Rivera, primer presidente del Uruguay

El 13 de enero de 1854 murió en viaje a Montevideo cerca de

José Fructuoso Rivera,  primer presidente del Uruguay.

Melo, José Fructuoso Rivera,  primer presidente del Uruguay después de  que gracias a las maniobras de Lord Ponsomby  la Banda Oriental se separó de la Argentina.

 

Rivera es una figura desconcertante y polémica, de gran importancia en la política oriental, primero por su oposición a Artigas y su alineamiento con los poderes que terminaron segregando al Uruguay y  luego por su lucha contra el legado artiguista, que tuvo un punto culminante cuando ya en el ejercicio de la presidencia, en 1831, provocó una masacre de charrúas a los que atrajo a una trampa en los potreros del arroyo Salsipuedes, debido a que en ellos se mantenía vivo el legado libertario, muliétnico y federal del Protector de los Pueblos Libres.

Era hijo de un español originario de la provincia andaluza de Córdoba y de una bonaerense, granjeros en cuyas tierras vino al mundo. De joven, trabajó en las fincas paternas dedicado a la ganadería, especialmente en los terrenos que dirigía su hermano mayor, Félix, en lo que hoy es el departamento de Durazno.

Rivera combatió en las guerras de emancipación de la Banda Oriental, primero contra la presencia colonial de España y, más tarde, contra la breve dominación de Portugal. De hecho, participó en las luchas independentistas desde sus mismos comienzos, incorporándose enseguida a las filas de los patriotas criollos Pedro Viera y Venancio Benavides, anunciadores de la liberación uruguaya en el llamado «Grito de Asencio» el 28 de febrero de 1811, que fue el verdadero inicio del movimiento independentista del Uruguay, cuando Montevideo había abrazado la causa realista y disponía de una escuadra poderosa.

El 18 de mayo de 1811 Rivera se encontraba entre las tropas de Artigas que derrotaron a los españoles en la batalla de Las Piedras, que los dejó recluidos en Montevideo.

En 1816, cuando los independentistas parecían derrotar definitivamente a los realistas españoles, los portugueses establecidos en Brasil invadieron la Banda Oriental, cuya conquista finalizaron cinco años más tarde. Rivera siguió combatiendo por la independencia de la Banda Oriental practicando la guerra de guerrillas. En marzo de 1820, dos meses después de la derrota

de Artigas ante 12.000 veteranos portugueses en la batalla de Tacuarembó, el propio Rivera fue vencido por los portugueses en la batalla de Tres Árboles.

Tras este revés, en un gesto típico de su personalidad, acordó con las autoridades portuguesas un armisticio que le permitió seguir como oficial militar en el ejército colonial de Portugal destacado en territorio brasileño.

En 1821, firmó el acta que determinaba que las tierras de la Banda Oriental pasaran a integrarse a Portugal con la denominación de Provincia Cisplatina, una traición a sus ideales anteriores que luego quiso ser corregida por Lavalleja y los 33 Orientales.

La Cisplatina pasó a integrar el Brasil cuando éste se independizó de Portugal en 1822 y se constituyó el Imperio Brasileño, y Rivera, que se había confabulado con  Ramírez para tratar de asesinar a Artigas, como antes había hecho el porteño Sarratea, fue un oficial del ejercito imperial brasileño.

En 1824 fue nombrado comandante general de las fuerzas brasileñas en la Provincia Cisplatina, pero dentro de su conducta oscilante y vacilante, inescrupulosa y oportunista, se unió en 1825 a los  Treinta y Tres Orientales, que penetraron en territorio oriental al mando de Lavalleja desde Entre Ríos para desafiar el poder brasileño.

José Fructuoso Rivera intervino de forma determinante en la victoria independentista en la batalla de Rincón, que tuvo lugar el 24 de septiembre, y en la decisiva batalla de Sarandí, acaecida el 12 de octubre y que tuvo como consecuencia la anexión temporal de la Banda Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata, de las que formaba parte naturalmente a pesar de los intereses británicos, de las intrigas porteñas y de los deseos brasileños.

La alianza entre Rivera y Lavalleja duró hasta que la Banda Oriental del Uruguay, tras eliminar su dependencia de Brasil y de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que fueron sus poderosas aliadas en la denominada Guerra Argentino-brasileña (1825-1828), proclamó la independencia en 1828. Dos años después la Banda Oriental se dotó de una constitución republicana unitaria.

En «Política Británica en el Río de la Plata», en el capìtulo «La segregación del Uruguay», Raúl Scalabrini Ortiz muestra al detalle la esmerada maniobra británica para escindir el Uruguay con la finalidad de que toda la costa atlántica de Sudamérica no sea propiedad de solo dos países y que ambas márgenes del Plata no sean de uno solo.

Rivera fue elegido primer presidente de la República el 24 de octubre de 1830 por la Asamblea General Legislativa, derrotando a Lavalleja, a Gabriel Antonio Pereira y  a Joaquín Suárez. Asumió el cargo el 6 de noviembre de 1830. Durante los cuatro años de su inestable mandato, Lavalleja provocó una serie de rebeliones, pero ninguna tuvo éxito. El 24 de octubre de 1834 Rivera fue sucedido interinamente por Carlos Anaya, a quien sustituyó en la alta magistratura el 1 de marzo del año siguiente Manuel Oribe, otro de los grandes dirigentes de la lucha independentista contra los brasileños, y ya en aquellas fechas el gran rival político de Rivera.

En 1836, tras encabezar Rivera un levantamiento para deponer a Oribe, estalló el enfrentamiento entre los seguidores de ambos; tres años más tarde, el conflicto daría lugar a la guerra civil conocida como Guerra Grande. Rivera se exilió en la ciudad brasileña de Río de Janeiro, dado que Oribe contaba con el apoyo del todopoderoso Juan Manuel de Rosas. Se formaron entonces el Partido Blanco (Partido Nacional), compuesto por los seguidores de Lavalleja y de Oribe; y el Partido Colorado, integrado por los partidarios de Rivera, defensor del liberalismo, brasileñista y europeísta.

En 1838 Rivera derrocó a Oribe, pero el bonaerense Rosas siguió reconociendo al depuesto como presidente de Uruguay y le prestó todo su apoyo, desencadenando definitivamente la Guerra Grande. Rivera asumió la presidencia de la República el 11 de noviembre de 1838 y, si bien el 28 de febrero de 1839 resultó sustituido interinamente por Pereira, su victoria electoral le permitió volver al cargo constitucional el día 25 de marzo siguiente. Su mandato se prolongó hasta el 1 de marzo de 1843.

Después de partir al exilio en 1845, debido al conflicto civil y, más concretamente, a su derrota en la batalla de India Muerta del 27 de marzo de ese año, José Fructuoso Rivera regresó a su país en 1846, pero fue nuevamente expulsado un año más tarde y se estableció en Río de Janeiro.

Concluida la Guerra Grande, el caudillo colorado Venancio Flores, ministro de guerra, derrocó en septiembre de 1853 al presidente «blanco» Juan Francisco Giró. Flores constituyó un triunvirato del que iban a formar parte el propio Flores, Lavalleja y Rivera. Pero cuando se dirigía hacia Montevideo para asumir el cargo, Rivera falleció junto al arroyo Conventos, cerca de la ciudad de Melo, el 13 de enero de 1854.

La actitud de Flores al derrocar a Giró determinó hechos trágicos como el bombardeo de Paysandú y luego, con la diplomacia inglesa detrás, la guerra del Paraguay. En esta guerra el pueblo paraguayo, por entonces el más evolucionado de América, fue prácticamente exterminado, muertos deliberadamente todos los varones mayores de 11 años, arrasadas sus fábricas y cultivos, desmembrado geográficamente y condenado al hambre y la desesperación.

Los autores del genocidio, con fines claramente «ejemplarizadores» para  curar en salud los que intenten seguir el ejemplo paraguayo de independencia, fueron el imperio británico en primer lugar, molesto por un enclave contra la libre introducción de sus mercaderías en el centro de Sudamérica, el imperio esclavista del Brasil, el «yaguá» (perro) Bartolomé Mitre en la Argentina oligárquica y unitaria y el «añamenbuì»  (hijo del diablo) Venancio Flores, que dio el pretexto para la masacre.

Antes de morir en 1850 en el Paraguay, donde permaneció exiliado 30 años, Artigas le previno al presidente de la intención de Inglaterra, Brasil y los porteños, contra los que había luchado siempre, de provocar una guerra contra su país, pero no fue escuchado.