviéramos peleando contra la pena capital, por ejemplo, no entraríamos en la discusión sobre la muerte en la silla eléctrica, la horca, la guillotina o la inyección letal… Ahora, llegado el caso extremo, claro que morir con una aguja en las venas es menos doloroso que morir empalados, no ignoramos eso (digamos, como metáfora).

Un par de medidas quizá acertadas de tal o cual ministerio no cambian el conjunto porque están restringidas a los estrechos márgenes que deja el sistema. Entonces nuestra adhesión o crítica puede dar a los organismos una entidad que no tienen.

Coronavirus y villa

El coronavirus nuevo desnuda algunas de nuestras debilidades. Hay personas que vienen advirtiendo desde hace décadas sobre los males del hacinamiento, de la destrucción de las poblaciones campesinas, el desarraigo, el destierro, y la acumulación de “sobras” humanas en las periferias de las grandes ciudades. Eso mata personas a diario. Algunos sostienen que estamos ante un nuevo modo de racismo, esta vez por amontonamiento, lo que supera y multiplica los efectos del capitalismo o sus necesidades, como la desocupación que baja las expectativas de los ocupados.

Los políticos suelen hace oídos sordos una vez, dos veces, mil veces. Llegado el Covid 19, con aviso, se pusieron muy nerviosos de solo pensar en el ingreso del virus en los barrios hacinados. Es decir: el virus nos permite hablar del hacinamiento. Eso en la Argentina.

Los gobernantes suelen actuar como el tonto que juega con fuego hasta que incendia la casa, entonces reclama que todos los bomberos del mundo se junten para apagarlo. Está bien, pero ¿qué tal si prevenía? Eso ocurre con el hacinamiento: amontonar, amontonar, amontonar, y luego lloriquear por las consecuencias: las adicciones, la miseria, la tuberculosis, la violencia, el coronavirus…

Y aquí como en el resto del mundo, el virus también nos permite hablar del sistema que tala los árboles, ataca a las especies, destruye el ambiente, quita de su hábitat a los animales. La modernidad coloca al ser humano por encima de todo, para servirse de todo. Otras formas de pensar, hoy menospreciadas, ven al ser humano dentro de la biodiversidad, en armonía, en comunidad, compartiendo los espacios, dialogando con su entorno.

Esa otra mirada (que la modernidad ha ocultado) es un antídoto natural contra la transferencia de virus y contra el amontonamiento. Y también un antídoto contra la mirada alambrada que impide ver el conjunto y ver los lazos de interacción, el diálogo en la sociedad humana y en la biodiversidad que la contiene. Los corrales no sirven para conocer, sirven para acorralar.

Autor: Daniel Tirso Fiorotto *. Periodista, escritor, investigador.

Fuente: Diario Uno de Entre Ríos.