Vivir bien, no mejor

El buen vivir -sumak kawsay en quechua, sumak qamaña en aymara, ñande reko en guaraní- es vivir en armonía con la naturaleza y con todos los seres naturales. Implica equilibrio, respeto, complementariedad, reciprocidad, convivencia.

La armonía individual y social es el reflejo en cada uno de la unidad superesencial que da sentido y existencia a todas las cosas.

«Cuando el mundo esté al borde el abismo, cuando haya caos y crisis en la humanidad, desde el sur del continente surgirán vigorosos los guerreros del arco iris para devolver la armonía al planeta»

Mensaje ancentral lakota

El vivir mejor, involucrado en la idea occidental de «progreso» presentado como natural y deseable, lleva en cambio a la competencia, al quiebre de la solidaridad, al irrespeto a la naturaleza y a la vida incluyendo la propia, a la soledad, la falsa superioridad, la angustia, la violencia y el vacío.

La armonía individual y social es el reflejo en cada uno de la unidad superesencial que da sentido y existencia a todas las cosas. El buen vivir es el modo natural de ser de todos los habitantes originales de nuestra América, a la que decidieron llamar «Abya yala» en un congreso celebrado en Quito, Ecuador a principios del siglo XXI.

El suma kawsay aparece en el preámbulo de la constitución de Bolivia de 2008 y es citado más de 20 veces en sus 444 artículos: «(Decidimos construir) una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay».

Atrasos y progresos

Para los políticos y los economistas del «mundo», es decir, para los voceros conscientes o inconscientes del poder financiero internacional, Sudamérica y en particular los países con mayoría de población indígena están entre los más atrasados.

Sin embargo, el modo de entender atraso y progreso de economistas y políticos es el de las ideas nacidas en Europa después del renacimiento, que siguen encontrando buena recepción entre los «americanos» que se consideran un poco en broma descendientes de los barcos y toman del occidente moderno sus ideas, ropas, comidas y prejuicios.

La posibilidad de cambiar este estado de cosas, de salir del «atraso» por un camino diferente del propuesto por la mentalidad prevaleciente desde hace más de cinco siglos, desde que la mentalidad occidental se derramó catastróficamente sobre el mundo, surge de la necesidad de hacerlo, y la necesidad de la evidencia de que vamos al descalabro: por una guerra total, por contaminación irreversible, por agotamiento de recursos, por ruptura del equilibrio climático, por sobreexplotación de la tierra, o por cualquier otra contingencia que derive de un desequilibrio al que no se renuncia.

Diferentes, pero iguales

Los originarios de Abya yala son pueblos diferentes entre sí en costumbres, idiomas, idiosincrasia, características físicas y muchas otras cosas; pero tienen todos algo en común: la veneración de la naturaleza, considerada una madre generosa que a todos ampara debe ser a su vez protegida y amada, nunca explotada, jamás vendida, sujeto de derechos antes que objeto de codicia y propiedad. «La tierra todo lo sostiene y el cielo todo lo cubre» dice la sabiduría antigua para recordarnos dónde estamos, de dónde venimos y qué somos.

Y han decidido incorporar en las constituciones de Bolivia y Ecuador, dos países que formaron parte del Tawaintisuyu, sus concepciones ancestrales, que ofrecen ahora como alternativa al creciente desasosiego y a la situación límite en que rápidamente va poniendo al planeta la exacerbación del capitalismo que suele llamarse neoliberalismo.

Según el aymara boliviano Javier Bustillos, la decisión de los indígenas andinos, tras cinco siglos de sometimiento, genocidio y destrucción de su modo de vivir, es recuperar su cosmovisión, los saberes ancestrales, para adecuarla a los tiempos y crear otra sociedad sin pobreza, con equilibrio y solidaridad.

El vivir bien da prioridad a la vida, subordinada por la civilización occidental a la acumulación de riqueza que termina considerando como inertes a los seres vivos: peces, animales, bosques, plantas, seres humanos y a la tierra que los sostiene y alimenta.

La unidad de los contrarios

Un rasgo del vivir bien es la complementariedad, definida como lo que permite alcanzar la integridad. Por ejemplo, para los andinos el soltero no es persona porque carece de su complemento natural, la pareja. La palabra que significa «matrimonio» en aymara es la misma que designa a la persona.

La complementariedad apunta a la relación dialéctica de los opuestos, dos que se necesitan íntimamente el uno al otro para crear un tercero, el factor vinculante que equilibra. El bien y el mal, lo alto y lo bajo, la izquierda y la derecha, el día y la noche se necesitan para transformarse mutuamente. En el caso de la complementación del cielo y la tierra el tercero en la armonía son los seres naturales, en particular el hombre-persona, el hombre íntegro. De acá resulta que todo está vinculado, nadie puede ser totalmente feliz si hay infelicidad a su alrededor. La vida, según los indígenas norteamericanos, es un tejido que se sostiene por la trabazón mutua de la trama y la urdimbre, que solas no tienen sentido.

La reciprocidad es otro punto del vivir bien. La comunidad campesina andina, el ayllu, colabora por ejemplo construyendo la casa de la pareja que se va a casar, que recibe de todos los primeros granos para sembrar. Y los casados, a su tiempo, harán lo mismo por otros, devolverán para restituir el equilibrio.

Este principio de reciprocidad fue inoculado por los europeos con el virus del individualismo, que niega la comunidad e instala la codicia, el deseo de tener por sobre el ser. Con-vivir es vivir en conciencia de la totalidad y sentirse parte inescindible de ella, ni mejor ni peor, ni superior ni inferior.

En la comunidad, las decisiones del buen vivir se toman en asambleas, por consenso, no por votación. No hay mayoría ni minoría, no hay imposición sino convicción de haber llegado a la solución mejor.

El respeto de la cualidad es otra característica del buen vivir, claramente diferenciada de la tendencia a la cuantificación totalitaria, a la igualación arbitraria y a la homogeneización propia del pensamiento occidental.

Para la cuantificación toda diferencia cualitativa debe ser sacrificada a la igualdad, como si en lugar de ser diferentes fuéramos todos como tarros de arveja en las góndolas del supermercado.

El individualismo propone el vivir mejor, que lleva en sí el germen de la competencia y del desequilibrio, del apartamiento de la armonía, que es confundida con el quietismo, la pasividad o la aceptación acrítica de lo dado.

Mejor es peor

Vivir mejor no es estar bien; y si no se está bien, si no hay vida interior en paz y armonía, no se puede vivir en equilibrio, reciprocidad y complementariedad.

Vivir mejor aparta de la armonía, y lleva a otros a vivir peor y a todos a vivir en competencia. Al final todos serán enemigos y vivirán insatisfechos, inquietos, con desconfianza y recelo. Ser libre es también limitar el radio de los deseos, si es posible hasta anularlos.

El vivir bien no es desarrollo ni acumulación, no es dominación de la naturaleza ni del hombre, no mide productos ni valora cantidades. En vez de acumulación hay crecimiento, obtenido mediante la contemplación, «consultando con el corazón», que no es el lugar del sentimiento sino el centro del ser. Ser rico no es tener mucho sino ser feliz, y para eso ante todo hay que ser «pacha amana», sabio que conoce la naturaleza y favorece el fluir sin limitaciones de la energía del mundo: de los animales, de las plantas, de los minerales y de los hombres.

El Suma Qamaña (vivir y convivir bien) es el ideal buscado por el hombre y la mujer andinos, traducido como la plenitud de la vida, el bienestar social, económico y político que los pueblos anhelan. El desarrollo pleno de los pueblos.

Definiciones

La aymara María Eugenia Choque Quispe subraya el sentido del qamir qamaña qapha o “dulzura de ser siendo”, concepto notable relacionable con la “eseidad”, la conciencia de ser más allá de todo acontecer, que es una ampliación de conciencia, un peldaño de la escalera que termina donde ya no hay nada que concienciar. Dice que esa dulzura es la riqueza espiritual y material de la vida.

Para Pablo Mamani vivir bien es volver al saber tradicional andino, a la cultura de la vida en armonía con la madre naturaleza, con la Pachamama, “donde todo es vida, donde todos somos uywas, criados de la naturaleza y del cosmos, todos parte de la naturaleza sin nada separado, y son nuestros hermanos desde las plantas a los cerros.”

David Choquehuanca, funcionario boliviano, dice que el Sumak Kawsay (vida en armonía, buen vivir) es la interrelación interior de la sociedad andina y de ésta con la naturaleza. Es vivir en armonía con la naturaleza, con las vidas existentes en la tierra, los bosques, los ríos y lagunas. Todos hermanos en un sentido muy concreto, porque todos, hombres, animales y vegetales, son alimentados por la Pachamama, definida como «madre tierra en equilibrio».

Choquehuanca observa que la mentalidad occidental sigue el criterio del derecho romano, que no considera a la tierra como sujeto, sino solo como objeto.

Pero gracias a los pueblos indígenas, las Naciones Unidas aceptaron que la tierra es sujeto de derecho, una brecha en el proceso de colonización europea.

Entre los guaraníes el buen vivir se llama ñande reko, y está relacionado con la tierra sin mal. Es coextensivo con la libertad, la felicidad, el festejo en comunidad, el trabajo considerado como fiesta y no como maldición, la reciprocidad y el convite.

En la cultura ashuar de Ecuador se llama shiir waras, paz doméstica a nivel personal, vida armoniosa a nivel y social y armonía con la Naturaleza a nivel cósmico.

Entre los kuna de Pananá, de donde deriva el nombre Abya yala » tierra madura siempre joven», balu wala es el buen vivir, una relación estrecha y única entre el hombre, la naturaleza y el universo. De esta relación se infiere necesariamente el respeto y la armonía, el equilibrio como base de la relación

Donald Rojas, presidente del Consejo Indígena de Centroamérica, explica que balu wala significa árbol de sal, y se refiere a la preparación de una nueva relación entre la madre tierra y el ser humano.

El balu wala se nutre de los cimientos y del propio conocimiento. La comunidad expresa su visión de futuro a partir de la comprensión del pasado y del presente.

De la Redacción de AIM.