Más que un amigo de las ideas

Gustavo Lambruschini. Foto: Juan Rizzo.

Somos una especie graciosa, casi ridícula muchas veces. Se nos da por reconocer y valorar cuando perdemos y por extrañar cuando se ha ido. Sin duda, tu familia sabrá mejor que nadie conservar tu legado; serán tus hijos y nietos en quienes persista esa fuerza tan característica de carácter, esa gracia y esa magia tan particular al existir. Será el suspiro de tu compañera que te encuentre cada tarde.

Son casi irrespetuosas de nuestra parte estas líneas. Convengamos que eso también, nos enseñaste: la irreverencia por lo dado.

Hay corazones divididos y corazones que se desparraman cuando encuentran una pasión que no pueden contener: el tuyo era apasionado por la  filosofía, la verdad, el sentido de justicia y la belleza inconmensurable y, por supuesto por tu bella gran familia.

Ahora que ya no estarás aquí sobrarán elogios; se golpearán el pecho los hipócritas que no soportaban que alguien pudiera mantener vivo el espíritu de la pregunta, esa extraña virtud de incomodar. Especie graciosa, casi ridícula, la nuestra.

Nunca coincidimos plenamente pero eso es, ni más ni menos, lo que caracteriza a los amigos;  quererse y respetarse, aun pensando distinto. Porque quien puede defenderse con argumentos es quien entiende que importa más la búsqueda que la respuesta.

Fuiste y seguirás siendo un viajero eterno, explorador, autodidacta… Muchos están toda su vida sin darse cuenta que sólo ese tipo de cosas cuentan. Tus carcajadas felices, la brazada aplomada, las tertulias interminables, las discusiones políticas, las muletillas provocadoras, el gusto por ciertos consumos culturales, lo intelectual y un profundo respeto por el otro, fueron rasgos distintivos. La preocupación por las formas  y los usos correctos del lenguaje, la actitud de asombro permanente y una incansable fuerza de voluntad fueron otros.

No obstante -y casi comparable a esa fe benjaminiana en una época histórica-, tu esperanza en la humanidad era única. Tu confianza en que quienes fueron tus estudiantes pudieran surgir de la ‘caverna’. Tu confianza paternal en despertar en otros esa mirada crítica, que nos permitiera transformar lo heredado en algo más, todo ello, te vale cada aplauso y cada lágrima. Porque aunque muchos ahora te lloren y publiquen tu foto y declaren el luto y prevean homenajes, nunca se permitieron conocerte. Nunca se percataron, realmente, que hay seres como vos, irreemplazables, indispensables.

Para algunos, para quienes tuvimos el privilegio de estar un poco más cerca, de intercambiar sin coincidir y preguntar sin ser correctos, de caminar y tropezar, de cuestionar y debatir, hoy el pecho se nos estruja.

No hay nadie en el gran campo de doctos e ilustres, de intelectuales entrerrianos que tenga el coraje, el valor y las ganas, la convicción y brillantez que tenías vos.

Nadie que pueda ponernos en aprietos; y esto equivale a decir: nadie que nos obligue a salir de nosotros mismos, a pensar por nosotros mismos, a cuestionarnos. Nadie que nos empuje a luchar junto a otros por un mundo más justo, por una sociedad más equitativa. No queda nadie que nos empuje a ese irrenunciable gusto por preguntar, preguntar y preguntar…

Sublime obra profesor.

¡Gracias y hasta luego!

 

Por: Natalia Cabaña.