Sexo (¿y amor?) en la era de Tinder

Deslizo a la izquierda o a la derecha según, si me gusta o no. Así de simple. Si o no. Pero, ¿a qué le estamos diciendo que sí o que no en aplicaciones como Tinder o Happn? Estas apps te encuentran «pareja» según tus preferencias seleccionadas y la zona por la que te muevas. Para los más soñadores, la propuesta puede sonar «romántica», pero nada tiene que ver el romance en ese ámbito.

Sexo (¿y amor?) en la era de Tinder

La sensación de correr una fotografía para la izquierda en señal de aprobación o descartarla hacia la derecha, tiene una connotación mucho más profunda que la de «me gusta o no»; en realidad le estamos diciendo a la persona que elegimos poner a la izquierda que estamos dispuestos a tener sexo con ella. Que haya un «Match», como se llama a la coincidencia (a la que un Berugo Carámbula ochentoso llamaría «Alcoyana – Alcoyana» en su «Atrévase a soñar») es casi el preámbulo de un encuentro sexual asegurado en un 80 por ciento.

Si de ese «simple» matcheo pasamos al chat que las propias aplicaciones “traen” para que las incipientes parejas puedan conversar, las probabilidades de «pasar a los bifes» dicho en forma grosera, van aumentando.

Muchas parejas probablemente tengan su encuentro ese mismo día (o noche) y si alguno tiene un poco de imaginación, tal vez hagan alguna previa en un bar. Muchos se encuentran directamente en la casa de alguno de los dos, sin muchos rodeos. Sin mediar el peligro que puede existir en un encuentro oculto con un total desconocido.

Para quienes vivimos el MSN, el ICQ o navegamos en salas del Mirc; nos sorprende la inmediatez con la que una aplicación accede a nuestra ubicación real y nos envía las posibles parejas sexuales que hay cercanas en ese momento, como lo hace Happn.

Muchos las han probado, claro que sí y los resultados no han sido satisfactorios del todo. Por suerte, no ocurrió nada peligroso. Pero el peligro está. Ese peligro existe. Muchos las continúan usando. Sexo, amor. Búsqueda romántica disfrazada de sexo. O al revés: búsqueda de sexo, disfrazada de amor, porque a pesar de la deconstrucción que atraviesa la sociedad, la libertad sexual sigue siendo tabú.

Y es en esa confusión de «accedo al sexo pero en realidad creo que busco amor, aunque amor no es lo que quiera», cuando los usuarios se vuelven más vulnerables al peligro. Al respecto, el psicólogo Ricardo Antonowicz explica: «quién creó las redes, tenía como objetivo primario que la gente pudiera conocerse». En base a esta idea, viene sin escalas a la mente la película «Red Social», el film que cuenta cómo Mark Zuckerberg creó Facebook para calificar a chicas por su belleza y determinar quién era la más popular dentro del campus universitario que compartían. Poco a poco, esa versión de Facebook, hoy más parecida a Tinder, fue mutando hasta encontrar la posibilidad de acercarse y entablar una charla virtual con el claro objetivo de un encuentro sexual. La idea de decidir si una mujer es linda o fea, resulta denigrante, misógina y sexista. Antonowicz abre un interrogante al respecto: «¿por qué ofrecerse a un espacio al que cualquier desconocido puede tener acceso?»

«Podemos pensar que en el ser humano, entre lo que busca y lo que encuentra siempre hay una pequeña diferencia, es una operatoria con un resto que nunca encuentra lo que busca. Esa es la condición subjetiva: no encontrar lo que buscamos y en general cuando esto ocurre, viene la desilusión», explica el psicoanalista.

«Hay que ver qué se hace con lo que uno busca y con lo que encuentra. Siempre la pregunta por el futuro es lo que organiza la esperanza o la desesperación. Cada uno debe buscar lo que desea desde el lugar que le corresponde. Y cuando uno busca debe preguntarse qué espera, la realización del propio ideal, la expectativa de realizar el propio ideal. Y también hay que preguntarse qué es a lo que se teme. Y cuando la gente busca en las redes sociales o aplicaciones como ‘Tinder’ o ‘Happn’ a modo de reality show se pone en juego la mirada del otro».

Y Antonowicz plantea un gran interrogante basándose desde uno de los sabios del psicoanálisis: «(Jacques) Lacan decía ‘¿cómo es lo que uno busca si está enmascarado?'», y con esa frase la mente se abre como un abanico de experiencias propias y ajenas, de historias conocidas y de amigos a los que le pasó esto o aquello.

En respuesta a esta pregunta de Lacan, Antonowicz explica que justamente las redes involucran en su juego «la peligrosidad de lo que se encuentra. El amor incluye el lenguaje, el sexo en cambio es una cuestión biológica» y ese deseo de ser observados por una pequeña, pero enorme, ventana como es la red, está estrechamente ligada con una de las prácticas sexuales más tabú: el voyerismo. Algo así como una especie de Gran Hermano virtual, pero más real que cualquiera de sus emisiones y tal vez, llevada a la práctica de una manera no del todo consciente.

«Hay personas a las cuales la tristeza, la soledad y ciertas ilusiones, las llevan a creer que en las aplicaciones estilo ‘Tinder’ se puede encontrar al príncipe azul», explica el psiconalista que también ejerce como docente universitario.

Aunque a veces, muchos tienen ganas de besar sapos equivocados con el simple propósito de pasarla bien, y eso tampoco está mal.