Alguien escribió: no habrá ninguno igual, no habrá ninguno…

Gustavo Lambruschini.

Gustavo gozó su vida a fondo, animado por la pasión, ese pathos gestado en lecturas de adolescencia y que determinó su consagración absoluta a la Filosofía. Allí supo que sería un mousikós anér, como llamaban los griegos a quien cultiva la vida del espíritu como ámbito privilegiado de la poesía, de la ética y la estética. 

Sus trabajos y sus días transcurrían entre el estudio minucioso y la escritura de las reflexiones que ello le suscitaba. Durante muchos años fue en la Arcadia de Don Cristóbal y más tarde en la universidad, que abrazó con entusiasmo, ese mismo que transmitía a sus alumnos, en la indagación permanente del conocimiento. Tenía una apasionante vocación de enseñar a pensar lo leído, a repreguntarse cada cosa, a ejercer la crítica hasta sus últimas consecuencias.

Enamorado de los clásicos griegos y latinos, que fuimos descubriendo juntos, fue un humanista maravillado también por el Renacimiento, y más tarde por el magnífico señorío de la Ilustración, cuyos autores nunca dejó de admirar y releer con fruición. Por supuesto, en el transfondo de estas inquietudes siempre fue la poesía: Virgilio, Horacio, los trágicos, Garcilaso, Góngora y Quevedo, Shakespeare, Novalis, Rilke y nuestro muy amado Hölderlin.

Su cabeza siempre bullía de ideas nuevas, de proyectos creativos, sin abandonar nunca las preocupaciones políticas. Basaba su argumentación en la crítica de las ideas con un anclaje definitivamente marxista, cuestión que lo llevó a participar activamente en las luchas sociales desde siempre.  Kant y Hegel fueron sus mentores, aunque las lecturas de Nietzsche y Freud siempre se mantuvieron frescas.

Amor y amistad tienen etimológicamente la misma raíz. El hombre público supo cultivar en simultáneo estrechos e intensos lazos de infancia y adolescencia, como con compañeros de trabajo, periodistas, y muchos jóvenes cuyo esfuerzo admiraba en la construcción de su Bildung, esto es, su formación en las Humanidades y la Filosofía en particular.

Gustavo fue señor de su vida y de su muerte. Eligió el tránsito ético de la muerte filosófica. Y en los desangelados días de serena agonía, me llegaron los potentes poemas de Hugo Mujica, que me acompañaron ante la inminencia de la soledad…

Ni lo breve ni lo largo

           Dimensionan

Una vida,

El penar que le dio lo hondo

Y el querer que le abrió anchura:

El dolor y el amor

Abrazados

Es su valor y su medida.

Hasta nuestro próximo encuentro, querido compañero…

 

Beatriz Arbasetti.