Por la vuelta

Alonso del Río  es un músico y ecologista peruano que  publicó «Cuatro Altares, el libro de la liberación», donde recoge conocimientos ancestrales universales, más allá de cualquier cultura particular. Sostiene que vivimos tiempos de información abundante y de confusión apabullante, con el resultado de pérdida de orientación  para las  cosas  importantes.

Cuatro Altares, el libro de la liberación, recoge conocimientos ancestrales universales.

Cuatro Altares trata de exponer un orden que no viene del ser humano sino de la naturaleza, incluida la humana,  de su reclamo de regresar al orden de la felicidad y la salud.

No obstante su origen étnico europeo, Del Río  estudió la medicina incaica y a través de ella amplió sus perspectivas, entrevió las doctrinas de base y descubrió la unidad esencial de las sabidurías ancestrales de todo el mundo: las chinas, las hindúes, las bantúes, las mesoamericanas  y sobre todo las andinas, de las que se ocupa preferentemente.

Esa identidad es un hecho disimulado,  relativizado, desviado por occidente desde que se enseñoreó del mundo  y no admite otra ciencia que la suya,  desconectada de principios universales, es decir,  sin fundamento.

Lo que perdió occidente

Esta actitud es particularmente significativa desde que occidente tuvo una doctrina equivalente a las que ahora niega: la que enseñaron los sabios griegos durante siglos   desde los tiempos de Pitágoras a sus discípulos buscadores de la verdad -a los que querían despertar-  admitiendo que  siempre habría indiferentes a los que había que dejar dormir el plácido sueño de la ignorancia.

Lo no mental

Insistiendo en que dejando actuar a la mente ésta nos lleva ineludiblemente al ego, una forma de ceguera específica del individuo aislado, Del Río aclara el significado de la palabra  «liberación» que aparece en el subtítulo de su libro: Se trata de liberarse de la mente, tal como el budismo zen  muestra el estado «no mental» o de cese de  la actividad enajenante de la  mente en que aparece la  consciencia.

El ego

Un relato sufí narra que un hombre fue preocupado a ver a un sabio con un problema; había visto a un ratón    sobre un ejemplar del Corán y no entendía como el libro no pudo  defenderse del ratón. El sabio le dijo que en adelante, dadas sus dudas, siguiendo a su razón  debería adorar al ratón. Pero como de  éste dio cuenta un gato, sin consultar más adoró al gato. Cuando cayó bajo los  colmillos de un perro, adoró al perro y cuando su mujer apaleó al perro hasta matarlo, visitó otra vez al sabio preocupado porque en adelante debería adorar a su mujer. Aceptó adorarla en secreto, en su habitación, pero a una imagen sin que ella lo supiera. Tiempo después la mujer fue a ver al sabio preocupada por la conducta extraña de su marido, que se encerraba solo en su habitación. Ella había espiado por la cerradura para ver qué hacia y lo que vio la preocupaba. Invitó al sabio a mirar también él. Lo que vio al acompañarla fue al marido frente a un espejo adorándose a sí mismo. Se  había persuadido de que él era superior a su mujer  y que por consecuencia debía adorarse.

Cuando nos dejamos llevar por la lógica, un  producto  de la mente, somos conducidos sin descanso de un punto a otro, atados por una cadena causal férrea,   y al final la mente impone su deseo: el ego, su producto  más acabado,  logra la adoración que busca.

Del Río sabe que todas las doctrinas tradicionales, entre ellas  las andinas, procuran liberarse de la mente para hacer lugar a la conciencia, la instancia supraindividual donde el ego desaparece para hacer lugar a la unidad con todo.

Libertad sin programación

Liberarse de la mente es liberarse de las programaciones, de los condicionamientos que nos impone la educación que hemos recibido y el medio social en que nos desenvolvemos. Cuestionar críticamente todas las programaciones se considera a veces como «toma de consciencia», pero se refiriere solo a un cambio de mente. La expresión apunta en  particular a los condicionamientos que provienen de los medios de comunicación, dominados o influenciados  por los Estados. La finalidad de la «intelligentzia» estatal es producir seres adocenados que tomen por suyos propios contenidos  injertados en sus mentes  y que convienen a la condición de dominados en que se quiere mantenerlos.

La política del miedo

Para Del Río se trata de que la gente recupere el poder de que ha sido despojada por sociedades gobernadas por el miedo. Es la especialidad de  los políticos que cuando se apartan un momento de sus negocios para renovar sus mandatos cada algunos años, repiten a su modo la fórmula del terror al infierno, en que destaca la religión: «nosotros o el abismo».

Un profesor universitario español contaba en broma que cuando un político dio a elegir desde  una tribuna entre «nosotros o el caos», la gente gritó «el caos, el caos». Entonces desde la tribuna vino la respuesta: «pues jódanse, porque el caos somos nosotros».

«La mente es una creación de la sociedad,  y la sociedad es una creación de la mente. En la medida en que los seres humanos se desprogramen, el hombre será más libre», dice resumiendo su propósito.

La puerta del infierno

Cuando la crisis mundial de 2007, el uno por ciento de la población mundial decidía el destino del resto gracias a una enorme acumulación de riqueza. Una década después ese uno por ciento se ha reducido al 0,6 por ciento. Todos los multimillonarios del mundo, los que deciden cómo programarnos, caben en un avión Boeing 747  y son el poder más contundente de condicionamiento. La sociedad actual no limita la cantidad de dinero que puede acumular cada uno. Se ha impuesto un nuevo esclavismo bajo el nombre de neoliberalismo.

El despertar

La autoobservación, la contemplación  desapasionada e imparcial de nuestros actos   vistos por un testigo   impasible  que es nuestra consciencia suprapersonal, pueden revelarnos nuestros condicionamientos   y los patrones con que la  sociedad opera en nosotros, y dejar paso  al ser humano tal como puede ser pero  no es.

Del Río se considera antiimperialista  y hace notar que a lo largo de la historia la humanidad enfrentó muchos colonialismos. La globalización es la versión contemporánea del imperialismo. Por eso es necesario permanecer atentos para enfrentarlo  y lograr la libertad que permita apreciar el bagaje cultural de los pueblos de Abya yala-América, cuyos saberes ancestrales son sistemáticamente despreciados.

Del Río considera que su base es la cultura andina, pero tiende un puente al hinduísmo, aunque no se considera un gurú sino solo quiere mostrar la unidad subyacente de las  culturas milenarias.

Del Tao a Viracocha

El Vedanta, la doctrina de conocimiento puro del hinduismo, uno de sus seis «darshana», considera a lo no manifestado como  sostén y fuente de lo  manifestado. Por ejemplo Brahman, el  principio impersonal de todo lo que existe, de lo que no existe pero puede existir, y de lo que no existe ni está destinado a existir,   es equivalente al andino Viracocha, «el sol del sol», es decir aquello no manifestado, inexistente, del que el sol de las esferas es la manifestación sensible. Lo mismo se puede indicar del Tao, inexpresable en palabras, pero al que se puede aludir  como el No Ser, la infinidad de posibles que  sin nombre es el origen de todas las cosas.

Viracocha, presentado tan fácil  como superficialmente como un «dios» por los occidentales,  es anterior a las formas, al mundo de los fenómenos, a los seres manifestados, experimentables. Estos son los únicos a que la ciencia moderna interpreta como «reales», dentro de su tendencia a confundir la realidad sensible con la verdad, otro  síntomas de la confusión moderna.

Las vías de liberación están ofrecidas a todos;  algunos se preocupan por  hacer lugar a su conciencia apagando su mente, pero no en todos es así. La posibilidad está abierta a todos, pero pocos la  toman.

Historia  fragmentada

Del Río aplica sus conceptos sobre la civilización andina aludiendo a cinco milenios de continuidad cultural. La historia según los modos occidentales de presentarla fragmenta, narra batallas, dominios, invasiones, conquistas, guerras ganadas y perdidas, pero pierde de vista la unidad cultural mantenida durante 5000  años.

Esa  unidad se  basa en el reconocimiento  de los principios activo y pasivo, pachakamaq  y pachamana, que permiten vivir equilibradamente  y  construir sociedades equilibradas.

Recuerda la   antiquísima sabiduría oracular  china del I Ching, comentada por Confucio pero muy anterior, y la compara   con   una ciencia andina,  opacada  debido a la prevalencia de un racionalismo excesivo desde  la invasión europea.

Occidente opuso un  dogmatismo religioso  ridículo  a un racionalismo reductivo, lo que nunca hicieron las culturas tradicionales.

El opio del pueblo

Del Río considera que las religiones predominantes  hoy en occidente, que suelen tener grandes recursos económicos, son meras manipulaciones de conceptos. Coincide con Marx en que han sido el opio del pueblo, secuestradas por intermediarios que saben presentarse en nombre de la  divinidad. «La iglesia cristiana   ha sido un instrumento de manipulación porque es  un estamento de poder  que atiende a su  propia subsistencia».

De la Redacción de AIM.